• Director: José Manuel Vidal
Arte
El padre Ángel, con Pedro Almodóvar, en san Antón
Poliédrica, riparógrafa y bonita, esta muestra además es solidaria, yendo la recaudación de sus ventas destinada a la ONG del padre Ángel

(Lucía López Alonso).- Confesando su atención a las pequeñas cosas, Pedro Almodóvar pasó la Semana Santa entera sin salir de su casa. Todo lo importante, en ese momento, estaba dentro de esas paredes. Lo más lejos, en el patio y la terraza. Con la naturalidad de quien dispara con el móvil, acabó creando su primera exposición de fotografía: Bodegones Almodóvar.

Efectivamente, las obras que componen la muestra (hasta el 26 de octubre en La Fresh Gallery de Madrid) están vacías de los gestos de su cine; no hay ni una sola persona retratada. Sin embargo, como bien sabe Pedro, que ha ido vertiendo en su carrera cinematográfica el espíritu y el imaginario de nuestro tiempo, todo algo es de alguien; sus bodegones no son solo retratos de objetos inertes, sino que destilan humanidad.

En un sencillo sótano del centro de Madrid, el genio de la gran pantalla ha puesto en comunión sus recuerdos personales y los susurros de su cine barroco. Manzanas, ajos, cebollas. Un huevo sobre un jarroncito de estampado de leopardo. Una pera de cerámica pintada a mano. Un pisapapeles de nácar. Un pequeño maniquí que parece sacado de un cuadro de De Chirico. Enchufes. Y un precioso gato blanco, que, por ser el único reducto de naturaleza viva, vale un puro tesoro en el conjunto de una exhibición cuya escenografía ha sido comparada por la crítica con la de la pintura de Morandi.

Almodóvar ha ajuareado sus pertenencias, como diría algún personaje de Pedro Páramo, y ha conseguido trasladar su arte a una disciplina nueva. Nada extraño que se descubra un buen fotógrafo quien ha aprendido en el cine primero a mirar, después a expresarse a través de las imágenes.

¿Transforma, por ese amor a lo que mira, Almodóvar la realidad de los objetos en "fetiches"? Él responde que "en Kika había muchísimos cristales". Pero responde casi tirando de recuerdos, sin darle demasiada importancia, como el artista que juzga su obra desde fuera, sin egos ni palabros.

Asiduo en sus filmes a los estereotipos, pero para romperlos, y al dramatismo, pero siempre desde el humor inteligente, Almodóvar ha construido una muestra moderna y llamativa, pero equilibrada. El fosforito natural de las figuras (un licor de hierbas, los granos rojos de una granada...) convive con la gracia, a veces simétrica, de las composiciones. Y entonces dos rosas cuentan al espectador una historia. Una es blanca y la otra amarilla, y miran la misma luz desde dos cuadros distintos. Una en un humilde vaso de vidrio, pero acompañada de una fruta. La otra más sola, pero en una taza de lunares rojos.

El cineasta explica que "el sky-line de las vasijas", todas sus tropas de frascos, representan "el hecho de mirar sin ser visto". Y que ese gesto siempre se esconde detrás de la geometría: el voyeur, tras el círculo de una mirilla. "El espectador, detrás del cuadrado". Ahí está lo que tienen de cine los bodegones de Pedro Almodóvar.

Poliédrica, riparógrafa y bonita, esta muestra además es solidaria, yendo la recaudación de sus ventas destinada a la ONG del padre Ángel, la Fundación Mensajeros de la Paz. Para la integración de los marginados de la ciudad, que Mensajeros atiende en sus comedores y en la iglesia de San Antón. Porque, como dijo el pintor Luis Caruncho "el arte debe estar fundamentalmente volcado a la esperanza".