• Director: José Manuel Vidal
Diócesis
Andrés García, cardenal Omella, cardenal Osoro, Javier Prades y Gerardo del Pozo
El cura de una parroquia es como un médico de medicina general. Tenemos que ser de todas las líneas y para todos

(José M. Vidal).- Los obispos (y más si son cardenales) suelen ser tipos serios y reconcomidos, que van de listos y de profundos. Pues el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, rompe ese molde adusto, por ser un prelado serio en la forma, pero alegre en la forma. Nacido en la frontera de Teruel con Cataluña, el obispo mañico hizo gala de su excelente sentido del humor, para salpimentar su intervención en las jornadas 'Parroquia misionera' del arzobispado de Madrid.

No me extraña que el Papa Francisco confíe en él. Son como dos gotas de agua. Los dos son apasionados de Cristo y de su Iglesia, pero también de las alegrías y las penas de la humanidad. Los dos (salvadas las distancias, como diría el arzobispo de Barcelona) están enamorados de Dios y de los hombres y apuestan por la renovación y por una primavera que rejuvenezca a la Iglesia y la ponga en salida y en sintonía con la gente. Y a los dos les encantan los chistes y las anécdotas. Además, los dos son humildes y se quitan importancia, normalizando el episcopado y el papado.

A Omella se le notaba a gusto en Madrid, en la Universidad San Dámaso, al lado de su amigo y socio principal en la renovación eclesial española, el cardenal Carlos Osoro, que, quizás en aras de esa amistad, trató de presentar su "biografía interna". Primero, lo definió como un hombre de oración y un hombre de Dios. "Juan José habla a los hombres, pero después de largas conversaciones con Dios. Por eso, no cae en el peligro de que de su anuncio resulte una imagen fea y falsa de Cristo".

A su juicio, el cardenal de Barcelona "no predica desde la autorreferencialidad", sino "desde su estado permanente de misión, de compartir angustias y esperanzas". Y es que Omella tiene, según Osoro, "entrañas de misionero" y de "un evangelizador que no tiene miedo a mancharse las manos con los problemas de la gente".

En cuanto a la parroquia, el cardenal madrileño aseguró que "es la Iglesia concreta, con personas concretas, que caminan al encuentro de Cristo". Y añadía: "La parroquia es la Iglesia en camino, que posibilita el encuentro con Cristo, que es siempre curativo".

El salón de la Universidad Eclesiástica San Dámaso estaba lleno de curas. Calculo que entorno a los 200, para asistir a estas jornadas sobre la parroquia, a pesar de que a esas horas nevaba en Madrid. Entre los presentes, los dos nuevos obispos auxiliares electos: José Cobo y Santos Montoya. El otro obispo auxiliar electo, Jesús Vidal, está de Ejercicios espirituales, y Juan Antonio Martínez Camino no estuvo ni se le esperaba. "Es nuestro verso suelto", comentaba un cura.

Tras la bienvenida del rector, Javier Prades, intervino el decano de la Facultad de Teología, Gerardo del Pozo, un teólogo de la vieja guardia, que parece convertido al franciscanismo. Quizás por eso, presentó las Jornadas sobre la parroquia como un intento de seguir "el impulso del Papa Francisco, que los cardenales Osoro y Omella secundan en España". Y es que "todos anhelamos una Iglesia de Pentecostés".

También propuso Del Pozo "superar el divorcio entre teología y pastoral entre fe y vida", porque "la facultad no es un centro de formaciones de funcionarios eclesiales" y "los profesores de Teología no son un cuerpo elitista".

"¡Bendita parroquia!"

Más que gracejo, Omella tiene gracia y con su verbo fluido y sincero engatusa rápidamente al respetable. Desde el principio, cuando comenzó preguntándose: "¿Qué pinto yo aquí? No soy profesor de teología ni nada. Eso sí, he sido cura de pueblo durante 20 años y sé algo de pastoreo y de parroquia".

Y de entrada dejó sentada su tesis: "La parroquia no está superada y los que afirman eso son falsos profetas". Más aún, "¡bendita parroquia, que no está muerta y tiene futuro!". Eso sí, siempre que, como pide el Papa Francisco, se renueve, salga de la rutina y entre en una nueva etapa "marcada por la alegría y la esperanza", en medio "de la sociedad y de la Iglesia que nos toca".

