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América
Los misioneros agustinos españoles trabajan desde hace décadas en Iquitos Luis Miguel Modino
Francisco ha dado libertad a los teólogos para que investiguen, para que elaboren la teología que merezca. Eso es importante, pero no deja de ser un Papa de la Iglesia católica que está marcado por el canon occidental

(Luis Miguel Modino, Brasil).- Miguel Ángel Cadenas y Manolo Berjón son agustinos. El primero llegó al Vicariato Apostólico de Iquitos hace 24 años y el segundo hace 18. Esta circunscripción eclesiástica, que en la actualidad tiene una extensión de poco más de cien mil kilómetros cuadrados, fue encomendada a la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas, de la Orden de San Agustín, en 1900. Desde entonces hay una presencia agustiniana ininterrumpida en este rincón de la Amazonía peruana.

Ellos entienden que la misión en medio de la selva tiene como base fundamental la presencia que acompaña y defiende, que propone y espera. Para ser misionero en esas tierras llenas de ríos hay que despojarse de muchas cosas, pues "lo que sabe, cuando uno llega a la Amazonía, sirve de poco y que hay que volver a repensar otra vez todas las cosas". Pero por encima de todo, ser misionero en la Amazonía es "una suerte".

Como sucede con muchos misioneros en la Amazonía, esperan que el Sínodo Panamazónico sea tiempo para que sean abordados "temas que tengan que ver con la presencia de la Iglesia en medio de pueblos indígenas", dándose pasos para "que haya una conexión de valores cristianos con valores amazónicos que germinen en nuevas experiencias que merezcan la pena".

Los religiosos señalan, al hablar de los pueblos indígenas, que "lo que piensan de los sacramentos es completamente distinto", contando anécdotas que nos ayudan a entender esa afirmación. Por eso, es necesario encontrar formas de articular las cosmologías indígenas con la propuesta cristiana. Ellos llegan a decir que muchos "ven a los curas como chamanes", por lo que "no se trata tanto de lo que nosotros hacemos, sino permitir que la gente pueda vivir de una manera cristiana las vivencias que ya tiene tradicionalmente", algo que, por otra parte, mucha gente ya hace.

 

 

¿Qué significa para vosotros ser misioneros en la Amazonía?

Una suerte. Pertenecemos a una provincia misionera de agustinos y una posibilidad era Iquitos. Siempre pensamos que Iquitos podría ser uno de los destinos y cuando nos lo ofrecieron vinimos. Es una suerte poder estar en la Amazonía, con una Iglesia que está ahora en un proceso muy interesante como es el Sínodo Panamazónico.

 

¿Qué es lo que habéis aprendido en estos años en la Amazonía?

Muchas cosas. Hemos tenido la suerte de que llegamos de frente con el pueblo kukama, hemos estado veinte años con el pueblo kukama. Entonces, una de las cosas que uno aprende es que lo que sabe, cuando uno llega a la Amazonía, sirve de poco y que hay que volver a repensar otra vez todas las cosas. También uno aprende que para ser religioso en medio de la Amazonía es importante la sola presencia, porque la gente se siente acompañada, defendida y sobre todo protegida, también por malos espíritus y otro tipo de cosas.

 

¿No es fundamental un cambio de postura dentro de la Iglesia católica y entender que lo que realmente importa en la Amazonía, y también en otros lugares, es la presencia y querer caminar con la gente, mucho más que querer meter las cosas con calzador?

Eso siempre ha sido, desde el inicio del cristianismo. Después la historia nos ha llevado por otros sitios, pero hay que volver otra vez al mensaje evangélico, a acompañar a la gente, proponer y esperar a ver.

 

¿Qué esperáis del Sínodo de la Panamazonía?

Que aborde temas que tengan que ver con la presencia de la Iglesia en medio de pueblos indígenas y que eso implica una concepción completamente distinta. Por ejemplo, la Iglesia tiene como una de las imágenes importantes el Cuerpo de Cristo. Eso se necesita inculturar en la Amazonía, porque acá los cuerpos son construidos culturalmente. Esperemos que el Sínodo utilice esta imagen de Cuerpo de Cristo como una imagen para pensar la Iglesia en la Amazonía, pero no con las categorías occidentales de cuerpo, sino con las categorías indígenas y amazónicas de lo que es un cuerpo, que es una construcción cultural.

