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Francisco, con los niños

El Papa invita a "construir un País que sea Patria y casa para todos los colombianos"

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Francisco, a los colombianos: "No están solos, somos muchos los que queremos la reconciliación y la paz"

"Les pido que escuchen a los pobres, déjense interrogar por sus rostros surcados de dolor"

Jesús Bastante, 07 de septiembre de 2017 a las 16:37
La búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos
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Francisco abraza a dos niños

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El Papa, en su discurso

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El Papa, en su primer discurso

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Francisco, con Santos

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Una multitud acompaña al papa en Bogotá

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El Papa abraza a una niña

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Decenas de niños con el Papa

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Una multitud acompaña al papa en Bogotá

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(Jesus Bastante).- "Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más". El Papa se dirigió a los colombianos, en su primer discurso público, para decirles que "no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz".

Todo Bogotá está en la calle. La capital de Colombia, con casi ocho millones de habitantes, se ha paralizado por la visita del Papa. Inmensos cortes de tráfico, medidas de seguridad y fervor, mucho fervor, copan todas y cada una de las avenidas por las que el Papa Francisco pasa en su primer día completo en Colombia.

El primer gran acto se produjo en la plaza de Armas de la Casa de Nariño, donde Bergoglio pronunció su primer discurso "político" con autoridades. El Papa está contento, feliz, parlanchín: se siente mucho más cómodo hablando, improvisando, en castellano, que en italiano o inglés. Y eso se nota en los matices de cada palabra, en los tonos de voz, en la capacidad interpretativa de cada gesto.

Francisco llegó a Casa Nariño en un utilitario oscuro (un Toyota Yaris), y una vez allí se dejó guiar por una docena de guardias colombianos, ataviados con unos caballos vestidos de modo ciertamente peculiar, hasta alcanzar la plaza de Armas, donde volvió a encontrarse con el presidente Santos y su esposa.

 


En Casa Nariño, bajo un sol espléndido, le aguardaban ministros, congresistas, senadores, jueces, abogados y empresarios, amén del Cuerpo Diplomático y Militar. Y un seguramente excesivo mini-concierto con una orquesta completa, que Francisco y Santos aguantaron con cierta estoicidad, antes del primer discurso papal. Pronto, sin embargo, se volvió a ver al Papa más cercano, abrazando y dejándose abrazar por chicos y chicas con enfermedades o minusvalías, besando manos y cabezas, respirando la emoción de quienes han perdido la movilidad o nacieron con más dificultades que el resto. Ahí se acabó el protocolo y Francisco pudo seguir siendo Francisco.

Antes de tomar asiento en el frontal del Palacio, el Papa y Santos encendieron la "llama de la paz", bajo el abrigo de decenas de niños que completamente de blanco, se abalanzaron hacia Bergoglio. "Dejad que los niños se acerquen a mí", pareció que sonaba en el ambiente, y Domenico Giani, el fiel guardián del Papa, dejó hacer.

"Busquemos la felicidad, toma mi mano y caminemos por la paz", rezaba la canción que sirvió de preludio a los discursos, y que simboliza el deseo de un país que lucha por la reconciliación. Así lo puso de manifiesto Juan Manuel Santos, quien dio la bienvenida al Papa en nombre de los 49 millones de colombianos "y desde el corazón". "Gracias por venir a acompañarnos en este momento único de la historia de nuestro país, por confirmarnos en la fe, la unidad y el amor", dijo el presidente.

"Gracias por invitarnos a ser defensores de la vida, y a ser instrumentos de paz, tal y como oraba hace ocho siglos Francisco, el santo de Asís", añadió el presidente.

 

 

En su primer discurso en Colombia, el Papa habló de la fe y la esperanza. "Sólo así, con fe y esperanza, se pueden superar las numerosas dificultades del camino y construir un País que sea Patria y casa para todos los colombianos".

Especialmente en un momento como el actual, donde se están poniendo las bases para acabar con un conflicto que, como parafraseaba el Papa citando a García Márquez, amenazaba con alcanzar "cien años de soledad". "Colombia es rica por la calidad humana de sus gentes, hombres y mujeres de espíritu acogedor y bondadoso; personas con tesón y valentía para sobreponerse a los obstáculos", señaló Bergoglio, quien expresó su aprecio "por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación".

"En el último año -reconoció Francisco- se ha avanzado de modo particular; los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos".

Pese a que se ha hecho mucho, Francisco insistió a "no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común".

"Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo. Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente", animó el Papa.

"Libertad y Orden" es el lema de Colombia. A él apeló Francisco, incidiendo en que "los ciudadanos deben ser valorados en su libertad y protegidos por un orden estable". No de la ley del más fuerte, "sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos". "Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado esta Nación por décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia", insistió.

"Sólo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales", denunció Bergoglio, quien animó a los colombianos a "poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados".

Porque, repitió, "todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace sólo con algunos de «pura sangre», sino con todos", incluidos aquellos niños que, añadió Francisco, se saltaron "el rígido protocolo". "En la diversidad está la riqueza".

 


"Ayer y hoy, posamos la mirada en las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los campesinos. La detenemos en los más débiles, en los que son explotados y maltratados, aquellos que no tienen voz porque se les ha privado de ella o no se les ha dado, o no se les reconoce", proclamó Francisco, quien también reivindicó "el aporte y talento" de la mujer colombiana.

