Periodismo
El periodista Chris Haslam y su nota sobre los españoles. PD

El pasado 21 de enero, la sección de Viajes de «The Sunday Times» publicó un especial de trece páginas dedicado a las maravillas de las vacaciones en España.

Escribí varios artículos animando a los lectores británicos a viajar hasta allí, pero también una breve pieza, «Cómo ser español», que pretendía ser graciosa.

En semanas anteriores, habíamos publicado artículos humorísticos similares -«Cómo ser francés» y «Cómo ser italiano»- junto con informes especiales sobre el turismo en Francia e Italia.

Mi intención fue burlarme ligeramente -y con cariño- de España, mi país favorito, y señalar de manera exagerada algunas características que reconocerían los británicos que viajan a España y que los lectores españoles también observarían en sí mismos. A mis amigos españoles les pareció muy divertido. Muchos españoles, sin embargo, no lograron ver el lado divertido.

Los tuits enojados y los comentarios en las redes sociales empezaron inmediatamente. Periódicos, cadenas de radio y de televisión españolas retomaron la historia. Me disculpé y lo vuelvo a hacer ahora: nunca fue mi intención insultar a un país que amo.

A lo largo de mis veinte años en «The Sunday Times», he escrito decenas de miles de palabras sobre las vacaciones en España, y también dos novelas ambientadas allí. Viví en España durante tres años en la década de los ochenta, y viajo a su país al menos cuatro veces al año. Estoy hundido tras comprobar que algunas personas en España piensan ahora que su país no me gusta.

Muchos de mis críticos preguntaron qué pasaría si los españoles dijeran lo que piensan sobre los británicos. ABC dio un paso más y publicó una respuesta, «Cómo ser británico» (ABC responde a 'The Times' sobre su caricatura de los españoles).

Escrito por Álvaro Martínez, el artículo culpaba a los británicos por tener moquetas en sus baños. Aparentemente solo nos duchamos cuatro veces a la semana. Conducimos por el lado equivocado de la carretera, hacemos cola para todo, cenamos a la hora del té y comemos crumble de ruibarbo, que -dice Martínez- tiene propiedades laxantes increíbles. Nos ponemos calcetines blancos con sandalias, dedicamos veinte de las veinticuatro horas del día a beber, nos encanta pelear y saltar desde los balcones.

No nos interesa la cultura: los británicos representan solo el 0,39 por ciento de los visitantes del Prado en Madrid, dice Martínez. Sin embargo, somos diligentes en la presentación de reclamaciones falsas por intoxicación alimentaria. Mi respuesta a todo esto es que la crítica me parece justa.

La opinión de ABC no solo es divertida, sino perfecta. Podemos aceptarla. Aparte, lo del crumble.

Después de treinta años de viajes por España, pensaba que entendía su país. Estaba equivocado. Ahora tengo claro que estoy muy lejos de comprender el sentido del humor español. El mío, ciertamente, no lo cogen.

Así las cosas, me gustaría decirle a España: mil disculpas. Los españoles dejan caer las cosas al suelo de los bares, gritan (bueno, hablan en voz alta) y algunos beben el vino tinto frío. Pero estas afirmaciones no eran críticas, y lo siento si las tomaron como tales.

España sigue siendo mi país favorito: por la comida, los paisajes, la cultura y, sobre todo, la gente.

Es una pena que nunca me inviten a volver.