• Director: José Manuel Vidal
América
Felicitación de Año Nuevo de Agustín de la Torre Agustín de la Torre
Sin una labor común de todos los bautizados es imposible que la Iglesia, portadora de la Buena Noticia del Evangelio, se haga presente en las periferias

(Luis Miguel Modino, Brasil).- En determinados momentos, uno hace balance del pasado y vislumbra aquello que se nos presenta en el horizonte. Los días finales de cada año son fechas que nos ayudan a entrar en esa dinámica de exámenes y propósitos. Desde la fe en el Dios de Jesucristo, que se nos presenta como Luz del mundo, somos llamados a contemplar la realidad y el devenir histórico con unos ojos de confianza en Él.

El mundo necesita de esa Luz, pero no es menos cierto que la propia Iglesia católica también precisa de ella. No podemos olvidar que la Iglesia forma parte, y tiene que formar parte, de ese mundo, no podemos pretender vivir en una burbuja, con miedo de contaminarnos con todo lo que está alrededor de nosotros. Por eso, juntos debemos descubrir, o al menos buscar, esas luces, todavía más cuando algunos se empeñan, de uno y otra lado de la barrera, en subrayar las situaciones de oscuridad que nos amenazan.

En una sociedad donde muchos toman las decisiones sólo a partir del propio interés, debemos acoger esa Luz que nos viene desde aquellos que proponen soluciones colectivas, donde todos son escuchados, también los pequeños, los que no cuentan, las víctimas de tanto procesos de exclusión, muchas veces fundamentados en un mundo de buenos y malos, del que no son partícipes.

Y aquí no podemos olvidar la mirada penetrante de tantas familias, hombres, mujeres y niños, que tienen que salir de su tierra, empujados por conflictos que no entienden, pero que con sus miradas penetrantes nos preguntan, ¿qué es lo que hemos hecho para estar pasando por esta situación de sufrimiento y de muerte?, ¿cuál es la causa de nuestros dolores y de nuestro perenne deambular en busca de una vida en paz?

Gente que se convierte en números que forman parte de estadísticas, en víctimas de la hambruna, de los refugiados y desplazados, de la trata de personas... de tantas problemáticas que vemos, conocemos, pero nos dejan cuando menos indiferentes, pues en el fondo no afectan a nuestro modo de vida, cada vez más individualista y centrado en nuestros problemas personales.

 

 

La Luz que buscamos nace de Dios y, quienes nos decimos creyentes, somos llamados a ser sus testigos. Esta es una actitud que debe formar parte no sólo de nuestra dimensión personal, sino también eclesial, comunitaria. Hay muchas luces entre quienes nos decimos seguidores de Jesús de Nazaret que no podemos dejar de llevar al mundo en el que vivimos.

En primer lugar la Luz que brota del Papa Francisco, que con sus gestos y palabras, mal que a muchos les pese, consigue cada día más iluminar la vida de tantos hombres y mujeres a lo largo y ancho del planeta, también a aquellos que tienen una fe diferente, e inclusive a quienes no la tienen. Un Papa que mira hacia afuera, que trasciende los muros eclesiales y hace realidad un mundo que tiene como base una fraternidad universal que transciende y supera los credos.

La Luz de los laicos y laicas, verdaderos protagonistas de la Iglesia del siglo XXI. Este año la Iglesia de Brasil, que me acoge desde hace más de una década, celebra el Año del Laicado, en el que se hace una llamada a ser Sal de la Tierra y Luz del Mundo. Este momento tiene que ser piedra de toque que destierre de nuestro medio el pecado del clericalismo, que se empeña en construir una Iglesia a partir de unos pocos.

No podemos olvidar que sin una labor común de todos los bautizados es imposible que la Iglesia, portadora de la Buena Noticia del Evangelio, se haga presente en las periferias. Por eso, debemos descubrir la Luz que está presente en las Comunidades Eclesiales de Base, donde el trabajo cotidiano, inclusive la presidencia de la gran mayoría de las celebraciones, les corresponde casi siempre a mujeres, que son el mejor testimonio de una presencia que ilumina la vida, muchas veces abatida por profundas oscuridades, de quien allí está presente. Sin duda, la celebración del 14º Intereclesial de las Comunidades Eclesiales de Base de Brasil, que tendrá lugar en enero de 2018, será un buen instrumento que ayude a encontrar caminos para evangelizar el mundo urbano, el mundo actual.

Descubramos la Luz de los jóvenes, que esperan ansiosos el Sínodo extraordinario convocado por el Obispo de Roma para este 2018. Una luz llena de vida, de vigor, que no se quiere ver apagada por una sociedad que pretende encorsetar, también a quienes pasan por un momento vital en el que el mayor grito es aquel que clama por libertad.

Sintamos como nos iluminan los pueblos originarios, escuchemos la voz de los pueblos indígenas de la Amazonia, especialmente en un año que va a ser decisivo para poder construir el Sínodo de la Pan amazonia, dejemos que ellos nos hagan descubrir los caminos para su evangelización, como es voluntad del Papa Francisco.

Son luces que nacen de mis circunstancias vitales, del momento en el que vivo y de aquellos con quienes comparto mi vida cotidiana, aquello que me lleva a pensar cada día y a colocarlo en las manos de Dios a través de la oración. Reflexiones que brotan del interior y que no prenteden, ni quieren ser un modelo a seguir, sino una pequeña senda en medio de la selva, siempre amenazada con perderse para siempre en medio de esa floresta que supera nuestra frágil condición humana.

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