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Silvia Martínez Cano, presidenta de la Asociación de Teólogas Españolas

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Silvia Martínez Cano, presidenta de la Asociación de Teólogas Españolas

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"Sueño con una Iglesia en la que mujeres y hombres podamos participar desde la vocación que tengamos"

"La Iglesia española necesita una reconversión, hacia una flexibilidad mayor"

Jesús Bastante, 30 de mayo de 2017 a las 15:24
Lo que nos interesa no es solo la reivindicación de las mujeres de poder participar en el ministerio, sino hacer una reflexión sobre cómo hombres y mujeres nos situamos como creyentes en esa comunidad y en esos servicios
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Mujeres teólogas y el futuro de la Iglesia

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I Congreso de Teólogas

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(Jesús Bastante).- Este fin de semana, la Asociación de Teólogas Españolas celebra las jornadas "Mujeres y diaconado. Sobre los ministerios en la Iglesia". La presidenta de la Asociación, Silvia Martínez Cano, compartió con RD su convicción de que la Iglesia "necesita una reconversión, hacia una flexibilidad mayor", y no solo en cuanto a la visibilidad de las mujeres. "Desde esa perspectiva de entender que la unidad no significa uniformidad", matiza, "sino la unidad de la diversidad".

 

Nos encontramos con Silvia Martínez Cano. Es la presidenta de la Asociación de Teólogas Españolas (ATE).  Bienvenida. Teólogas, con "a".

Sí, con "a".

Vamos a eliminar esos prejuicios antes de comenzar la entrevista, ¿te parece? Teólogas suena un poco raro porque nos parece que teólogo tiene que ser un varón. Muchas cosas en la Iglesia parece que son solo propiedad de los hombres. ¿Por qué surge esta asociación de teólogas y cuándo?

Llevamos mucho tiempo caminando. A raíz del Concilio Vaticano II, en España empiezan a haber grupos de mujeres creyentes que quieren poner en práctica lo que se invita en el concilio. Surgen estos grupos, que son madres de familia que hablan de temas teológicos.

En el año 92, en un grupo de mujeres que están en distintos lugares del estado, surge la necesidad de hablar desde un punto de vista teológico. De modo que la presencia en la reflexión teológica también esté visibilizada: las mujeres, su pensamiento y su forma de vivir la fe.

Se constituye entonces una asociación civil, que sería la Asociación de Teólogas Españolas, a las que hoy estoy aquí representando. Es una asociación (que como he dicho cumplió este año cinco de trayectoria), donde hay doctoras en teología, licenciadas, y donde nuestro objetivo es visibilizar el trabajo que hacemos: la forma de entender la fe, de entender la práctica creyente y comunitaria y animar a otras a que lo vayan haciendo.



A veces es mayor la presencia de mujeres en la Escuela de teología y en ese tipo de estudios.

Bueno, empieza a crecer.

Antes era como el coto reservado para aquellos que luego quieren llevar una vida religiosa.

Empieza a haber laicas, yo lo soy. Y muchas religiosas, que sus congregaciones han tomado la decisión de que se tienen que formar como un elemento fundamental también del carisma. Con lo que comienza a haber una presencia pequeña pero constante, en las distintas instituciones, facultades de teología, institutos, etc.

Y no solo estamos hablando de teología de la mujer, sino de mujeres que hacen teología. De teólogas. No acortemos el debate a que las mujeres teólogas solo pueden hablar del papel de la mujer en la Iglesia.

No, normalmente somos especialistas en muy diversos campos; en Biblia, en Fundamental, algunas en Mística... Abarcamos la gran mayoría de las especialidades que hay de la teología y hablamos de otras cosas que no tienen nada que ver con las mujeres; también hablamos de Iglesia, de Dios, y de otras muchas cosas.

Y, sin embargo, aunque parezca una incongruencia mi siguiente pregunta, desde la institución sí que parece que estáis un poquito constreñidas o que el papel de la mujer, a la hora de tomar decisiones o de opinar sobre cuestiones teológicas, es muy minoritario.

