Periodismo
Puigdemont, con su bufanda amarilla, encabezando la marcha en Bruselas. PD

La carnavalada separatista celebrada el 7 de diciembre de 2017 es el monotema que podrán leer este 8 de diciembre de 2017 en las tribunas y editoriales de la prensa de papel. Lo que ha quedado al descubierto son las mentiras de los golpistas que simplemente dieron en la capital belga un paso más hacia su abismo.

El editorial de El País deja arrasados a los representantes del más rancio independentismo que el 7 de diciembre de 2017 se dedicaron a soltar sus proclamas por Bruselas:

La escalada de disparates aconseja individualizar y deslindar las responsabilidades políticas para que nadie se sorprenda después. Puigdemont se ha asociado a los ultras antieuropeos, contra el consenso de la sociedad catalana y española, y ha perdido así cualquier resquicio de credibilidad. Su figura se ha empequeñecido hasta el límite del ridículo. Su exconsejero Toni Comín tacha de franquista la democracia española que su padre, el dirigente católico y comunista Alfonso Carlos Comín, tanto contribuyó a entronizar: ha malbaratado su historia y ensuciado su apellido. La secretaria general de Esquerra, Marta Rovira, anuncia en lenguaje bélico que pretende "arrasar". Está mucho mejor cuando prorrumpe, como eficaz técnica argumentativa, en sonoros llantos. Menuda tropa.

ABC va en la línea de decirle al prófugo Puigdemont y a sus mariachis que Europa no va a consentir un rebrote del independentismo más allá de manifestaciones y carnavaladas varias:

La transición del nacionalismo catalán es dramática. De ser una opción que participaba en la gobernabilidad de España, se ha convertido en un factor de enfrentamiento civil. De presentar a Cataluña como la vertiente más europeísta de España, la han transformado en un eco balcánico con rasgos incipientes del peor populismo nacionalista, similar al de que aquellos que, en los años treinta del siglo pasado, también se atribuían la representación del pueblo y querían nuevas fronteras.

Ignacio Camacho considera que no se debe tomar a risa la marcha indepenturista de Bruselas porque ya en octubre se había minusvalorado lo que sucedió finalmente el 1 de octubre de 2017:

Esta patología colectiva amenaza con una apoteosis del esperpento. El bloque independentista es muy capaz de proponer la investidura de un candidato preso. Junqueras ya lo está y Puchimón tendrá que estarlo si quiere optar a la Presidencia efectiva porque la elección en ausencia no la permite el reglamento. El separatismo le ha cogido el gusto al espectáculo, a la anomalía, a la excentricidad propagandística, y puede incrementar el desvarío colándose por los márgenes del Estado de Derecho. La farsa no ha terminado; salvo improbable victoria constitucionalista, queda tiempo para un clímax del disparate en enero. La marcha de Bruselas se puede subestimar o desdeñar como indepenturismo, una multitudinaria excursión de puente festivo. Pero en octubre ocurrió lo que ocurrió por minusvalorar los riesgos y desoír los indicios.

La Razón le recuerda a los independentistas algo claro y meridiano, que desde que se acabó el franquismo nadie les ha coartado su libertad de expresión ni de voto:

Lo que ayer gritaban los independentistas catalanes por las calles de Bruselas, con Puigdemont a la cabeza, era una miserable mentira. La mentira es el marco mental en el que se encuentra en estos momentos el «proceso». El independentismo es un sucedáneo político para consumo exclusivo de una parte de la sociedad catalana: dos millones de electores. Bastaría con recordar que los líderes que encabezaron la lamentable marcha de ayer son militantes de partidos que han concurrido reiteradamente a las elecciones desde 1977.

Alfonso Ussía se troncha de un Puigdemont al que la decisión del juez Llarena le deja sin defensa posible, a no ser que vuelva a España:

¿Quién se compromete a financiar la vida, los viajes, la manutención, los hoteles y los peluqueros del cagalís durante diez años? Ahí tienen a Mas, que puso la hucha y al cabo de la multitudinaria jornada de exaltación republicana, no había reunido ni para el alpiste del canario. En todas partes la generosidad tiene una meta en el tiempo y en el dinero invertido para nada. El magistrado Pablo Llarena ha roto con su aparente amabilidad los esquemas de los diecinueve abogados del emigrante y emigrado cagalís. Ni extradición ni vainas. Libre en el mundo, excepto en España.

Federico Jiménez Losantos alaba la decisión del juez Llarena con respecto a la retirada de la euroorden de detención de Puigdemont:

La retirada de la Orden de Detención Internacional, que había cursado la juez Lamela, no ha sido un error, sino una obligación, si es que de lo que se trata es de que Cocomocho ande de payaso mejillonero toda su vida o acabe volviendo a España y entrando en el trullo, para criar líquenes.

El editorial de El Mundo deja KO a los independentistas que el 7 de diciembre de 2017 fueron a manifestarse a Bruselas:

Tratar de desprestigiar al mayor espacio de prosperidad y libertades del planeta es la única forma que tiene de contrarrestar lo que hoy ya nadie duda: que una Cataluña independizada quedaría fuera de la UE. A nadie se le niega su derecho al pataleo. Y ayer los independentistas se permitieron tratar de dar lecciones de democracia a Europa. Aunque a cambio recibieron una respuesta contundente del vicepresidente de la Comisión Timmermans: «Todos tienen derecho a expresarse, pero no a ignorar la ley». Hay que tener ganas de darse la paliza de viajar hasta Bruselas para aprender algo tan básico.

Santiago González responde a la gran pregunta que muchos se estarán haciendo, ¿quién paga el numerito de Bruselas?

No cabe duda de que Cataluña viaja en Gran Confort en la opresión española. Y todo esto quién lo paga, se preguntaría un español medio, siguiendo a Pla. Pues usted, imbécil, ¿aún no lo ha entendido?