Periodismo
Pedro Sánchez, el barco Aquarius e inmigrantes en la valla de Ceuta. PD

Entre la llegada del barco Aquarius a Valencia y la sentencia que condena a Urdangarín a cinco años largos de cárcel, las tribunas y editoriales de la prensa de papel de este 13 de junio de 2018 vienen bastante entretenidas.

Federico Jiménez Losantos, en El Mundo, está que trina con lo del barco Aquarius y como el Gobierno ha hecho de este asunto una cuestión casi de Estado...publicitario:

Convirtieron el Aquarius en otro Prestige, chatarra publicitaria para reflotar la superioridad moral progre, el buenismo político a la fuerza, con dinero de todos los ciudadanos. Pocos espectáculos más obscenos que la subasta de náufragos en la que ayer pujaban Sánchez, las autonomías sociatas, las separatistas y Valencia, a la que su alcalde declaró «ciudad refugio». Doy por hecho que tras ganar a nado el telediario solidario -los 100 niños botados por las mafias serán miles este verano- el Gobierno derribará en La Sexta las vallas de Ceuta y Melilla. Felipe abrió la de Gibraltar y nos lo devolvieron.

Ignacio Ruiz Quintano, en ABC, subraya con ironía la relevancia histórica que tendrá la llegada del Aquarius a Valencia:

La llegada del Aquarius, un barco de náufragos libios, a la costa de Valencia ha producido más expectación mediática que los tres desembarcos que cambiaron dramáticamente la historia de España: el de Tariq en Tarifa, el de Colón en San Salvador y el de Carlos de Austria en Tazones. Los náufragos libios huyen de un país liberado por Sarkozy con la ayuda de Zapatero, Carmen Chacón y Julito Rodríguez, que bombardearon a Gadafi para establecer en Libia «la democracia» que aquí nunca hemos tenido.

La Razón habla de inmigrantes de primera e inmigrantes de segunda:

Como ha dicho la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, el pasado fin de semana fueron rescatados frente a las costas andaluzas 550 inmigrantes. No puede crearse la triste paradoja de que 629 inmigrantes sean acogidos, mientras que otros que han saltado la valla de Melilla sean devueltos a sus países de origen. El efecto llamada es real (un barco holandés con 41 inmigrantes a bordo busca puerto en el Mediterráneo) y no tiene que ver nada con la solidaridad.

El editorial de El Mundo se da por satisfecho con la decisión judicial de mandar a prisión a Iñaki Urdangarín y, de paso, reclama a la Infanta Cristina que renuncie a sus derechos dinásticos:

Abochorna desde luego el mal uso que hizo de su «notoria condición». Del mismo modo, hoy cabe felicitarse por el buen funcionamiento de nuestro Estado de derecho. Se ha hecho justicia. No ha habido impunidad, tal como daban por hecho algunos sectores populistas obsesionados con erosionar el crédito de las instituciones. También la Infanta Cristina se sentó en el banquillo. Y aunque resultó absuelta, ayer se ratificó su responsabilidad como partícipe a título lucrativo en los delitos de malversación y fraude de su marido. Motivo más que de sobra para que la hermana del Rey tuviera un gesto de grandeza hacia la Corona y renunciara a sus derechos dinásticos.

El editorial de ABC elogia que la Justicia haya sido independiente con respecto a la sentencia que le ha caído a Iñaki Urdangarín:

Los oportunistas habituales querrán convertir la condena a Urdangarin en una coartada para atacar a la Monarquía, pero precisamente la Corona ha mantenido un comportamiento ejemplar de no intromisión en las decisiones judiciales sobre Iñaki Urdangarin y la Infanta Cristina. Una actitud de respeto que no abunda en la clase política, siempre dispuesta a encubrirse con toda clase de excusas o a criticar o alabar a los jueces en función del daño que sus decisiones causan a los propios o a los adversarios.

Ignacio Camacho aporta las siete razones por las que Urdangarín acaba en el talego:

Iñaki Urdangarin va a ir a prisión por siete razones. Las seis primeras son los delitos que ha cometido (el Supremo le ha rebajado uno) y la última es la que Maquiavelo, Giovanni Botero o Max Weber, entre otros, llamaron «razón de Estado». A estas alturas la Corona ya había construido un cortafuegos moral y político alrededor del Rey, incluido el implacable alejamiento físico y protocolario de su hermana, pero la estridente susceptibilidad de la opinión pública requería de una condena explícita para blindarlo.

José María Carrascal insinúa que los cinco años y pico que le han metido a Urdangarín de cárcel pueden ser pocos a priori, pero resalta que ya es un tiempo suficiente de estar excluido socialmente:

Los daños que Iñaki Urdangarin causó a la Casa Real con su conducta delictiva han quedado compensados con la sentencia de la audiencia de Palma, ratificada por el Tribunal Supremo, advirtiendo de que la proximidad del Rey no libra a nadie del deber de cumplir las leyes y demostrando que España es un Estado de Derecho, es decir, un Estado de Justicia. Se puede estar más o menos de acuerdo con la magnitud de la pena, pero que cinco años largos en la cárcel, excluido de la vida normal ciudadana y de la proximidad de los tuyos, no es ninguna broma resulta incuestionable. Aunque se lo ganó a pulso.

El País, encantado con la sentencia de Urdangarín, hace un elogio de la Justicia española:

La sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso Nóos demuestra que el sistema constitucional español es vigoroso y que la afirmación de que todos los españoles son iguales ante la ley no constituye una frase vacía. Frente a la extendida opinión de que la corrupción queda impune, lo ocurrido en las últimas semanas ha servido para confirmar de manera rotunda e inapelable que la justicia funciona. Se la podrá acusar de lentitud o de falta de medios, pero solo una justicia sólida y de calidad puede acreditar en el plazo de unas semanas la corrupción del partido en el poder, a través de las sentencias de la Audiencia Nacional sobre la trama Gürtel, y las malas prácticas de Iñaki Urdangarin, que aprovechándose de su condición de esposo de la infanta Cristina, y por tanto de yerno del ya emérito rey Juan Carlos I, obtuvo contratos, ingresos y privilegios al margen de la ley.