Normalmente no nos tienen en cuenta. No es una asociación que esté vinculada a ninguna diócesis ni nada porque no cuentan con nosotras en muchas ocasiones y tenemos una presencia muy pequeña. Sabes que la forma de organización de la Iglesia no permite en estos momentos que nosotras participemos en lugares de
responsabilidades.

Otro tipo de responsabilidades sí tenemos. Y muchas. Pero no son lugares en los que se tenga en cuenta el trabajo que hacemos.

¿Cuál es el camino ideal que habría que recorrer para asumir la realidad, que es que en la Iglesia hombres y mujeres somos igualmente seguidores de Jesús y copartícipes y corresponsables de la religión del Reino?


A veces se dice, en estos últimos años de cambio de pontificado, de que hay que hablar de la participación de las mujeres en la Iglesia. Y ya no hay que hablar de ella porque ya se participa. La cuestión es el modo y el dónde. Desde ahí, hacer un diálogo de cómo son nuestras relaciones eclesiales, cómo son nuestros modelos comunitarios, y cómo se reparten las tareas. Y cómo ejercitamos el poder, entendido como servicio, en nuestras comunidades.

Si quieres, también como un ministerio ordenado. Cómo entender eso para una comunidad que necesita de todos sus miembros para crecer, para florecer, para vivir una espiritualidad que esté viva, etc.

Porque la respuesta bienintencionada de la institución, por lo menos en España, era que la mayoría de las personas que participa en la vida de la Iglesia son mujeres y como ejemplo el de la Virgen María, de co-redentora y muy importante en la historia de la vida de la Iglesia, pero ahí nos quedamos.

El papel de la Virgen es fundamental, pero no es el de un discípulo, ni el de un pastor; de una persona que puede, como seguidor de Jesús, tener idénticas responsabilidades o las funciones que toquen en cada momento.

Pero fíjate que no nos comparan con Febe o con Prisca; mujeres que estuvieron los primeros tiempos de las que tenemos documentación y que están estudiadas porque aparecen en los Hechos de los apóstoles.

Hubo mujeres que fueron líderes de sus comunidades y no nos comparan con ellas ni con María, sino que nos comparan con "el rol de María" de maternidad. Esta es una concepción que hay que ir trabajando y transformando, porque María no es solo madre, también es la primera discípula, y personalmente hace una conversión de madre a discípula que es lo que nos sirve como modelo.

Hay una teóloga norteamericana, Elisabeth Schüssler Fiorenza, que dice que esta cuestión del discipulado tiene que ser un discipulado de iguales porque en el contexto de Jesús, Jesús pide y desea un discipulado igual y hay mujeres y hombres en su grupo liderante. Esto existe, está en los Evangelios. No tenemos todos sus nombres, porque tampoco le importaba mucho este detalle al escritor de los Evangelios.

Y probablemente para que el Evangelio pasara por unos determinados filtros, tenían que tener en cuenta las circunstancias de la época: si la igualdad hoy, por desgracia no es una realidad, en la Palestina del siglo I, probablemente tampoco. Para ese contexto, Jesús fue revolucionario también.

Desde el seguimiento de Jesús, al menos desde el Vaticano II, se nos pide una revisión de nuestro tiempo: ver los signos.

Y los signos son esta contraculturalidad que tiene la comunidad cristiana en la que todos somos iguales, hijos e hijas de Dios. Y esto nos lleva a una forma de vivir diferente.

Lo lógico es, por tanto, que fuéramos signo. Ser signo significa que todos participemos de igual manera.

Y dar pasos adelante que no se han dado. ¿Lo ves posible?

Yo creo que sí es posible. De hecho, no esperábamos que hubiera estos cambios tan rápidos en la actualidad. Pienso que hay una voluntad de cambio en la que muchas de nosotras estamos dispuestas a participar y a dialogar, pero el camino no es fácil porque tenemos una herencia que nos habla de otras cosas que, a lo mejor, ahora no necesitamos.



