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Abusos sexuales en la Iglesia

Doctor en Derecho Canónico, pide justicia ante el "grave contratestimonio" de la pederastia

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Gregorio Delgado: "El fundamentalismo católico seguirá aplicando el olvido sobre los abusos a menores"

"Lo de lavar los trapos sucios en casa estuvo vigente hasta que llegó Benedicto XVI"

Redacción, 27 de junio de 2014 a las 07:50
Las excusas y las justificaciones son plantas que florecen fácilmente en el mundo eclesiástico

(RD)- Doctor en Derecho Canónico por la Universidad de Navarra, Gregorio Delgado del Río ha sido profesor de Organización e Instituciones Eclesiásticas en la Universidad de Navarra, la de Valencia, la de Extremadura, la Autónoma de Madrid y la Universidad de las Islas Baleares. Acaba de publicar 'La investigación previa. La respuesta de la Iglesia al delito del abuso sexual' (Civitas-Thomson Reuters), en el que sostiene que la Iglesia "tiene que superar el modo como actualmente se procede" en este tema.

Sabemos que este nuevo trabajo es fruto de la realidad que ha descubierto en su condición de Abogado defensor de algún sacerdote acusado de abusos sexual contra menores. ¿Qué puede decir que no se haya dicho ya?

Efectivamente, nada nuevo se puede decir en cuanto al fondo de semejante contratestimonio ni tampoco sobre los graves defectos de la Iglesia, a todos los niveles, en su respuesta. Estamos ante una evidencia. Sólo se podría añadir que existe otra realidad oculta en los procedimientos que sigue habitualmente la Iglesia, que también debe corregir con urgencia para no añadir más leña al fuego. A ello hemos dedicado las páginas de este nueva monografía.


A tenor de su respuesta y conociendo su habitual actitud intelectual, imaginamos una aportación muy crítica. ¿Cómo será recibida en las esferas eclesiásticas?

En efecto, es muy crítica. Pero me limito a cumplir el deber al que se refiere el c. 212.3 del vigente Código de Derecho canónico, esto es, manifestar, a partir del propio conocimiento, competencia y prestigio, a los Pastores aquello que pertenece al bien de la Iglesia. En realidad, me limito a decir en alto aquello que se detecta en la legislación y en la práctica eclesiástica. Podría callar, mirar para otro lado, excusar y hasta justificar. Es, por desgracia, una planta que florece fácilmente en el mundo eclesiástico. Pero no es ése mi estilo, entre otras razones porque sería traicionar la verdad.

Por curiosidad, ¿teme ser objeto de alguna posible represalia?

Paso totalmente de estas cosas. A estas alturas de mi vida, me traen sin cuidado ciertas cosas. Los inteligentes reflexionarán sobre mis valoraciones y serán consecuentes. El resto -sobre todo el amplio mundo del fundamentalismo católico- se comportará como lo ha hecho a través de los siglos: me tildará de traidor y me aplicará la ‘damnatio memoriae', esto es, el borrado del recuerdo, el silencio, el olvido.

¿Cuál ha de ser, en su opinión, el eje en torno al cual ha de girar en el futuro la respuesta coherente de la Iglesia ante tan graves hechos, que minan totalmente su credibilidad?

Ya se ha evidenciado con Benedicto XVI y Francisco que la respuesta de la Iglesia -aunque muy dolorosa- es ahora muy distinta a la que se dio tradicionalmente y en el pontificado de Juan Pablo II. Lo de lavar los trapos sucios en casa -vigente en muchos casos hasta que llegó Benedicto XVI- ha pasado felizmente a mejor vida. Se ha de partir de la verdad de lo realmente ocurrido, esto es, ser absolutamente trasparentes. Se ha de reconocer, entre otras cosas, el daño causado, avergonzarse por ello y pedir perdón, asistir e indemnizar a las víctimas, tomar las medidas necesarias para proteger a los niños y jóvenes en el futuro así como para asegurarse de la idoneidad para el sacerdocio y/o la vida religiosa de los posibles candidatos, etcétera. Sinceramente, el Papa Francisco está decididamente orientando la respuesta de la Iglesia en esta dirección.

Parece deducirse de sus palabras que en el Pontificado de Juan Pablo II no se dio la respuesta apropiada al problema. ¿Es esto cierto?

Nadie que se haya asomado a este escándalo puede atesorar duda alguna sobre lo que me pregunta. Fue, durante su Pontificado, cuando estalló ‘la tormenta mediática', cuando se les fue de las manos, cuando se evidenció que, en muchos casos, la Jerarquía católica -como subrayó Benedicto XVI- había fallado gravemente en la aplicación de las normas canónicas pues había callado, mirado para otro lado, ocultado, no comunicado a las Autoridades civiles, etc. Es impensable que esto que estaba ocurriendo fuese totalmente desconocido en Roma. Probablemente -tampoco sería de extrañar- se le ocultó al Papa en su verdadera dimensión. No lo sé. Pero, a este nivel, también se falló gravemente.

Si nos atenemos a lo que se cuenta, es posible que un sacerdote se vea sometido a una investigación en la que se ponen en jaque tantas cosas trascendentes para él y, sin embargo, no estar asistido de abogado. ¿Es esto así o son habladurías de la gente?

Por increíble que parezca, en el ámbito de la Iglesia es posible una situación de esa naturaleza. En la práctica, la Iglesia -no obstante lo que afirma en su magisterio doctrinal- no es muy sensible, en estos y en otros casos, con el respeto del derecho a la propia defensa. A veces, da la impresión de que todo son trabas y piedras en el camino. Ni siquiera el nombramiento del abogado defensor, de la plena confianza del sacerdote acusado, se deja totalmente en sus manos. Ha de reunir requisitos muy restrictivos y, según algún que otro Obispo diocesano, obtener el ‘placet' de la Santa Sede. A la postre, una pérdida lamentable de tiempo y hacer las cosas sin respeto a los derechos del sacerdote acusado.

En cualquier caso, estas cuestiones parecen muy complejas, llenas de matices, que reclaman sensibilidades muy específicas en su tratamiento. ¿Puede ocurrir que algún sacerdote haya sido acusado con falsedad? ¿Cómo, en tal caso, se articula la respuesta de la Iglesia?

No es lo más frecuente encontrarse con un sacerdote acusado con falsedad. Pero, se han dado casos. En ellos, el sacerdote, víctima de una acusación tan grave, no siempre sale satisfecho de la respuesta de la Iglesia. No siempre el Obispo se comporta con la generosidad exigible. Al contrario, a veces se muestra cicatero en su decisión final de archivo de la causa con el sacerdote falsamente acusado. No suele detenerse en glosar semejante jugada contra un sacerdote y contra la propia Iglesia a pesar de ser, a mi entender, una cuestión de estricta justicia.

 



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