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España
El ermitaño Benet entre feligreses de Valldemossa
Los forenses dictaminaron poco después que el ermitaño Benet había muerto de hipotermia, es decir de frío, no de ninguna herida de consideración. Faltaba todavía otro dato importante y estremecedor

(Nicolás Pons, sj.) Desde que se abrió al turismo, allá por los años 1960-1970, Mallorca no ha dejado de ser una riada, cada vez más impetuosa, de gente que fluye al Mediterráneo desde de los ricos, pero fríos, países del centro y norte de Europa.

Es más. Desde hace unos años también afluyen a las Baleares rostros del lejano oriente como podrían ser del Japón, China, Cora del Sur, Tailandia y otros países. Tanto es así, que ya se ha empezado a oír últimamente que estas islas ya no pueden albergar más gente y que ya no hay más espacios para construir más hoteles, so pena de que Mallorca y demás islas dejen de ser un paraíso para convertirse en un amasijo de piedra y sus playas un enjambre de carne humana. Las estadísticas de estos dos últimos años cantan y desencantan a cualquiera.

En medio de ese tumulto de rascacielos turísticos, y de ir y venir de gente extraña, surgen en muchas cumbres de montes solitarios o de plena Tramontana edificios austeros y cargados de años donde pasaron sus largos años de vida y de vivencias cristianas hombres curtidos por los años y por su modo de vivir en pobreza y en el corazón, puesto más que en la belleza que les rodea, en alturas más sublimes y prometedoras.

Se trata de casas, que no han perdido todavía su perfil eremita o de monasterio y nos retrotraen a siglos pasados donde eremitas austeros y silenciosos, elevaban su mente a Dios de quien venía a ellos todo bien, toda dulzura.

He aquí los nombres de esos cenobios: la Trinidad de Valldemossa (1646 hasta el presente), San Onofre de son Zaforteza de Puigpunyent (1673 a 1776 y 1813 a 1820), son Seguí de Santa María del Camí (1676 a 1772 y 1800 a 1820), San Honorato de Randa (1763 a 1915), San Onofre de Deiá (1673 a 1793), Ternelles de Pollença (1676 a 1778), Puig de Santa Magdalena de Inca ( (1676 a 1778), Santa Lucía de Mancor del Valle (1748 a 1773), Betlem de Artá (1805 a 2014), San Salvador de Felanitx (1824 a 1851 y 1891 a 1992), Bonany de Petra (1896 a 1990), Puig de Pollença (1917 a 1968), Puig de Santa Magdalena de Inca (1931 a 1985), el Toro de Menorca (1941 a 1969).

Ante el número elevado de ermitas construidas sobre todo en Mallorca podemos deducir en cierto modo el elevado número de ermitaños que poblaron nuestras ermitas, empezando por la primera fundación que se llevó a cabo en Valldemossa donde en 1398 se había comenzado a construir su famosa Cartuja, que todavía ahora es visitada por los turistas y que fue habitada por sus monjes hasta el año 1835, año de la Desamortización de Mendizábal. En ese año, esta cartuja pasó a manos de particulares y en ella y en ese tiempo, se hospedaron personajes famosos como Gaspar de Jovellanos, la escritora francesa George Sand y el músico polaco Fredic Chopin (estos dos últimos, desde finales de 1838 a febrero de 1839).

A todo eso hay que advertir, sin embargo, que fue figura eremítica central en Mallorca el eximio Ramón Llull (1235-1313) que llegó a Randa en 1273 y un poco más tarde pasó a Miramar. Un siglo después se fueron formando en torno a las montañas mallorquinas humildes ermitas donde en modestos grupos o en solitario se buscaba el encuentro con Dios, lejos del mundanal ruido.

Después de Ramon Llull cobra fama el ermitaño Antonio Castañeda (Valladolid, 1507-1583) quien en Roma había tratado a Ignacio de Loyola y al que sería compañero de Ignacio, el mallorquín Jerónimo Nadal, a quien Castañeda por poco consigue para la vida eremítica. Éste también trató y dirigió a Catalina Tomás, canonizada en 1930 por el Papa Pío XI.

Pero fue en 1640 que el eremitismo mallorquín afloró con toda su intensidad y esplendor. Fue con ocasión de que un fervoroso joven llamado Juan Mir subió al Castillo de Alaró y allí se encontró con un solitario ermitaño entregado a sus oraciones y plegarias, totalmente dado a Dios. Se llamaba éste Julián Lladó y entre los dos hubo una intervención y conmoción espiritual que quedaron unidos fraternalmente en su idea de ir en busca de Dios y de encontrarlo en su retiro.