El fin de semana del 3 y 4 de junio celebráis unas jornadas académicas de la Asociación de Teólogas sobre un tema muy de actualidad en nuestro ámbito: "Mujeres y diaconado. Sobre los ministerios en la Iglesia".

Como sabes, el Papa ha articulado una comisión para debatir y profundizar un poco sobre el papel de las mujeres diaconisas en los primeros siglos de la Iglesia primitiva. No sé si ése es el primer paso para otra cosa. ¿Cómo lo habéis percibido?


Para nosotras es una buena noticia. El hecho de que esté presente y que se haya formado una comisión, nos parce un paso adelante. Pero creemos que para dar ese paso tienen que ser escuchadas muchas voces. La jornadas de junio tienen que ver con esto. Con el objetivo de que se visibilice también la reflexión que hay en otros lugares sobre el diaconado y sobre los ministerios.

Nosotras estamos colaborando con la Asociación de Teólogas Italiana. Ellas tienen un objetivo muy claro de influir y presentar su opinión sobre este tema. En estas jornadas vamos a hacer una colaboración entre las dos asociaciones y con expertos: hemos invitado a expertos en eclesiología, en ministerios, historia de la Iglesia, viene una canonista...

Hemos intentado contar con distintas perspectivas, de tal manera que podamos hacer una reflexión profunda sobre la importancia de este tema en nuestro mundo eclesial. Entender qué tipo de Iglesia queremos ser y qué supone eso para los servicios dentro de la Iglesia, que son los ministerios y los carismas. Y en esos ministerios, cuál es la forma de entendernos hombres y mujeres. Por lo tanto, el tema del diaconado de mujeres es fundamental, también.

Fundamental, pero dentro de un debate en el que se hable de cuál es el papel real del servicio en la Iglesia y el servicio ministerial.

Claro. Lo que nos interesa no es solo la reivindicación de las mujeres de poder participar en ese ministerio, sino hacer una reflexión sobre cómo hombres y mujeres nos situamos como creyentes en esa comunidad y en esos servicios.



¿Cuál es tu visión de estos dos temas? En concreto, el del diaconado de la mujer y el de esa revisión de los ministerios.


Yo creo que el diaconado de mujeres es ya un hecho aunque no está reconocido jurídicamente.

El otro día, una alumna me decía: "No voy a poder estar en la jornadas, pero llevo quince años haciendo de diaconisa en seis parroquias de seis pueblos diferentes porque el sacerdote no llega".

Creo que es un testimonio, como hay muchos otros, que nos indica que esto ya está sucediendo. Y que aquí hay un problema de reconocimiento.

Es mi opinión, creo que hay que dar un paso de reconocimiento de trabajos que ya hay personas que los están haciendo porque creen que es su vocación y un servicio a la comunidad. Me parece fundamental.

Por ejemplo, todo el tema de la liturgia de la palabra: hay muchos lugares donde lo están haciendo las mujeres. Esto es un reconocimiento que a nivel canónico se entiende como una excepcionalidad pero que en la práctica se ha convertido en normalidad. Entonces, ¿por qué no reconocer esa normalidad?

En cuanto al tema de la eclesialidad por el que me preguntabas, creo que hay que mirarse en el Evangelio. Los estudios de los orígenes del Cristianismo nos dicen que las primeras generaciones, con sus conflictos y con sus dificultades, sí que tendieron a esa igualdad en los servicios y en las funciones. Quizá eso nos ayude para revisar también nuestra época; ver qué barreras tenemos, qué dificultades a la hora de reconocer que las mujeres participan de igual manera y que eso tiene que estar reconocido. Y desde ahí construir una comunidad nueva.

La tesis base para impedir el sacerdocio o cualquier otra función de la mujer en la Iglesia es la de que Jesús solo eligió a doce varones.


