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La catedral de Cuenca inaugura mañana "La poética de la libertad"

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Arte hacia el cielo, contra cárceles y alambres

Cervantes, informalistas y Ai Weiwei en el templo de la vanguardia gótica

Lucía López Alonso, 25 de julio de 2016 a las 08:02
La sonrisa del ángel gótico, la andadura del caballero, las manos de Ai Weiwei abriéndose los ojos
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Ai Weiwei: 81 días privado de libertad

Interior de una de las cajas que componen S.A.C.R.E.D./>

Interior de una de las cajas que componen S.A.C.R.E.D.

  • Ai Weiwei: 81 días privado de libertad
  • Interior de una de las cajas que componen S.A.C.R.E.D.

(Lucía López Alonso).- "Conoceréis la libertad, y la libertad os hará libres", dice la Sagrada Escritura. Y merecería la pena, en el tiempo del grafitti y del suprimir, hacer un borrón y dejarlo sólo en "Conoceréis, y os hará libres". Porque lo que hace al ser humano avanzar hacia el conocimiento, es lo que le acerca a la libertad. La libertad, Sancho.

Mañana martes, 26 de julio, se inaugura en la Catedral de Santa María y San Julián de Cuenca la exposición de arte contemporáneo La poética de la libertad. Organizada por la Catedral y la Junta de Castilla-La Mancha y comisiariada por el artista Florencia Galindo y el periodista Carlos Aganzo, podrá visitarse hasta el 6 de noviembre. "Va a ser el evento con mayor alcance cultural del Año Cervantes", declaró Emiliano García-Page en rueda de prensa, la semana pasada.

Y es que este año toda España conmemora el IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, porque en el inicio fue Cervantes, y ya más tarde el resto de la literatura moderna e intemporal de nuestra Historia. Por eso la exhibición, urdida en tres espacio-tiempos, comienza con Cervantes. Galindo dibuja a su Quijote varias veces, y lo cuelga en la pared todo seguido. "Como un cómic", dice él. Como un balcón desde el que protestaran diferentes mensajes escritos en sábanas.

Después de eso, un aspa de molino (eso sí, virtual) da la bienvenida al visitante en español y en chino. Algo que podría no haber pasado. Que parece sólo suceder en la exposición para sustituir un cartel más explícito, algo así como los de los jardines de la Alhambra: 5 minutos para Ai Weiwei, por primera vez traído a España.

La humildad, valor siempre en riesgo, casi como la libertad, se tambalea cuando el visitante descubre que F. Galindo, al comisariar la exposición, ha decidido protagonizar de nuevo el siguiente rincón de la catedral, el que viene de Cervantes y va a los informalistas, con su obra El laberinto del dictador. Una estructura de alambrada a la que el autor adjudica un mensaje claro: el del arte como arma en la lucha por los derechos humanos, contra cárceles y alambres, durante el cautiverio físico y mental de un Cervantes o un Ai Weiwei, o en el actual drama de los refugiados. "Es como si, al huir, hubieran dejado entre los alambres algo de ellos", explica el artista. Y señala unas cintas azules anudadas al espino, que parecen pajaritos.

La catedral, al final, es la que ayuda al concepto expositivo a mostrar un semblante sensato: el visitante puede descubrir, tras la obra de Galindo, todo un pasillo de capillas laterales, enrejadas, que de veras consiguen, casi espontáneamente, que se entienda el trasfondo de la exposición y se respete. Es cierto que los campamentos de refugiados de hoy son herederos de un viejo camino del hombre en busca de su libertad, siempre sorteando rejas. El mismo que transitó Cervantes en el Siglo de Oro, tras 4 años prisionero en Argel, imaginando las andanzas de su Don Quijote por la Mancha. El mismo de Ai Weiwei tras 81 días de cautiverio en una cárcel secreta en China; una cárcel del Siglo XXI. El mismo de todos esos informalistas que, desde la pequeña Cuenca, eligieron el arte para romper los moldes opresores de la dictadura y emplearse en algo que trascendiera esa violencia: abrir cauces de conocimiento en una España que tenía que reaprender a ser libre, a no temer serlo.

Por eso la salita reservada dentro del recorrido catedralicio a los informalistas (Francisco Farreras, Rafael Canogar, Luis Feito y Martín Chirino) resulta, quizá, la mejor plasmando los esfuerzos combinados del arte y la conciencia de cambio político en la construcción de una poética de la libertad discreta pero certera, y sobre todo colectiva. La espléndida escultura de Chirino lo demuestra sólo con una espiral: hay que crecer, crecer, pero siempre partiendo de uno mismo. Renovarse sin perder el contacto con la esencia, con el de dónde venimos. Lo que le ocurrió a la propia catedral de Cuenca: templo de vanguardia formal ya en sus orígenes, acogió la abstracción del Siglo XX en las vidrieras de Bonifacio, Rueda y los demás. Porque ya en el templo de Jerusalén había un espacio en el que todos podían entrar, la catedral se abrió y se volvió más gentil.

La luz, por supuesto, permaneció. La palabra libertad aparece 92 veces en el Quijote. ¿Cuántas lo hace la luz en las naves de la catedral de Cuenca? El diálogo entre el alambre y la vidriera se produce: mientras las vidrieras cierran el paso, pero dejan entrar la luz, la alambrada está abierta (dibuja rombos, rizos, paralelas), pero ensangrenta y encarcela.

"El gótico es un camino ascensional, como el de las rocas talladas que enmarcan de naturaleza la ciudad de Cuenca", cuenta Miguel Ángel Albares, director de la catedral de Cuenca. De la tierra al cielo, saltando vallas, el visitante ha ido comprobando el registro antropológico de una humanidad demasiadas veces falta de libertad, pero siempre a salvo a través de la belleza.

Y en el claustro la luz se hace de nuevo reja, la cárcel hierro, la caja cárcel: es S.A.C.R.E.D., las seis cajas del artista y activista chino Ai Weiwei. Respondiendo a siglas en inglés (Cena, Acusadores, Limpieza, Ritual, Entropía y Duda), el creador presenta seis escenas carcelarias que hablan de humillación sistemática. Son una rebeldía callada e hiperrealista mediante la que el autor hace público lo que fue secreto, casi como sagrado, durante los 81 días de su cautiverio. Poética de la experiencia que el visitante descubre asomándose a los ventanucos de las cajas dentro de las que un preso trasciende su propia realidad.

Y de remate, un ángel. La última subida, para contemplar desde lo alto la nave principal de la catedral, hace al visitante encontrarse con el único ángel que sonríe dentro del templo. Como si la moraleja, tras el recorrido de los tres espacio-tiempos, fuera uno de esos gestos: la sonrisa del ángel gótico, la andadura del caballero, las casas colgadas que habitaron los informalistas para estar cerca del cielo, las manos de Ai Weiwei abriéndose los ojos. O lo que dice una cartela: "La libertad como una manera de estar el hombre sobre el mundo".



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