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Justo Ilarraz, detenido por la Policía Agencias
Fueron momentos muy duros para todas las víctimas. Momentos de soledad, porque entre nosotros no hablábamos. No sabíamos que al otro le estaba pasando lo mismo. En un pabellón había entre 30 y 40 personas

(Jesús Bastante/Agencias).- Un cuarto de siglo después de las primeras denuncias, al fin, el cura Justo Ilarraz se sienta en el banquillo, acusado de abusos sexuales que, según algunas fuentes, podrían haber prescrito. Una de las víctimas, Fabián Schuck, relata a Clarín algunas de las atrocidades vividas: "El abusó de chicos en la habitación de él, en el baño de él. Era como un lobo que estaba pendiente tan solo de la oportunidad".

Son siete los denunciantes que iniciaron la causa por los abusos sexuales cometidos en Entre Ríos durante la década del 90. Al momento de los hechos tenían entre 10 y 14 años. Y fueron los abogados defensores del sacerdote quienes intentaron hacer que la causa prescribiera con un pedido presentado ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Las denuncias que recaen sobre Ilarraz son por abuso y corrupción de niñas, niños y adolescentes cometidos entre 1985 y 1993, período en el que el cura era prefecto de disciplina del Seminario Arquidiocesano de Paraná.

Las primeras denuncias datan de 1993. Ese año el entonces arzobispo de Paraná autorizó al Ilarraz a viajar a Roma. Según una carta del Vaticano de 1997, Ilarraz reconoció haber cometido abusos ante el Tribunal Eclesiástico. En su confesión, el sacerdote aseguró haber tenido "relaciones amorosas y abusivas con seminaristas menores".

 

 

Sin embargo, la reacción de la Iglesia llegó 15 años más tarde que esa carta: los abusos del sacerdote fueron portada de la revista Análisis en 2012, y sólo fue en ese momento cuando se le prohibió seguir al frente de las misas.

La semana pasada, el arzobispado de Paraná pidió perdón y lamentó "profundamente el dolor y el sufrimiento padecido por las víctimas, sus familiares y allegados".

"El abuso sexual es un hecho aberrante que genera nuestro absoluto y total repudio. En tal sentido, rechazamos de manera terminante este delito cometido contra menores, el cual debe ser juzgado tanto por la justicia estatal como por la justicia canónica, en la búsqueda del completo conocimiento de la verdad y la aplicación de justicia", resalta el comunicado.

En la causa, hay 75 testigos citados a declarar. Entre ellos, 24 sacerdotes, cuatro ex sacerdotes y cuatro obispos: todos prestarán su testimonio por escrito.

Fabiásn Schuk, ex sacerdote, espera con impaciencia el juicio: "No puedo mentir: cada vez que se acerca el momento, es un poco acercarse a aquel momento". El ex religioso, que denunció por petición de su esposa, recuerda cómo "salíamos de los campos, de las aldeas, de pueblitos perdidos en la provincia, con la esperanza de tener otro proyecto para uno, una vida distinta. Éramos chicos que nos encontramos con algo muy distinto a lo que veníamos viviendo y de golpe te empiezan a pasar cosas que no sabes qué son, que no sabes cómo interpretarlos y cuando caés en lo que te está sucediendo querés huir y no podés, querés escapar y tenés las puertas cerradas".

"Fueron momentos muy duros para todas las víctimas. Momentos de soledad, porque entre nosotros no hablábamos. No sabíamos que al otro le estaba pasando lo mismo. Decirte que en un pabellón había entre 30 y 40 personas y una noche escuchabas un gurisito llorando y no sabías por qué y a los años te enterabas que ese pibe había sido abusado. Uno creía que extrañaba. Y después el llanto de uno lo disimulaba", revela Schuk.

 

 

¿Cómo actuaba Ilarraz? "El abuso en sí comenzaba con la manipulación. Con la inducción que tenía Ilarraz para persuadirte y llevarte a que empieces a pensar como él. A decidir y optar por cosas que él quería. Primero el abuso era psicológico. Después el abuso físico comenzaba en las habitaciones, con ese acercamiento inapropiado que él tenía en horas de la noche, casi a oscuras con un foquito amarillo apenas encendido con una tulipa sucia en una punta de un dormitorio que albergaba 40 pibes. Y luego, si él notaba que podía seguir accediendo no tenía límites. Ni en cuanto a lugares ni en cuanto a acercamientos. Incluso a víctimas que tuvieron más tiempo de abuso físico las supo llevar a viajes a otros lados. El abusó de chicos en la habitación de él, en el baño de él. Era como un lobo que estaba pendiente tan solo de la oportunidad. Y cuando notaba el rechazo de algún chico abusado automáticamente lo ignoraba, le ponía distancia. Pasabas a no existir", relata.