El signo de los doce es un símbolo que utiliza Jesús para hacer referencia a las doce tribus y a la nueva humanidad. Si Jesús hubiera escogido a doce mujeres, con doce nombres de mujer, probablemente las que tenía alrededor, en su contexto, nunca entenderían lo que quería decir.

Los signos tienen esa potencia de referirse a otra cosa con el mismo lenguaje. Pero eso no suprime el hecho de que en la comunidad itinerante de Jesús hubo mujeres. En efecto, tenemos algunos de sus nombres.

Son conocidas. Esto lo decía yo en catequesis con los chavales: eran bastante más conocidas que al menos la mitad de los discípulos. Hay poca gente que sepa el nombre real de los doce apóstoles.


Claro, y si nos fijamos, tampoco tenemos la misma lista en los distintos evangelistas. No se trata tanto conocer los nombres, sino de saber que fue una comunidad de iguales. Y el signo de los doce es una cosa, y otra es la comunidad que gesta Jesús a su alrededor.

Mirarnos ahí supone mirar nuestra época y decir "nosotros, como lo que nos pide Jesús: una comunidad de iguales".



La Iglesia ¿está preparada para ser una comunidad de iguales, realmente? La institución, ese entramado que lleva veintiún siglos funcionando de muy distintas maneras y que no tiene comparación con otra, porque no hay ninguna que haya durado tanto ni que haya ofrecido, tanto para bien o para mal, a la historia de la humanidad.

Puede sorprendernos, pero también es muy complicado cambiar las dinámicas, los cargos, las institucionalidades...


Creo que actualmente tiene una base que puede permitir ese cambio: tenemos unos documentos riquísimos, no solo del Vaticano II sino desarrollos posteriores que nos hablan de esto. También tenemos otros que limitan, pero aquí lo importante es el cambio de actitud, sobre todo en las instancias en las que se deciden las cosas.

En la mayoría de las comunidades la gente ve este tipo de prácticas con mucha normalidad. No es tan resistente al cambio.

Hay una cantidad de requerimientos, digamos jurídicos, que se podrían flexibilizar con mucha facilidad y ahí tiene que haber voluntad del que ahora mismo tiene que tomar esas decisiones.

Lo que se pide a estas personas, y que normalmente son parte de la curia y otras instancias, ya sean episcopales, etc., es que tenga en cuenta también la opinión de las comunidades y que cuenten con personas que están dispuestas a dar su visión y a soñar una Iglesia diferente.

El encuentro del día 3 lo abre Carlos Osoro, el cardenal de Madrid. Todos conocemos a don Carlos, un hombre abierto que sabe escuchar y al que le gusta que la gente participe y, sin embargo, ni siquiera sabía de vuestra existencia, la primera vez.

Eso es bueno y es malo: malo, que no supiera de vuestra existencia. Bueno, esa sensación de que estamos en un momento en el que se puede entrar a opinar con más libertad, probablemente.


Nosotras nos hemos acogido a esa máxima que está utilizando don Carlos, últimamente, de que todo el mundo cuenta. Que esté presente ahí no es tanto una iniciativa nuestra, sino que él se ha ofrecido y lo entendemos como un signo también de disponibilidad o de diálogo.

Nosotras tenemos un discurso que tiene que ver con esta presencia de las mujeres como un miembro más de la Iglesia, entendemos que si los obispos están dispuestos a escucharnos, estamos encantadas de hacerlo.

Esto, hace cuatro o cinco años no era muy factible...


No era fácil. No todos están dispuestos.

¿Cómo ves a la Iglesia española en ese sentido? A la Iglesia-institución? Porque estamos viendo que en Roma está habiendo cambios. Que la cabeza es muy visible. Con un personaje muy abierto, con mucha capacidad de escuchar y repartir juego. Pero claro, luego eso hay que bajarlo a cada Iglesia nacional, a cada diócesis... y ahí, ya es más complicado el trabajo.


