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"Un sopapo en toda regla a la Iglesia de Gipuzkoa"

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Otro portazo al Vaticano II

El. sociólogo Javier Elzo analiza el nombramiento de Munilla

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José Manuel Vidal, 22 de noviembre de 2009 a las 10:58

José Ignacio Munilla

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¿Han escrito alguna vez Setién o Uriarte que la unidad de Euskal Herria es «un bien moral y que mantener esa unidad corresponde a las exigencias del bien común» como sostuvo el ahora Cardenal Cañizares de la unidad de España?
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El 9 de noviembre Benedicto XVI publicó un Documento (la Constitución Apostólica Anglicanum coetibus) acerca de la institución de Ordinariatos Personales (algo así como obispos propios) para los anglicanos que entran en plena comunión con la Iglesia católica». Para que se entienda, se trata de anglicanos que quieren unirse a la Iglesia Católica y el Papa les ayuda formalizando como unos obispos especiales para ellos.

En la presentación del documento vaticano, bajo firma del cardenal Levada, sucesor de Ratzinger como Prefecto de la Congregación de la Fe, se podía leer que «la institución de Ordinariatos Personales permitirán a estos grupos entrar en plena comunión con la Iglesia Católica, conservando al mismo tiempo elementos del específico patrimonio espiritual y litúrgico anglicano».

Mas claro aún, en el siguiente párrafo dice el sucesor de Ratzinger en la Congregación de la Fe que «esta Constitución Apostólica abre un nuevo camino para la promoción de la unidad de los cristianos, reconociendo al mismo tiempo la legítima diversidad en la expresión de nuestra fe común». (Los subrayados son míos).

Inmediatamente pensé en Munilla como mi nuevo obispo, nombrado este sábado. La verdad es que me gustaría, no entrar sino continuar en mi caso, «en plena comunión con la Iglesia Católica» como los anglicanos ahora, eso sí, como ellos, conservando elementos de mi patrimonio espiritual forjados en la lectura y meditación de la doctrina del Concilio Vaticano II, un Concilio que intentó abrirse al mundo y no ponerse de espalda a él, demonizándolo. Aggiornamento (puesta al día) lo llamó Juan XXIII.

José Ignacio Munilla, monseñor Munilla, como nuevo Obispo de San Sebastián, canónicamente hablando, es el sucesor de los Apóstoles, nombrado por el Papa y los católicos guipuzcoanos así debemos admitirlo y acogerlo como nuestro obispo. Pero podía haber sido otro y no lo es, porque en la Iglesia, que es humana y divina, han podido más los nostálgicos preconciliares que los seguidores de Vaticano II.

Dicho en claro, este nombramiento es un sopapo en toda regla a la Iglesia de Gipuzkoa que desde los tiempos de Argaya (e incluso ya, desde el final de Bereciartua) intentó, con sus luces y sus sombras, aplicar el Vaticano II, como lo interpretó la inmensa mayoría de obispos asistentes al mismo y la historia reciente lo ha refrendado.

Sopapo, pues, a la Iglesia de Gipuzkoa y portazo al Vaticano II. Que el ahora obispo no comulgaba con esa concepción eclesial lo muestra, al decir de muchos sacerdotes, su escaso interés por las reuniones promovidas por sus predecesores en el episcopado de San Sebastián, cuando él era párroco en Zumárraga. O, darse una vuelta por sus textos en su web enticonfio.org. Por ejemplo el que titulaba, creo que en el verano de 2007, «Una lectura del postconcilio», comentando unas palabras de Benedicto XVI a unos sacerdotes.

Ya sé que cabe hacer una lectura política de este nombramiento. No se me olvida pero quizás en otra ocasión me ocupe de ello. No me parece lo esencial. Solo diré esto: ¿Han escrito alguna vez Setién o Uriarte que la unidad de Euskal Herria es «un bien moral y que mantener esa unidad corresponde a las exigencias del bien común» como sostuvo el ahora Cardenal Cañizares de la unidad de España?.

Quiero terminar solicitando, respetuosamente, al nuevo obispo, que nos reconozca la «legítima diversidad en la expresión de nuestra fe común», como lo ha hecho el cardenal Levada refiriéndose a los anglicanos, le pediría que no olvide la legitima autonomía de las realidades temporales como señala la doctrina conciliar en Gaudium et Spes y que no olvide a San Agustín, tan caro a Benedicto XVI, cuando dijo aquello de que «en lo esencial unidad, en lo dudoso, libertad y en todo caridad».

Apelando a esa libertad me permito añadir que tengo serias dudas de que este nombramiento y muchos, muchos nombramientos episcopales de estas últimas décadas, hayan sido beneficiosos para anunciar la fe en Jesucristo (el kerigma) en la sociedad de hoy. (Diario vasco)


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