• Director: José Manuel Vidal
Libros
Ferdinand Ebner
La visión del cristianismo que queda reflejada en este libro es un testimonio de fe cristiana personal y crítica, una fe que ha crecido en la gran conversación que es el "nosotros" de la Iglesia

(Julio Puente López).- Immanuel Kant había cumplido ya los 70 años cuando escribió su obra "Hacia la paz perpetua". Una obra no muy extensa, pero de gran valor. Kant nos dice en ella, por ejemplo, que "toda política debe doblar su rodilla ante el derecho", una reflexión que es bueno recordar en tiempos de mesías visionarios.

Una de las notas de esta obra habla del "gran pecado que comete el género humano al no querer unirse a otros pueblos en una construcción legal y preferir, orgullosos de su independencia, el método bárbaro de la guerra". No es de extrañar que muchos, como el autor del Prólogo de esta edición, Pedro García Cuartango, hayan visto en esta obra de Kant "una lúcida anticipación del proceso de construcción europea iniciado tras el final de la Segunda Guerra Mundial".

Cuando el proyecto de una Europa unida se enfrenta hoy a la realidad de la salida de la Unión Europea del Reino Unido y a la rebeldía de los gobiernos de Hungría y Polonia así como a movimientos y proyectos políticos secesionistas dentro de los Estados miembros no está de más recordar que Kant también escribió que la paz perpetua no es una idea vacía, sino una tarea.

En estos últimos años Europa y el mundo entero han tenido que hacer frente, y la paz todavía no ha llegado, a nuevos retos: el terrorismo yihadista, el problema humano de los refugiados, conflictos bélicos en distintas zonas, especialmente en Irak, Afganistán, Siria y algunos países de África. Los Estados Unidos de América y Europa que tienen una cultura y una civilización con raíces, en gran parte, cristianas no han sabido evitar verse involucrados una vez más en estas contiendas sangrientas que, a veces, ellos mismos han provocado.

A las continuas guerras se suman los atentados en muchas ciudades europeas; recientemente los atentados yihadistas del 17 de septiembre de 2017 en la ciudad de Barcelona. ¿Cómo es que de nuevo las tres grandes religiones monoteístas se ven relacionadas con la violencia siendo así que todas ellas ofrecen en teoría un mensaje de paz y de concordia? ¿Por qué fallan los Estados que Kant veía como garantes de la libertad y de la igualdad? ¿Acaso nuestras culturas y civilizaciones no están informadas por el espíritu cristiano o de paz universal que los creyentes dicen representar y testimoniar?

Era inevitable no recordar la crítica cultural y religiosa que hicieron a principios del s. XX, hace cien años, algunos pensadores europeos, como fue el caso del austriaco Ferdinand Ebner durante los años de la primera gran guerra. ¿Cómo fue posible que las naciones que se decían cristianas se masacraran mutuamente? ¿No era Alemania la nación de los grandes pensadores, de los mejores músicos y de los incomparables poetas? ¿No era Palmira, como nos ha recordado Paul Veyne en su hermoso librito "Palmyre", la ciudad donde el imperio romano se fundía con el imperio persa y sus habitantes se fotografiaban al morir con un libro en las manos en lugar de hacerlo como otros con una espada?

Palmira era la Venecia del desierto donde los camellos eran las góndolas. El fanatismo y la guerra lo destruyeron todo. Por fuerza un día hube de sentir de nuevo el impulso a escribir, a retomar la reflexión de las relaciones de la cultura con los valores espirituales, a repensar la relación de la cultura con el cristianismo. ¿Qué realidad cultural calificó Ebner de no auténtica y qué tipo de cultura afirmó él como verdadera?

No han sido solamente las dos guerras mundiales, y entre nosotros una espantosa guerra civil, y ahora los actuales y terribles conflictos bélicos que nos dejan cientos de miles de muertos y las ruinas de Alepo, Palmira y otras ciudades mártires, símbolos para siempre ya, al mismo tiempo, del sufrimiento y de la barbarie. Es que hemos tenido además la guerra de Vietnam, la guerra fratricida y de limpieza étnica de la antigua Yugoslavia, las interminables guerras de guerrillas mezcladas con la plaga del narcotráfico en Iberoamérica y tantos otros conflictos en Asia y África. A todo ello habría que añadir los movimientos migratorios, las desigualdades crecientes, la proliferación nuclear y esa actitud suicida del género humano en los temas ecológicos y medioambientales que el cambio climático pone de manifiesto.

Es evidente que este trabajo no va afrontar todo ese inabarcable abanico de temas. Ese es simplemente el panorama de fondo que envuelve y alimenta estas reflexiones. Pero mi propósito es menos ambicioso. En primer lugar quiere aportar un poco de luz al tema de la cultura y el cristianismo precisando el pensamiento de Ebner sobre este tema. Se plantea la cuestión ya en el capítulo 1 y se llega a una conclusión en el capítulo 5. Este tema de la cultura y el cristianismo es el que da unidad al ensayo y aparece en todos sus capítulos.

Ebner señaló hace cien años, mientras Europa se desgarraba en una guerra cruel, dónde estaba el remedio de nuestros males, pero, al parecer, lo hemos olvidado. Son cien años con Ebner, desde su vuelta al cristianismo en 1916, año en que empieza a esbozar en sus diarios su obra principal, año también de la cruel batalla de Verdún que costó la vida a casi un millón de personas entre ambos bandos, el francés y el alemán.