 

Dentro de ese Sínodo de la Panamazonía, ¿pensáis que la jerarquía de la Iglesia de la Amazonía lo ve como una necesidad o como una especie de locura del Papa Francisco?

Da la sensación de que lo ven como una locura y como algo a lo que se tienen que apuntar porque no les queda más remedio, pero no es algo que se les vea entusiasmados por llevar a cabo. Como en otras partes del mundo, hay una Iglesia colonial, que trata de imponer cosas, pero que no acompaña a la gente y eso no permite que haya procesos desde el interior. La gente es cristiana, pero los valores cristianos no permean la vida. Mientras que, con más paciencia, acompañando gente, puede que haya una conexión de valores cristianos con valores amazónicos que germinen en nuevas experiencias que merezcan la pena.

 

 


La comunidad de Tarapacá                                               Miguel Berjón

 

En la Amazonía, dadas las distancias y la dificultad para llegar a los lugares, uno de los desafíos es crear comunidades más autónomas, no independientes, pero sí autónomas. ¿Qué pasos deben ser dados para crear esa autonomía en las comunidades, sobre todo en las comunidades más distantes?

Esa es una pregunta complicada. Sí que tiene que haber mayor autonomía, a todos los niveles, pero tiene que haber un tipo de coordinación de tal manera que no queden comunidades aisladas. ¿Cómo hacer eso? No se sabe, pero se necesitan ambas cosas.

 

Esa autonomía estaría más encaminada en el sentido de que exista en cada comunidad alguien que represente a la Iglesia como institución, que no es necesario que llegue el padre para hacer las cosas, tomar decisiones o inclusive para celebrar los sacramentos. ¿Cómo conseguir eso?

No tenemos respuesta para eso. Ojalá el Sínodo nos pueda orientar, pero en lo de los sacramentos hay como varias cosas ahí. Hay grupos en la Iglesia que dicen que mejor que no hablemos de sacramentos y tengamos en cuenta las ritualidades indígenas y pensemos desde ahí los sacramentos, sobre todo aquellos que trabajan con pueblos que han tenido menos contacto con la Iglesia.

El caso nuestro, que hemos tenido contacto con los kokama, que desde el siglo XVII ya fueron acompañados por los jesuitas, ellos no tienen ningún problema en recibir los sacramentos. Ahora bien, lo que piensan de los sacramentos es completamente distinto.

Por ejemplo, el Bautismo es un sacramento de iniciación cristiana para la Iglesia después del Vaticano II. Para los kokama, y eso se puede considerar algo Panamazónico, el Bautismo es también un sacramento de curación. Cuando una persona está gravemente enferma piden bautismo, o cuando de repente le molestan los malos espíritus o tiene una vida muy agitada, piden también el bautismo. El elemento curativo es importante y eso es algo radicalmente distinto a lo que dice la Iglesia. Y así pasa con muchas otras cosas, con los demás sacramentos.

Tenemos una experiencia del matrimonio que es fabulosa, hay mucha gente que se quiere casar en peligro de muerte, pero en una comunidad que está a quince o treinta horas, no puedes. Ante esa necesidad vimos que sería bueno que los animadores de las comunidades pudiesen ser ministros en caso de emergencia. En esa situación un animador contó lo que había pasado en una comunidad cercana a la suya, donde una mujer se estaba muriendo y el marido con el que estaba viviendo no quería casarse. Este era su cuarto compromiso, el tercer compromiso tampoco se quería casar, el segundo compromiso se había muerto y el primer compromiso tampoco quería casarse y ya no vivía en la comunidad.

La mujer insistía, y lo que hicieron fue llamar a un animador y se terminó casando con el palo de una escoba, lo cual significa que el concepto de matrimonio es completamente distinto, pero también el concepto de persona, y ahí es donde se espera que el Sínodo Panamazónico haga algunos aportes a la Iglesia, porque ahí es donde nos estamos jugando la centralidad de lo que significa la Amazonia. Por eso, el hecho de que ser persona en la Amazonía es una construcción social.

 

¿Cómo traer esas cosmovisiones amazónicas para dentro de la teología, de la liturgia, de la espiritualidad cristiana?