Pienso que la Iglesia española necesita una reconversión, hacia una flexibilidad mayor. Desde esa perspectiva de entender que no somos uniformes, que la unidad no significa uniformidad sino la unidad de la diversidad. Y creo que es necesaria una reconversión hacia esa uniformidad de posturas y de prácticas. De un trabajo de entendimiento entre distintas partes de la Iglesia. Ahí, hay un trabajo muy importante que es intraeclesial.

Y luego, el contexto de España es muy complicado porque venimos de una herencia y una historia, y en algunos momentos se está usando esa historia para ideologizar determinadas posturas en contra de la Iglesia también, con lo cual no es nada fácil. La mirada de sospecha, en concreto hacia nosotras, es siempre uno de los grandes obstáculos para el diálogo.



¿Cuál es la Iglesia que sueña Silvia Martínez Cano?

Una Iglesia desde la que pudiéramos participar cada uno desde la vocación que tenemos. Yo tengo compañeras que tienen vocación de sacerdotes y que nunca han podido ejercerla. Para mí, eso es una pobreza. Me gustaría una Iglesia donde estas mujeres, o estos hombres que están casados, pudieran ejercer ese ministerio. Pudieran servir a su comunidad.

Una Iglesia donde las parroquias tuvieran vida porque se genera una familia y no porque es una simple expendedora de sacramentos, que es otro de los problemas, donde no vamos a entrar porque sería larguísimo.

El otro día estuvimos entrevistando al presidente de Acción Católica, que tiene un proyecto muy interesante precisamente de eso, de revitalizar las parroquias sin etiqueta de: "yo pertenezco a esto" o "yo solo vengo a recibir los sacramentos y luego no existo en la parroquia". Como fue en nuestra época, un elemento más en la construcción del barrio y de la sociedad.

Ahí hay una reconversión de las parroquias, muy importante, que tiene que ver con la parroquia como un centro de referencia de familia. Y de cultura también, de cómo en nuestra cultura y en nuestra sociedad, que están mutando y cambiando sus códigos, también la parroquia participe de eso y tenga la capacidad de humanizar a las familias y a las personas que quieren tener un vínculo. Una raíz a través de la fe.

Y una vez conseguido eso, aunque fuera pequeñito, creo que nuestra Iglesia cambiaría mucho.

Porque el tema de los valores todavía no es una batalla que hayamos perdido: se esté más o menos de acuerdo con la Iglesia, con lo que significa la institución o las cuotas de poder etc., sobre todo en este país, el mensaje de Jesús indica que lo que debería movernos en el Evangelio sigue siendo muy actual entre grupos que supuestamente no tendrían nada que ver con la Iglesia.

El tema del valor no está perdido y sin embargo, la Iglesia parece representar, en muchas ocasiones por culpa nuestra, una institución seria, rocosa y preocupada más en establecer límites que en cruzar fronteras.


Pero yo creo que ahí hay, por un lado, una mala visibilización también de los medios de la Iglesia. Porque solo sale la Iglesia institucional, y existe una gran masa de creyentes que no sale nunca y que está implicada en la política, en el ámbito de los media y en ámbitos de la empresa, entre otros.

Y por otro, hay un miedo de la institución de perder el control. Y este miedo de dejarse interpelar también por sus hermanos y hermanas genera una resistencia muy fuerte hacia todo lo que viene de fuera.

Aquí hay, quizá, otro tema a trabajar como Iglesia española que sería interesante.

¿Cómo ves la Iglesia en quince años?

Pues no lo sé, porque tal como vamos estos dos últimos años no sé qué decirte.



Hace cinco años no podíamos, ni siquiera, plantearnos estas preguntas. Hay muchos que acusan a este Papa de decir muchas cosas y de no hacer nada. De hacer mucho juego floral. Pero lo cierto es que, yo lo estoy viendo así y mucha otra gente de Iglesia, se percibe esa sensación de poder hablar, discutir y poder participar.

