Periodismo
Michael Jackson y Carmen Forcadell. PD

Separatismo cobarde. Esta es la definición que podrán leer este 12 de enero de 2018 en las tribunas y editoriales de la prensa de papel referida a lo que está sucediendo en Cataluña. Todos los más rancios separatistas se ponen ahora a abjurar de lo que hicieron en torno al 1-O, pero no van a encontrar, precisamente, el aplauso de los columnistas.

El editorial de El Mundo asegura que la política catalana se asemeja hoy en día a un cuadro de Goya o, mejor dicho, a otro lienzo del genial pintor de Fuendetodos (Zaragoza):

A menudo se ha ilustrado la política catalana con el duelo a garrotazos de Goya, pero la estampa goyesca que mejor define hoy lo que queda del procés es la de Saturno devorando a sus hijos. Tras la renuncia de Artur Mas, el abandono de Carles Mundó y el paso al lado de Carme Forcadell -acogotados todos ellos por sus respectivos horizontes procesales-, ayer conocimos la apostasía oficial de los Jordis y de Joaquim Forn. Ninguno de los tres cree ya en la unilateralidad, todos acatan la Constitución y esperan ahora que el juez Llarena haya quedado convencido de su franqueza para poder salir de la cárcel. De tan novedosa docilidad se deduce que si ha habido un poder del Estado capaz de repeler el golpe independentista, ese ha sido el judicial.

Santiago González define el cambio de actitud de los aún encarcelados por sedición y quienes están fuera de prisión, pero con advertencia de que un paso en falso les supone regresar al traje de rayas:

El cambio de parecer de los cinco citados ut supra alerta sobre algo que mucha gente, alguna con mando en plaza, ha ignorado durante demasiado tiempo: el poder de la ley para apaciguar al delincuente, por muy empecinado que parezca. O dicho de otra manera, nada como la marcha para que el personal module.

El editorial de El País sostiene que si no fuera por la gravedad de lo que sucede en Cataluña, aquello sería como para sentarse cómodamente y presenciar el esperpento circense:

Por más que se agudice el ingenio, como reclama ERC, o se retuerzan los reglamentos parlamentarios, como defiende Junts per Catalunya, la investidura por delegación o telemática de Puigdemont es contraria tanto a la ley como al más elemental sentido común. Su consecución sería, sobre todo, un descrédito no para el Estado que intentara impedirlo, sino para esos políticos dispuestos a convertir Cataluña en un enorme circo. Resultaría divertido si no fuera por la gravedad de todo lo que está en juego.

Carlos Yárnoz apunta que el verdadero cambio en Cataluña sólo puede llegar de la mano de otros protagonistas:

Todo ha cambiado. Tres semanas después del 21-D, el consenso es otro: la solución, si llega, solo será posible con nuevos protagonistas. Los actuales ya han hecho suficiente daño. Para alborozo de unos y depresión de otros.

El editorial de ABC subraya que a Puigdemont la cosa se le está poniendo negro violáceo el poder repetir como presidente de la Generalitat:

Estas renuncias de Mundó, Forcadell o los Jordis remarcan la extravagancia absoluta en la que encuentra Carles Puigdemont. Su investidura a distancia como presidente de la Generalitat es inviable. Cualquier acuerdo de la Mesa del Parlament o del pleno de esta Cámara sería inmediatamente recurrido por el Gobierno ante el Tribunal Constitucional y suspendido de forma automática. Puigdemont ya no es un icono del nacionalismo, sino un problema que acabará obligando a sus compañeros a elegir entre renunciar a su investidura o forzar nuevas elecciones.

Hughes, en ABC, hace un excelente paralelismo entre el famoso Moonwalk de Michael Jackson y la cobardía de los líderes separatistas:

Carme Forcadell dijo eso de «ni un pas enrere», ni un paso atrás, semanas antes de dar ella no uno, sino un moonwalk, y dar a su vez nombre a la Vía Forcadell del desdecimiento por la que ayer se encaminaron, obedientes y constitucionales, los Forn, Sànchez y Cuixart, dejando en el ciudadano parecida sensación de estupefacción. ¿Son las mismas personas, los mismos cocos unilaterales? Es evidente que estamos ante una maniobra en pleno proceso judicial y que los satisfechos por esto deberían esperar a ver las sentencias, pero esta renuncia pública a sus principios tiene algo de vergüenza, de escarnio autoinfligido. ¿Qué clase de mártir vergonzante y rajado está produciendo el independentismo?

Hermann Tertsch tiene claro que lo de los Jordis, Forn o Forcadell no es más que una muestra palpable de cobardía:

Es el mayor alarde de cobardía visto en tierra española en siglos. Como la demostración de la peor falta de gallardía y honor de quienes estuvieron muy dispuestos a asumir inmensos daños para otros e intentan evitar todo perjuicio propio. Cobardía de máxima pureza. Algo impropio de España donde siempre hay valor y gallardía individual que, si no compensan, sí consuelan por debilidades y cobardías.

Luis Ventoso lamenta lo bajo que ha caído Cataluña en estos años donde se ha hecho un circo en sesión continua con el independentismo:

Mirando a la Cataluña de hoy no se vislumbran las cualidades que la hicieron grande, sino una población descentrada, que ha inventado problemas inexistentes, donde la mitad siguen votando por unos xenófobos que además los arruinan (el turismo ha caído un 20%, y de eso vive Barcelona). Un pueblo que ve normales patochadas tan insólitas como que un presidente tome posesión vía Skype, algo que no se admitiría ni en Kabul, o que tolera -o jalea- que una vanguardia de iluminados los haya vuelto enojosos para el resto de sus compatriotas, pues insultar se paga. ¿Seny? ¿Dónde?

Manuel Marín celebra la perfecta aplicación del Código Penal para neutralizar el virus separatista:

Pues ha resultado que el Código Penal también sirve para hacer política. No como amenaza, ni como coacción ni como herramienta de represión democrática, porque es una ley como tantas otras, tan legítima como todas las que aprueba el Parlamento. Sirve para ‘hacer política' como medicina recurrente para el enfermo de delirios de unilateralidad golpista. Puigdemont y Junqueras son los únicos que quedan sin vacunar, mientras su engaño masivo a los catalanes yace con rigor cadavérico. ¿Otra dosis de medicina? Las necesarias, por favor. Para hacer política, claro.

La Razón le aconseja a los separatistas encarcelados que dejen de lloriquear por las esquinas y velen por el bien de los ciudadanos:

Es mucho mejor para el horizonte penal de los encausados que se deje de utilizar su difícil situación personal como ariete político del separatismo, estrategia que sólo conviene a quienes, como los representantes de las CUP, se han dedicado a atizar el fuego, pero cuidándose mucho de incurrir en responsabilidades personales. Lo que conviene a todos, y especialmente a la sociedad catalana, es la rápida formación de un Gobierno de la Generalitat que respete la Constitución y el Estatuto de Autonomía, acate las leyes y pueda, por fin, dedicarse a gestionar los acuciantes problemas económicos y sociales que afectan al Principado