José María Javierre
Llegué a su casa, en el Paseo de Colón, media hora después de que lo encontraran plácidamente muerto en su cama, en una Sevilla pre navideña, con la bruma levantándose del Guadalquivir y asomando el sol por el cielo. Yo andaba por Sevilla y en mi agenda tenía previsto visitarlo, aunque sabía que ya no podía hablar. Ayer mismo me lo dijeron. Me llenó de honda tristeza la carta que me enviaron hace unos días diciendo que no le enviáramos la revista, que ya no leía ni hablaba. Mi respuesta quiso ser una visita de despedida. Llegué a la casa emocionado.
Mientras caminaba desde el hotel a su encuentro me dicen que ha muerto. No me lo podía creer. Me lo confirma el redactor jefe, José Lorenzo. Tomo un café y me voy para la casa. Silencio, ajetreo de los pimeros momentos tras la muerte de un grande. Allí su familia sevillana acordaba detalles del entierro. Estaban las Hermanas de la Cruz amortajando su cuerpo.
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