• Director: José Manuel Vidal
Educación
Mike van Treek, teólogo
El rumbo que la Facultad ha tomado en estos años no sorprende si uno recuerda que el decano actual defendió y respaldó públicamente el año 2011 a los seguidores y protectores de Karadima

(Mike van Treek Nilsson, teólogo).-He tenido el honor de integrar junto con ustedes, destacadas personas del ámbito académico, estudiantil y sindical, el Foro Universitario UC. Fuimos elegidos para poder discutir cuestiones relevantes de nuestra comunidad, para hacerla más plenamente libre y responder a los desafíos que nos plantea nuestra sociedad.

He sido excluido del Foro al cual llegué por elección democrática de mis pares académicos de categoría Asistente de la Planta Ordinaria de la Universidad. Mi exoneración se debe precisamente a haber llevado a cabo la misión que nos concierne como miembros del Foro Universitario, al haber ejercido el derecho que todos tenemos a la libertad de expresión y opinión sobre un punto que la misma Universidad buscaba propiciar, a saber, la identidad de la Universidad.

Es mi deber compartir con ustedes y con toda la comunidad universitaria los hechos que provocaron mi exoneración. No se trata de la situación de una persona, de un trabajador académico; no es un asunto aislado, de un individuo sin más repercusiones. No es así. Se trata de un asunto de respeto de los derechos fundamentales de todos, de académicos y no académicos, de todo trabajador, de todo estudiante. Cuando se lucha por la libertad de expresión, cuando se lucha por la no discriminación, por el respeto al honor y a la dignidad de cada persona es una tarea que incumbe a toda la comunidad, nos involucra a todos.

Quien vulnera esos valores y derechos fundamentales se separa del ser de esta comunidad universitaria porque nos priva de la fuente sobre la que se nutre el pensamiento y la búsqueda de la verdad. Quien vulnera de esta manera nuestra comunidad y su quehacer se arroga poder que no tiene, se transforma en un sujeto que abusa de su posición de poder en desprecio y desmedro de toda la comunidad.

El 17 de noviembre de 2017 el Decano de teología difundió una Carta Pública intentando justificar la no renovación de mi nombramiento académico luego de 15 años de servicio. La Carta Pública entrega información falsa sobre mi carrera académica, tergiversa documentos oficiales de la universidad y es contradictoria en muchas de sus afirmaciones.

En su conjunto, la Carta Pública no sólo es un agravio a mi honra y reputación como académico sino que ofende a toda la comunidad UC, pues la desprolijidad, la deshonestidad y la intención de destruir públicamente mi valía académica no se condicen con los valores que debiera abrazar un académico competente y una autoridad universitaria íntegra.

El Decano intentaba justificar con todo ello un acto de censura en mi contra. Un mes antes, el 17 de octubre, publiqué una investigación que realicé sobre el contexto de la redacción de la Declaración de Principios que rige actualmente la Universidad: «La historia detrás de la conservadora Declaración de Principios que rige a la UC». Escribí ese artículo para aportar a la reflexión que la misma universidad propiciaba sobre su identidad, siguiendo el espíritu de las palabras del Rector Ignacio Sánchez: «el corazón de la libertad académica, implica de manera especial y primordial la completa autonomía institucional. Considera la protección del derecho de los profesores, estudiantes e investigadores para expresar sus ideas con completa honestidad intelectual, independencia y sin miedo a represalias».

Estas palabras del Rector fueron dichas en la ceremonia de reincorporación de algunos de las decenas de académicos víctimas de las exoneraciones que precedieron, ni más ni menos, que a la redacción de la Declaración de Principios el año 1977.

Pero el Decano Joaquín Silva Soler no oyó estas palabras del Rector. Irritado por mi publicación, al día siguiente me citó a su oficina para increparme por ella, aludiendo a llamadas telefónicas que habría recibido. En la reunión me preguntó con tanta insistencia si combatía los principios de la Universidad que parecía que el Decano no era capaz de tomar realmente el peso a los traumáticos tiempos vividos por la Universidad en los años de Dictadura, cuestión nuclear de mi trabajo que él cuestionaba. Discutir sobre principios cuando hubo exterminio de personas en el país y en la Universidad me parece que es una inversión de valores inaceptable.

Un mes después de haberme increpado por aquel trabajo, el 14 de noviembre, me comunicó mi salida irrevocable de la Facultad de Teología, sin ninguna posibilidad de defenderme y exponiendo razones falsas y tergiversadas para justificar aquel actuar. Entre las razones, lo dice él en su Carta Pública, la investigación sobre la Declaración de Principios constituía un ejemplo de cómo mi conducta, según él, no contribuía al clima laboral.

Lo que no pudo hacer por los medios de la academia el Decano quiso hacerlo desesperadamente difamando y tergiversando. Debate, refutación, discusión o aporte no han existido de su parte ni tampoco de parte de quienes lo telefonearon para incitarlo a realizar esta inicua maniobra.