No hay que traerla dentro. Un día, la señora que abre la Iglesia, nos contaba que cuando abre la Iglesia ve al hombre que está allá adelante. ¿Y como le ves? Veo a un hombre que está a esta altura, sus pies no llegan al suelo y que está siempre con la cabeza agachada, nunca se le ve la cabeza. Ella decía que es un penitente, alguien que ha tenido una vida mala, Dios no le ha recibido todavía y entonces está haciendo penitencia en la Iglesia.

Es decir, no se trata tanto de lo que los curas podamos hacer o el Sínodo pueda hacer, sino permitir que las vivencias de la gente sean vivencias eclesiales, porque lo que esta mujer ve, que lo ve toda la gente de la Amazonia, nunca es tema de conversación en la Iglesia.

Tenemos por un lado una élite que somos los curas y tenemos un discurso, y por otro los fieles que tienen otro discurso completamente distinto que está permeado por las cosmologías indígenas.

 

 

 

¿Y eso no acaba apartando a la gente de la Iglesia?

Para nada. Es la gente que viene a la Iglesia la que tiene esas cosmologías.

 

Ese discurso diferente de los curas, ¿no acaba apartando a la gente o no sintiéndose plenamente integrados?

No, se sienten plenamente integrados, pero la visión que tienen la mayoría de la gente que conocemos, el pueblo kokama y mucha gente en la ciudad de Iquitos, y se puede decir que es algo Panamazónico, es que ven a los curas como chamanes, lo decían los jesuitas en el siglo XVII. Y aquellos que tienen más características chamánicas son aquellos curas que tienen más gente en la Iglesia.

No se trata tanto de lo que nosotros hacemos, sino permitir que la gente pueda vivir de una manera cristiana las vivencias que ya tiene tradicionalmente.

 

¿Y eso es posible?

De hecho, la gente lo vive así. Nuestra sacristana nunca se lo había contado a nadie, porque los curas no tenemos tiempo para escuchar esas cosas, pero si los curas le dedicamos tiempo, la gente nos cuenta todo esto con normalidad.

 

Pero muchas veces los curas vemos esas cosas como tonterías, como cosas que no vale la pena escuchar, pero que en realidad marcan muy profundamente a las personas. ¿Esa es una de las claves para poder hacer una pastoral de presencia? ¿La gente lo que realmente necesita más que un exceso de sacramentos es más escucha, más acompañamiento, más ayudar a entender esas dimensiones?

Podemos decir que las dos cosas. Los sacramentos son importantes porque tienen que ver con el cuerpo y ya hemos dicho que el cuerpo en la Amazonía es fundamental, lo cual no significa que la configuración de los sacramentos como está sea la adecuada, pero esa centralidad del cuerpo en los sacramentos y esa centralidad de los sacramentos en el cuerpo deben confluir. Y confluyen no en lo que piensan los teólogos o los curas, sino que confluyen en los fieles cristianos.

Lo que debe hacer la teología es acompañar estos procesos, porque sino no deja de ser una teología colonial que está elaborada en Alemania, en Inglaterra o en cualquier otra parte del mundo, en la ciudad de Lima, no tiene nada que ver con la Amazonía. Lo que hay que hacer es pensar el cristianismo desde estas realidades, como viven los cristianos.

 

El Papa Francisco, que nos llama siempre a tener esas visiones diferentes, ¿hasta qué punto puede ayudar o está ayudando a hacer realidad esos cambios?

Hay cosas positivas. Francisco ha dado libertad a los teólogos para que investiguen, para que elaboren la teología que merezca. Eso es importante, pero no deja de ser un Papa de la Iglesia católica que está marcado por el canon occidental, y aquí nos insisten continuamente. La Laudato Sí, ¿es una gran encíclica? Lo es, pero dentro de la cosmología occidental. Las cosmologías indígenas consideran que cuando el mundo está mal, porque hay mucho ruido, porque hay desestructuración, porque la gente vive mal, lo que ocurre es que el mundo se da la vuelta, los que están acá pasan a vivir debajo del río, debajo del agua, y los que están debajo del agua pasan otra vez a vivir aquí.

De alguna manera sería un fin del mundo, pero no un fin del mundo definitivo, sino que comienza un nuevo mundo distinto. Y así, tantas veces sea necesario. Entonces, cuando hablamos de ecología integral, que es un acento muy importante, la mayoría de la gente en la Amazonia no comprende de que estamos hablando.

 

 

Los agustinos de Iquitos