"La Iglesia, en fidelidad a su misión, está comprometida con la paz, la justicia y el bien de todos", señaló, incidiendo en que los principios evangélicos "pueden aportar mucho al crecimiento del País", especialmente en el "respeto sagrado a la vida humana" y a la familia.

"Y, por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz -como dice la letra de vuestro himno nacional-", proclamó Francisco.

"Señoras y señores, tienen delante de sí una hermosa y noble misión, que es al mismo tiempo una difícil tarea", culminó el Papa, citando al genial García Márquez.

"Frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera".

Siguiendo el discurso del Nobel en 1982, Bergoglio señaló que es posible "una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra".

 

 

 

La seguridad se ha extremado, especialmente el centro, totalmente blindado por las fuerzas de seguridad. El despliegue ha surtido efecto (la capital amaneció con "cero homicidios", algo no demasiado habitual), y no ha impedido que centenares de miles de personas hayan querido acompañar al Papa de la paz. Bogotá está en día feriado, y los colegios y universidades también han cerrado para que nadie que lo desee pueda dejar de ver al Papa.

También está restringido el acceso de vehículos en un amplio sector del oeste de Bogotá donde está ubicado el Parque Simón Bolívar. Por la tarde (noche en España), Francisco oficiará ahí su primera misa al aire libre en el país, a la que se espera asista cerca de un millón de personas.

 

 

Discurso del Papa:

 

Señor Presidente,
Miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático,
Distinguidas Autoridades,
Representantes de la sociedad civil,
Señoras y señores.
Saludo cordialmente al Señor Presidente de Colombia, Doctor Juan Manuel Santos, y le agradezco su amable invitación a visitar esta Nación en un momento particularmente importante de su historia; saludo a los miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático. Y, en ustedes, representantes de la sociedad civil, quiero saludar afectuosamente a todo el pueblo colombiano, en estos primeros instantes de mi Viaje Apostólico.
Vengo a Colombia siguiendo la huella de mis predecesores, el beato Pablo VI y san Juan Pablo II y, como a ellos, me mueve el deseo de compartir con mis hermanos colombianos el don de la fe, que tan fuertemente arraigó en estas tierras, y la esperanza que palpita en el corazón de todos. Sólo así, con fe y esperanza, se pueden superar las numerosas dificultades del camino y construir un País que sea Patria y casa para todos los colombianos.
Colombia es una Nación bendecida de muchísimas maneras; la naturaleza pródiga no sólo permite la admiración por su belleza, sino que también invita a un cuidadoso respeto por su biodiversidad. Colombia es el segundo País del mundo en biodiversidad y, al recorrerlo, se puede gustar y ver qué bueno ha sido el Señor (cf. Sal 33,9) al regalarles tan inmensa variedad de flora y fauna en sus selvas lluviosas, en sus páramos, en el Chocó, los farallones de Cali o las sierras como las de la Macarena y tantos otros lugares. Igual de exuberante es su cultura; y lo más importante, Colombia es rica por la calidad humana de sus gentes, hombres y mujeres de espíritu acogedor y bondadoso; personas con tesón y valentía para sobreponerse a los obstáculos.
Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. En el último año ciertamente se ha avanzado de modo particular; los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo. Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 67).
El lema de este País dice: «Libertad y Orden». En estas dos palabras se encierra toda una enseñanza. Los ciudadanos deben ser valorados en su libertad y protegidos por un orden estable. No es la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, quien rige la convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado esta Nación por décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Sólo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales (cf. ibíd., 202).
En esta perspectiva, los animo a poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados. Todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace sólo con algunos de «pura sangre», sino con todos. Y aquí radica la grandeza y belleza de un País, en que todos tienen cabida y todos son importantes. En la diversidad está la riqueza. Pienso en aquel primer viaje de san Pedro Claver desde Cartagena hasta Bogotá surcando el Magdalena: su asombro es el nuestro. Ayer y hoy, posamos la mirada en las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los campesinos. La detenemos en los más débiles, en los que son explotados y maltratados, aquellos que no tienen voz porque se les ha privado de ella o no se les ha dado, o no se les reconoce. También detenemos la mirada en la mujer, su aporte, su talento, su ser «madre» en las múltiples tareas. Colombia necesita la participación de todos para abrirse al futuro con esperanza.
La Iglesia, en fidelidad a su misión, está comprometida con la paz, la justicia y el bien de todos. Es consciente de que los principios evangélicos constituyen una dimensión significativa del tejido social colombiano, y por eso pueden aportar mucho al crecimiento del País; en especial, el respeto sagrado a la vida humana, sobre todo la más débil e indefensa, es una piedra angular en la construcción de una sociedad libre de violencia. Además, no podemos dejar de destacar la importancia social de la familia, soñada por Dios como el fruto del amor de los esposos, «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros» (ibíd., 66). Y, por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz -como dice la letra de vuestro himno nacional-.
Señoras y señores, tienen delante de sí una hermosa y noble misión, que es al mismo tiempo una difícil tarea. Resuena en el corazón de cada colombiano el aliento del gran compatriota Gabriel García Márquez: «Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera». Es posible entonces, continúa el escritor, «una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra» (Discurso de aceptación del premio Nobel, 1982).
Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más. Y quise venir hasta aquí para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz.
Están presentes en mis oraciones. Rezo por ustedes, por el presente y por el futuro de Colombia.

 



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