Yo ejercí un derecho fundamental que las universidades buscan resguardar de sobremanera como es la libertad de expresión. El Decano respondió ignorando un valor que prima en la academia: la discusión libre. Actuó tratando de enlodar mi prestigio académico, queriendo invisibilizar el aporte que he hecho a esta universidad y tratando de restringir mis posibilidades de desarrollo académico futuro.

Joaquín Silva

El Decano, creyendo que sería el medio más eficaz para su fin, difundió aquella Carta Pública por todos los medios que tuvo a su alcance: citó una asamblea para leerla, la envió a todos los miembros de la Facultad de Teología y a todas las autoridades de la Universidad. Después de unas horas, la envió a los exalumnos de la Facultad (chilenos y extranjeros), a decanos de facultades de estudios religiosos de Chile y a autoridades superiores de otras Universidades Católicas. La publicitó, además, por medios oficiales en línea: Facebook de la Facultad; hasta enero de 2018 se podía encontrar en el sitio web de ella.

En la Carta Pública, el Decano justifica mi expulsión diciendo que desde el año 1996 registro 8 publicaciones. Pero en aquel año yo era estudiante de pregrado; me incorporé como profesor a la Facultad el año 2003 y formé parte de la planta ordinaria desde el año 2010. En total, a la fecha de la publicación de la difamatoria Carta Pública yo contaba con 19 publicaciones de las cuales 12 fueron publicadas pasando por evaluadores internacionales.

Él nada dice sobre el volumen de mis proyectos de investigación (Fondecyt, Fondedoc, Icala, Vri-Pastoral, etc.). En su Carta Pública, el Decano cita en mi contra el último informe de la Comisión de Calificación Académica (de marzo 2017) omitiendo de la cita todos los puntos donde se reconoce y felicita mi trabajo y aporte a la Facultad. La comisión dice:

Se constata un progreso en la evaluación de su docencia por parte de los estudiantes, según la información disponible. Los miembros de la Comisión valoran también el aporte que usted ha hecho a la vida de la facultad, sobre todo en la segunda mitad del año recién pasado, con su participación activa y su compromiso personal en las actividades comunes de los profesores. Se ha hecho una especial mención de la calidad de su trabajo como director de Biblioteca. En el ámbito de su investigación, la Comisión ha valorado su capacidad para incorporar estudiantes en la ejecución de proyectos, y por lo mismo lo felicita por el premio que ha recibido por tal razón.

En su Carta Pública, el Decano dice lo siguiente:

En el mes de Marzo del presente año se le informó que no se iniciarían los trámites para su promoción académica por su insuficiente nivel de productividad, sobre todo en publicaciones.

La cita del Decano tergiversa el sentido de la Comisión que sobre esto señaló que «por el momento (énfasis mío), no está en condiciones de emitir una opinión favorable para iniciar el trámite de promoción académica a la categoría de Asociado». El informe califica en general mi desempeño como «Bueno». La comisión no colocó en duda mi continuidad como profesor de la Facultad, la intención de ella fue no pronunciarse por el momento sobre la promoción. ¿Por qué, entonces, utilizar este informe para justificar mi arbitraria exoneración?

Samuel Fernández, miembro del consejo de la Facultad que decidió mi eliminación conocía mis 3 nuevas publicaciones del primer semestre de 2017 que el informe de la Comisión no contemplaba. Aquellas publicaciones eran el fruto del trabajo de investigación del período 2015--2016 que la Comisión felicitó. Si el consejo hubiese discutido con transparencia y honestidad mi nombramiento no habrían tenido que omitir, ocultar, falsear y tergiversar toda esta información a la comunidad académica de la Universidad como hasta el momento lo ha hecho el Decano.

El Decano en su Carta Pública dice sobre mis líneas de investigación: «expresamos nuestras dudas respecto del talante teológico y académico». ¿Detrás de quiénes se esconde el Decano para disimular su ignorancia sobre mi trabajo académico? Si tiene dudas sobre mi trabajo, debería partir por leer mis publicaciones, pero ¿cómo habría podido leer lo que no ha podido cuantificar correctamente?

Por último, si le faltaba tiempo para leer habría podido preguntarle a los académicos que sí han conocido y revisado mi trabajo, como Sergio Silva, Alberto Toutin, Claudio Rolle o Ignacio Chuecas. Yo siempre he estado abierto a una discusión teológica y exegética de buen nivel, pero el Decano y algunos miembros del Consejo decidieron más bien silenciarme en lugar de involucrarse en una discusión abierta para toda la comunidad universitaria.

La decisión de no renovar mi nombramiento académico se explica únicamente como reacción a mi publicación sobre el contexto histórico de la redacción de la Declaración de Principios de la Universidad. En efecto, el mismo Consejo que decidió mi exoneración me había nombrado en agosto de 2017 y hasta el año 2019 como el primer Director de Relaciones Internacionales de la Facultad y aprobaron el plan de trabajo que yo diseñé para la nueva Dirección. Además, en octubre, se habían iniciado las conversaciones con el Vicedecano Guillermo Rosas sobre los cursos que yo debía dictar durante el año 2018.

