• Director: José Manuel Vidal
Diócesis
Omella, en Guadalupe Agencias
La provincia eclesiástica en la que están llamados a compartir proyectos en orden a servir y amar al pueblo extremeño, sirviendo el gozo y la alegría del evangelio de lo sencillo y de lo diario, en lo rural y lo urbano

(José Moreno).- Más de doscientos sacerdotes, acompañados y convocados por los obispos que presiden las diócesis extremeñas de Coria-Cáceres, Mérida-Badajoz y Plasencia, se han encontrado en el monasterio de Guadalupe para inaugurar las celebraciones y actos commemorativos, con motivo del XXV aniversario de la constitución de provincia eclesiástica de Mérida-Badajoz, que se denomina normalmente como la Iglesia extremeña.

El lugar elegido, en las Villuercas, tiene un simbolismo singular para esta tierra y sus fieles cristianos, como corazón de Extremadura a los pies de su patrona. Para la ocasión se ha contado con la presencia del cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, quien visitaba por primera vez este santuario y así conocía a la madre de Extremadura, Santa María de Guadalupe. Los actos comenzaron con una oración compartida a primera hora de la mañana, para después continuar con la acogida del prior de la comunidad franciscana y tras la presentación del cardenal, su alocución dirigida a los sacerdotes.

En su discurso, Omella, siguiendo las claves del Papa Francisco, propició elementos de contemplación y reflexión que son retos para el momento eclesial actual en medio de nuestra sociedad. Comenzó invitando a una mirada esperanzada sobre el mundo, dando cuenta de cómo la sociedad está en búsqueda, se siente dolida en todo lo que le produce infelicidad, y está abierta a cauces de reflexión y de revisión de vida que lleve a una profundidad que posibilite una vida mejor y más digna.

Señaló elementos de esta cultura y esta inquietud en las que estamos llamados a estar atentos y disponibles: jóvenes que aceptan retos de interioridad y de novedad, conciencia de la situación de la mujer y la necesidad de valorar su ser y su hacer en nuestro hoy, la inquietud por lo desigual y por el dolor en muchos de los ciudadanos con ánimos de favorecer lo digno y humano en los más débiles de la tierra.

 

 

Ante esta realidad subrayó líneas de transformación estructural que han de nacer desde los propios espacios parroquiales en los que estamos a ser fieles y creativos al mismo tiempo. Es tiempo de sembrar más que de cosechar, no hemos sido llamados a ganar sino a fecundar la realidad, para eso nuestras estructuras han de ser de una acogida radical, de una presentación limpia del evangelio y de la persona de Cristo, de siembra permanente y gratuita, de celebraciones vivas y de vida encarnada, abiertos a las problemáticas que hacen sufrir a las personas que nos rodean, presentes en la ciudad y sus ambientes, comprometidos en las cuestiones de orden social y en torno a la pobreza.

Omella, una vez señalados los restos estructurales sencillos a pie de parroquia para los sacerdotes, invitó, desde la última exhortación del Papa, a la santidad que ha de estar de fondo en el quehacer y ser del sacerdote para que su ministerio pueda ser fecundo. Habló de que la santidad ha de ser encontrada y sentida en la vida de lo diario y lo normal, en lo sencillo de las vidas de las gentes, donde el espíritu cada día va actuando y santificando.

Para ello anotaba dos claves sencillas que autentifican la santidad: una que sea una santidad que no se notada por los otros, como espectáculo, y otra que no sea creída por parte del que la ejerce. Invitaba a lo profundo y a lo auténtico, de aquellos que con naturalidad ofrecen y dan su vida, sin hacerse notar, pero dándose con radicalidad en el acompañamiento de vida y de encuentro con el propio pueblo al que se sirve. Esta santidad no es viable sino es en el encuentro profundo y radical con Jesucristo y su Palabra, como Jesús hacía con su Padre. Señaló que, sin apasionamiento por Cristo, la predicación y la acción queda vacía y no puede ser fecunda. Y animó a renovarse en la verdadera espiritualidad del bautismo y ministerial.

Posteriormente presidió la Eucaristía, junto a los demás obispos extremeños, animando a ser pastores del pueblo en medio de la gente, compartiendo la vida diaria de los que forman parte de la comunidad parroquial a la que sirven los sacerdotes, y hacerlo con el espíritu de la misión y el compromiso de los que han sido elegidos por Dios, para este momento y esta causa, no dejarnos vencer por un cansancio que nace de la falta del amor y la confianza en Dios.

 

 

Se nos ha mostrado en Jesucristo que no estamos llamados al éxito sino a vivir en la verdad, verdad que viene por la vida de la minoridad evangélica, como la presentan las parábolas de lo pequeño y profundo, de lo que se gesta sin gloria pero se hace eterno, muriendo y resucitando.

El gozo de un sacerdote no ha de ser su acción, sino la confianza en que Dios actúa y se hace eficaz, a su modo, a pesar de nuestra debilidad y pobreza. Hoy es tiempo para la fidelidad en lo pequeño y lo insignificante. Los sacerdotes aplaudieron y agradecieron la sencillez y cercanía de estas palabras y de esta invitación a caminar, tan llenas de ánimo y ternura, llena de anécdotas de vida.

El encuentro culminó compartiendo la mesa fraternal todos los sacerdotes que participaron en el encuentro con sus pastores, un modo de mostrar la riqueza y necesidad de este modo de ser en la provincia eclesiástica en la que están llamados a compartir proyectos en orden a servir y amar al pueblo extremeño, sirviendo el gozo y la alegría del evangelio de lo sencillo y de lo diario, en lo rural y lo urbano, en lo que es propio y característico de nuestra tierra y nuestra gente.