Cincuenta historia de Solidaridad
Este libro recoge sólo 50 historias, pero alegra saber que son sólo una pequeña parte de la legión de personas que trabajan por un mundo más justo y humano
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La organización no gubernamental Manos Unidas ha obtenido hoy el premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2010 al que optaban 34 candidaturas de diecinueve países. EFE
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(José Carlos Rodríguez Soto).- Si aún no se han decidido sobre qué regalo de Navidad van a hacer a algún amigo o familiar, me permito darles un consejo convencidísimo de que acertarán: si viven en Madrid vayan a la sede de Manos Unidas (calle Barquillo, 38) y compren el excelente libro "Cincuenta Historias de Solidaridad". Recién salido de la imprenta, ofrece cincuenta historias, acompañadas de excelentes fotografías, sobre cincuenta hombres y mujeres que muestran lo mejor del buen hacer de la Iglesia con los más desfavorecidos en lugares como Kenia, Malawi, Angola, India, Filipinas, Brasil, Guatemala o Perú. Es lo mejor que ha podido hacer Manos Unidas -galardonada con el premio Príncipe de Asturias a la Concordia de este año- para celebrar su 50 aniversario: rendir un homenaje a las personas en las que se apoyan para llevar a cabo su labor en la geografía de la pobreza.
Religiosas, laicos, obispos, sacerdotes... Por estas páginas desfilan historias personales, que son las que convencen y enganchan en un mundo como el nuestro donde el desencanto de las ideas no ha dado paso a la desilusión con las personas genuinas que son un ejemplo de entrega a los más pobres.
Me gusta el libro por muchas otras razones. Sus páginas están escritas por periodistas dedicados a la información religiosa, de Ecclesia y de Vida Nueva, de Religión Digital y de Mundo Cristiano, de Mundo Negro y de la COPE, de la revista 21 y de Onda Cero... incluso por profesionales de la información que no se dedican a este campo pero que expresan su admiración por aquellos cuyas semblanzas han plasmado.
Y me gusta también porque uno se encuentra aquí con personas de Iglesia de sensibilidades muy distintas -desde Pedro Casaldáliga hasta otros de corte más conservador. Y es que en la Iglesia hay sitio para todos y todas, y la señal por la que se les conoce como discípulos del Maestro es el amor que tienen por los otros, amor que les llevó a todos ellos a dejar un día su país de origen y deshacerse por quienes más sufren.
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