Es más, Andrés Ferrada me pidió que lo reemplazara en reuniones de planificación del departamento de Biblia que él dirigía. Así, hasta septiembre de 2017, la Comisión de Calificación Académica, el Decano, el Vicedecano, el jefe del departamento de Biblia, y que a la vez son todos ellos miembros del Consejo, me habían dado claras señales de continuidad y estabilidad. Ninguno de ellos ponía en duda ni hacía sospechar que pocas semanas después ellos mismos tomarían la decisión de expulsarme.

La Iglesia está en crisis. No es una novedad afirmarlo. Me parece que es tarea de la Universidad ayudar a encontrar caminos de salida usando toda la creatividad y la imaginación para ello. Como Francisco de Asís que vio la Iglesia en ruinas y quiso reformarla desde los cimientos, así la Universidad está llamada a la osadía de pensar otra forma de ser Iglesia.

Esa otra forma es la del Reino anunciado por Jesús. La Iglesia debe erradicar de su funcionamiento las prácticas de abuso de poder que han hecho de ella una institución no confiable, contestada, rechazada. ¿Puede una Universidad con una tarea como aquella consentir que la Facultad que ella llama «su corazón» impulse a toda la comunidad sangre de censura, de exclusión y de incompetencia?

En esta Facultad se forma gran parte del clero y de los religiosos de Chile y Latinoamérica; es la principal institución que forma laicas y laicos teólogos en Chile. De ahí su relevancia en medio de la crisis actual de la Iglesia. La Facultad podría ser determinante en ayudar a encontrar una salida a la crisis o, por el contrario, profundizarla y agravarla. Lamentablemente, la dirección que ha ido tomando la Facultad en estos últimos años hacen pensar en lo segundo. El departamento de Biblia ha sido desmantelado en el actual decanato.

Actualmente, para dictar los 7 cursos mínimos de Biblia, la Facultad cuenta con un solo doctor \textit{ad portas} del retiro definitivo, lo que hace absurda la invocación de «necesidades de la empresa» para justificar mi despido. La formación bíblica es fundamental para la disciplina teológica que considera el «estudio de la Sagrada Escritura el alma de la teología». Sin embargo la Facultad ha demostrado con esto ir en la dirección contraria a lo que impulsa el Concilio Vaticano II.

Una Facultad que no se rige por estándares académicos como el resto de la Universidad, donde se critica a los docentes por su exigencia en el aprendizaje, donde la pluralidad interna se empobrece, donde se premia la enseñanza enciclopédica y manualística, donde la composición clerical del cuerpo docente va en aumento contradiciendo la tendencia de las mejores Facultades del mundo, donde la formación teológica ha dado paso a la instrucción superficial de candidatos al sacerdocio, donde a las mujeres estudiantes y académicas se les margina y donde el debate teológico pertinente se clausura con la expulsión y sanción de académicos; una facultad con estas características debería concitar la preocupación de toda la comunidad universitaria. La pluralidad de la cual la Facultad se enorgullecía, en estos últimos años se ha visto asediada por la persecución de teólogos que abordan ciertos temas de contingencia siendo reemplazados principalmente por sacerdotes vinculados y formados por Fernando Karadima.

El rumbo que la Facultad ha tomado en estos años no sorprende si uno recuerda que el decano actual defendió y respaldó públicamente el año 2011 a los seguidores y protectores de Karadima quienes a pesar del conflicto que ello supone y de la crisis que han producido en la Iglesia, hoy continúan siendo miembros de la Facultad y gobiernan con el Decano en los puestos de su confianza.

Esta situación de la Facultad se ha silenciado por miedo a represalias. No obstante, dada la magnitud de la crisis eclesial y la influencia que tiene este grupo sobre la formación del futuro clero, me parece necesario y justo que la comunidad la conozca y la enfrente tomando las acciones que se requieran para enmendarla.

La Facultad de teología necesita y merece ser rescatada para que pueda expresarse en ella la pluralidad y la creatividad que quiso consagrar para la Iglesia el Concilio Vaticano II, porque pese a todo resisten en el interior teólogas y teólogos de gran valor que podrían ser un aporte conduciendo la Facultad en la medida que se reconozca su valía académica, su esfuerzo creativo y crítico y pudieran encontrar un espacio donde la libertad venciera al miedo y al abuso.

Resonarían impetuosas hoy las palabras del Cardenal Raúl Silva Henríquez que una vez pronunció en la Facultad de Teología: «nos sentimos violentados por una fuerza que no es la del Espíritu de Cristo», era el juicio del Cardenal del pueblo a la situación que vivía la UC en manos de una autoridad que no respetaba ningún límite en su concepción de poder.

Encabezamiento de la denuncia de Van Treek