Periodismo
Isabel San Sebastián, chicas de la Fórmula Uno y mujeres con burka.

"A estas alturas de mi vida voy a descubrir que soy una machista repugnante", afirma este 5 de febrero de 2018 en ABC Isabel San Sebastián en todo un alegato contra el feminismo fetén, de salón en una columna titulada 'Feminismo 3.0'.

La hipocresía de dejar sin trabajo a las chicas de Fórmula Uno, (por su bien, faltaría más), permite a la periodista hacer una inteligente reflexión sobre la posverdad y el postureo feminista, que al igual que el Islam hace invisible a la mujer.

San Sebastián se siente "una renegada de mi «género». Una traidora. Siempre pensé que ser feminista consistía en defender, de palabra y sobre todo de obra, la igualdad de oportunidades, derechos, obligaciones y responsabilidades entre las personas, independientemente de su sexo".

Le molesta que la cruzada contra el piropo, el feminismo de piel sensible:

El feminismo fetén, el oficial en este siglo XXI, exige de mí que me ofenda si un varón tiene el descaro de decirme una cosa bonita al verme pasar por la calle. No una ordinariez ni una obscenidad, no; un piropo. Se me pide que abrace la causa del aborto indiscriminado, la barra libre para terminar con la vida de los no nacidos, en nombre de «los derechos reproductivos de la mujer».

Ni que decir tiene que he de respaldar sin fisuras la discriminación, por rechazable que me resulte el concepto, siempre que a esa palabra siga el adjetivo «positiva». Estoy llamada a secundar una huelga convocada el próximo 8 de marzo para «protestar contra el feminicidio, la deshumanización y desjerarquización de las mujeres» (sic).

Y va de lleno sobre la hipocresía que ha llevado a cometer una enorme injusticia con las las azafatas de la Fórmula 1:

Debo escandalizarme si las azafatas de la Fórmula 1 llevan voluntariamente uniformes escasos de tela, aunque sea perfectamente aceptable que esa misma modalidad deportiva organice grandes premios multimillonarios en países como Bahréin, Malasia o Emiratos Árabes, donde las féminas carecen de derecho alguno.

Y es que a este feminismo posmoderno 3.0, dominado por la izquierda henchida de buena conciencia, la feroz opresión que sufre la mujer en el mundo islámico no parece preocuparle gran cosa. Ellas son punto y aparte. Los velos que se les imponen con el afán de ocultar sus rostros a la lujuria masculina son «señas de identidad cultural», mientras que los escotes de nuestras chicas constituyen símbolos intolerables de la «violencia heteropatriarcal» en la que vive sumida esta sociedad.