"Una Iglesia y una sociedad a las que amo tal y como son. Como los padres aman a sus hijos sean como sean". Y para ilustrar lo que dice, Omella cuenta la anécdota de la madre del cura que está en la carnicería y escucha a las mujeres del pueblo que hablan mal de las homilías de su hijo y les replica: "No critiquéis tanto a mi hijo. Ideas no tiene muchas, pero palabras no le faltan".

Tras la introducción, Omella pasó a hacer un pequeño análisis de la realidad y describió una sociedad "con anhelo de un futuro más humano", "necesitada de salvación", en "crisis de esperanza" y "llena de sufrimiento injusto de los excluidos". Porque "la brecha entre ricos y pobres se amplía" y "los bancos rescatados siguen ganando, pero no devuelven".

Y, por último, una sociedad secularizada, aunque el cardenal Omella matiza lo de la secularización galopante que, según algunos sufre Cataluña y Barcelona. "En las parroquias a las que voy hay mucha gente. No veo tanto bajón espiritual. Y casi todas las parroquias tienen iniciativas solidarias".

También cuenta el caso de una parroquia barcelonesa que convoca a jóvenes universitarios a rezar durante una hora todos los lunes de 9 a 10 de la noche. "¿Sabéis cuántos se apuntan? Nunca bajan de 300. ¡Cuánta hambre de Dios hay!"

Además, a su juicio, el Papa Francisco "está despertando de nuevo el aliento y la esperanza, porque es el único referente a todos los niveles y promueve la esperanza de la gente". Aún así, Omella reconoce que "a algunos de dentro de la Iglesia no les gusta", cuando lo que deberían hacer es subirse al carro de Bergoglio y apoyar su modelo.

Un vez dadas unas cuantas pinceladas sobre el análisis de la realidad, Omella propuso algunos objetivos pastorales. Como centrarse en Cristo "y no en opciones ideológicas", en la "espiritualidad del seguimiento", "hablar al corazón de la gente" y "liberar la fuerza liberadora del Evangelio".

Como dice Francisco, Omella propone también "no encerrarse, reavivar el espíritu profético de la parroquia, potenciar y valorar el trabajo con los laicos, sin crear laicos clericales" y "hacer de la compasión el primer principio de actuación".

El cardenal de Barcelona también invitó al pluralismo y a acoger en las parroquias todas las líneas. "El cura de una parroquia es como un médico de medicina general. Tenemos que ser de todas las líneas y para todos". Pero también advertía a los movimientos y organizaciones: "La parroquia no es una pecera para pescar a la gente y llevársela a sus propios carismas".

Para conseguir estos objetivos pastorales, Omella propuso una serie de criterios de la espiritualidad del pastor. Una espiritualidad de la experiencia. Una espiritualidad realista. Por eso, cuando unas monjas le repetían, una y otra vez, que les mandase novicias jóvenes, porque el convento se moría, el prelado les contesto: "Hermans, ¿a qué las llamó el Señor a ustedes? ¿A alabarle o a dejar descendencia?".

Realismo y paciencia, porque "el ritmo de Dios es otro" y "como dicen en África, las tres virtudes de un misionero son: paciencia, más paciencia y mucha paciencia". O construir lentamente, como el grano de mostaza o el bambú que hay que regar durante 6 años y al séptimo crece dos metros.

Y Omella concluyó con un canto a la parroquia. "Soy un enamorado de la parroquia y creo que es el mejor lugar par evangelizar. Cuando me quitaron de mis parroquias, me desgarraron el corazón. Es apasionante ser cura de parroquia, siempre que se sienta pasión por la parroquia y por la gente". Y siempre con la receta de San Juan de la Cruz: "Donde no hay amor, pon amor y hallarás amor".

"Es un crack", decía un cura a mi lado, mientras sonaba una sentida ovación entre los cientos de curas presentes. La mayoría, con clergyman, pero ya muchos (quizás un 20%), de 'calle'. Algo impensable en el presbiterio madrileño de la época de Rouco. ¡Brotes verdes en el clero madrileño!