Luego, la realidad en las instituciones es distinta, pero en la vida diaria, incluso con amigos que no tienen nada que ver con lo tuyo, te puedes permitir el lujo de hablar de tu fe, de cómo crees tú que debería ser como cristiano y como ciudadano también, pero con esos valores del Evangelio que tal vez habíamos perdido porque estábamos demasiado escondidos detrás de una Iglesia cerrada sobre sí misma. Eso sí que parece que ha llegado, no sé si para quedarse.


Yo creo que el Papa está haciendo cambios, lo que pasa es también nosotros somos impacientes y nos parece que va lento. Quisiéramos que ya estuviera todo solucionado, pero esa es la impaciencia del creyente que quiere transformar la realidad para que, en este momento, el Reino ya esté aquí.

La realidad no es esa. La realidad es que hay un camino largo y una herencia de veinte siglos que también tenemos que aceptar y transformar; hay una riqueza también en esa tradición que nos apunta hacia determinadas cosas y eso, hay que escrutarlo. Saber realmente qué signos de nuestra tradición nos están indicando qué necesitamos transformar.

Pienso que los cambios que se están haciendo son pocos y van lentos, pero nos hablan de una disponibilidad de la Iglesia diferente.

Y que hay un camino, que es muy importante: que exista y que se pueda recorrer.

Hay una cosa que me gusta especialmente de Francisco, muy interesante: entiende que las personas desde su contexto concreto pueden aportar algo. Que de alguna manera, él invita a la creatividad.

Este es un momento para mí, propositivo, en el que la gente se pueda sentir segura de que puede proponer. Que no tenga miedo de proponer y de que arriesgue.

Es el momento del talento. De descubrir y desarrollar el talento.

Porque es el momento de proponer y no quejarse tanto; ya lo hemos hecho durante mucho tiempo. Eso está bien porque es un signo profético de denuncia, pero la profecía también tiene una parte de anuncio, o al menos es mi opinión. Estamos en esa segunda parte de anuncio y eso no se puede hacer de forma individual, tiene que ser de forma colectiva.



Me parece muy interesante lo que dijo el Papa en la JMJ de Brasil con los jóvenes argentinos, aquello de: "Las bienaventuranzas y Mateo 25".

En Mateo 25, además del Juicio final, parece que está escondida también la "Parábola de los talentos", que es muy interesante para el momento actual. Un momento de descubrir nuestras potencialidades y de atrevernos a ponerlas en acción sin que nadie nos lo mande. Cada uno, desde su ámbito, trabajar para construir ese Reino.

Los días 3 y 4 de junio en la Sede del Instituto Superior de Pastoral de la UPSA: Paseo de Juan XXIII, número 3.

"Mujeres y diaconado. Sobre los ministerios en la Iglesia". Jornadas Académicas de la Asociación de Teólogas Españolas (ATE).

Todavía hay plazas. Existe una página donde se puede hacer la inscripción.


Sí, e invitamos a todos aquellos que seáis expertos, a los que tengáis interés en el tema y que sepáis y queráis dar vuestro testimonio, que os acerquéis. Van a ser unas jornadas, más bien un seminario, donde hay unos ponentes que van a hacer el marco pero luego va a haber tiempos largos de diálogo para que la gente no sea simplemente público, sino que participe.

La base de las jornadas, aparte de las ponencias, están trufadas de diálogos que no son los típicos de "tenemos 20 min. para las preguntas"... Después de la primera ponencia, que dura 45 minutos, el primer diálogo dura otros 45 minutos. Y así.

Esa es la idea, y la de generar un material riguroso, que sea coherente y que luego se pueda publicar.

Silvia, muchísima suerte. Esperemos que sea un éxito y que podamos contarlo después.

Por supuesto os invitamos a que estéis por allí.

Estaremos allí y lo contaremos.

Muchas gracias.

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