Hizo la fatalidad que Julián murió y el pobre Juan quedó inmerso en una soledad que no le gustaba y en un deseo fuerte de poder encontrar un compañero que le ayudase a vivir y encontrar a Dios. Fue en 1646 que la Providencia le abrió a Juan el terreno de lo que sería la ermita de la Ssma. Trinidad de Valldemossa, con la idea de reunir un grupo de ermitaños bajo la advocación de San Pablo y San Antonio. El sitio era maravilloso: en un rellano del bosque de Tramontana, abocado a la visión de la llanura del inmenso azul mediterráneo.

Aquí, de momento solo, inicia Juan Mir su ideario ascético y místico y pronto consigue aspirantes a esa vida retirada y de contemplación. Poco a poco se abren en la isla nuevas ermitas. Las vocaciones llegan. Y en el devenir de los años surgen ermitaños ejemplares a quienes la Iglesia admira como verdaderos hombres de Dios y santos como el mismo fundador Juan Mir, a quien da el título de Venerable. A un tal ermitaño Macario (+1881) se le atribuyen hechos extraordinarios, como cuando en una ocasión detuvo una gran roca que iba a caer sobre un grupo de ermitaños que en aquel momento pasaban por debajo de ella, deteniéndola con su robusta mano.

Todavía más: parece que la mano del ermitaño Macario quedó impresa en la misma piedra. Digno de destacar es también el ermitaño Sebastián de San Pablo, quien en 1820 enterado de que en el levante mallorquín se había declarado la peste bubónica se fue muy decidido donde estaban los infectados y socorriéndolos, quedó él mismo infectado por la enfermedad, acudiendo enseguida a la ermita y pidiendo a sus compañeros ermitaños que no se le acercaran, debido a que estaba apestado y que bastaba que le dejaran algo de comida, muriendo él después a los dos o tres días. El Ayuntamiento de Artà dedicó a su nombre una calle de la Colonia de San Pedro.

Pero, lo más importante que encontramos en la historia de esos ermitaños mallorquines es su vida de penitencia, de oración, de trabajo en su huerta o en tareas del campo, y no menos también en su contacto con la gente que les visita o que conocen en sus idas por los pueblos colindantes, incluyendo Palma. Solo su presencia en medio del bullicio de la calle, su hábito marrón ya es una ventana para todos que queda abierta a lo infinito, a lo santo, a lo divino. En una palabra, los ermitaños en Baleares han sido desde hace siglos una indiscutible voz que llama e indica los falsos derroteros a que nos llama el mundo actual con sus tantos disfraces y vanas voces.

Pese a todo lo dicho, este escrito se encamina a un hecho doloroso para mí, y no menos lo será para el lector: el pasado 21 de diciembre de 2017 uno de los cinco ermitaños que poblaban la ahora única ermita de Mallorca como es la de Valldemossa salió, después de comer, a buscar musgo y plantas para adornar el belén de su ermita.

Pero, al atardecer, a la hora de la santa Misa, no había vuelto de su recorrido por el monte. El tal ermitaño -llamado Benet- era siempre el más puntual en los actos litúrgicos. En el corazón de sus cuatro compañeros empezaron a sonar todas las alarmas. ¿Le habría pasado algo extraño a su compañero, que contaba además con 74 años de edad? Él, sin embargo, conocía bien ese terreno, aunque montañoso y exuberante. Pasaron horas y se produjo, como es de suponer, el horror y el espanto.

Se recurrió a los más próximos, como era la policía del Ayuntamiento de Valldemosa quien aquella noche hizo lo poco que pudo y nada más. Se pidieron más refuerzos y vinieron efectivos de la Dirección General de Emergencias, Agentes de la Guardia Civil y voluntarios. No se encontraba rastro del desaparecido. La radio, la TV, la prensa escrita mallorquina se empezó a movilizar mientras trascurrían las horas y los días. Parecía que toda Mallorca estaba en vilo, pendiente de esa búsqueda y de ese hombre de Dios.

Al final, y al cabo de ocho días de infructuosa búsqueda, se encontró entre matorrales el cadáver del ermitaño buscado. Los forenses dictaminaron poco después que el ermitaño Benet había muerto de hipotermia, es decir de frío, no de ninguna herida de consideración. Faltaba todavía otro dato importante y estremecedor.

El pobre ermitaño había fallecido no en el acto, sino que, así sin poder hacer movimiento alguno, estuvo tres días y tres noches en semana de frío y viento y sólo envuelto con la ropa que llevaba puesta cuando salió de la ermita. Mucho debió sufrir ese pobre hombre. Sin duda se le escaparía el "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" de la cruz de Cristo. Se especula que el santo ermitaño murió en un momento de la Noche Buena de 2017. Día de luces, de cantos y de felicitaciones. Otros tres días después se encontró al fin su cadáver.

Sus cuatro compañeros de ermita, que son ahora los únicos ermitaños que quedan en Mallorca, recibieron confundidos, desconsolados, abatidos, los despojos del ermitaño Benet. De esta manera estarían en el Calvario al pie de la cruz Juan -el apóstol querido del Señor-, María y las santas mujeres. DESCANSE EN PAZ.