En segundo lugar y al mismo tiempo, ante los continuos conflictos bélicos y los actos de terrorismo y barbarie en los que se ven envueltas nuestras sociedades, en las que el judaísmo, el cristianismo y el islamismo han echado raíces y han dejado sus huellas, intento hacer ver que estas sociedades, y en concreto nuestra cultura occidental y cristiana, no siempre crean espacios de humanidad, no siempre están informadas por los verdaderos valores espirituales. En ese sentido puede haber una decadencia de una civilización o de una cultura, como ha habido una decadencia de lo que se llamó la Cristiandad, pero no necesariamente una decadencia del auténtico cristianismo. El tema se trata en varios capítulos especialmente en el 1 y en el 3.

A raíz de los atentados yihadistas de Francia de estos años pasados la prensa francesa reprodujo algunas de las proclamas de los imanes más integristas en sus mezquitas. El imán de Toulouse, Abdelfattah Rahhaoui, exclamaba: "¿Cómo pueden pasar el tiempo viendo un partido de fútbol? ¿Es que no tienen vergüenza ante Alá?". Y el imán de Brest, Rachid Abou Houdeyfa decía: "Mirad cómo se excita la gente (...) La música es la encarnación de la fornicación, la voz de ‘sheitan' (diablo)".

Los fundamentalistas del Daesh condenan la consumición de estos productos culturales, también a todos los musulmanes que no están de acuerdo con sus ideas. Son una gran mayoría de musulmanes los que saben que los imanes fanáticos y extremistas no representan a todo el islam. Estos imanes ofrecen reglas claras, certezas, un ideal de pureza o de justicia, un enemigo contra el que luchar: el mundo que ellos consideran insoportable, el del paro o la discriminación. Buscan un guía y un grupo con el que identificarse. ¿Vamos a ofrecer a los jóvenes un integrismo cristiano lleno de devociones y prohibiciones, de ampulosas y barrocas liturgias, de misas multitudinarias, para evitar la decadencia del mundo occidental? ¿Es imaginable una nueva cristiandad de cruzados como baluarte contra el islam?

En vez de un rosario de noticias sobre abusos a menores y escándalos financieros, que han provocado miles de abandonos en la Iglesia, sería mejor ofrecer a la sociedad un verdadero testimonio de acogida y de comunidad fraterna que pudiera animar a la sociedad civil a huir de la tentación insolidaria de adorar al becerro de oro, una tentación que llega hasta las altas esferas de la Iglesia y agudiza su crisis.

No puedo en mi ensayo extenderme en analizar las ideas del integrismo en otras religiones y de sus causas. Hay que afirmar en todo caso que este trabajo defiende un concepto de auténtica cultura y de fe religiosa que está en las antípodas del que refleja el integrismo religioso sea del tipo que sea. Nada más lejos del Dios cristiano que ese dios del rigorismo religioso, un Dios vengativo, no encarnado, enemigo de la felicidad humana, enemigo de la celebración de la vida y de las bodas , de la celebración del hijo que vuelve, enemigo también del "homo ludens", de su música y de su baile. Ese no es el Dios de Jesús de Nazaret, el Jesús que asiste como invitado, con sus discípulos, a la boda de Caná y convierte el agua en vino (Jn, 2, 1-10).

Una gran parte del trabajo, ciñéndose a la cultura y a las expresiones religiosas de los países con gran número de creyentes cristianos, está dedicado a responder a la pregunta de si no habrá también un cierto fundamentalismo integrista en nuestras comunidades cristianas, en nuestras iglesias, si no hay, por consiguiente, una falta de humanidad y de verdaderos valores espirituales que alejan a los jóvenes del verdadero mensaje del Evangelio dejándoles al mismo tiempo huérfanos de comunidad, de vivencias y de discurso ante los nuevos predicadores que les prometen falsos paraísos y utópicas causas en las que ver un sentido a su existencia.

La respuesta es que, a mi juicio, este alejamiento y falta de verdaderos valores existe efectivamente entre nosotros. En distintos capítulos del trabajo se señalan en concreto algunas de nuestras doctrinas o algunos ejemplos de nuestra praxis donde podemos percibir esta falta de sintonía con lo que sería auténtico cristianismo. Como ejemplo que indica bien esta falta de sintonía con el Evangelio tenemos el hecho de no acertar siempre en nuestras sociedades a organizarnos según proyectos sociopolíticos que tengan en cuenta lo que es el criterio de lo cristiano tal como aparece, como mensaje ético orientador, en la parábola del juicio final de Mt. 25, 31-46. Este tema se desarrolla especialmente en el capítulo 3.

No hay cultura profundamente inspirada por valores cristianos allí donde crecen las desigualdades y hay amplias capas sociales de pobreza y marginación. En este sentido se aboga por tirar lastre por la borda, por no complicar innecesariamente la vida de la gente, por una organización eclesial menos centrada en ritos, cánones y doctrinas y más orientada a lograr una sociedad justa, a la vida en relación de las personas en acogida universal, justa y fraterna. Es ahí donde se hace presente el Espíritu y donde debemos ver el culto y los signos de la salvación, que deben "secularizarse" y alejarse de la "sacralización" de personas y lugares, porque todo el universo es lugar sagrado y templo de la divinidad, y porque Dios se hace presente en nuestros prójimos. La Iglesia debe ser más fraternal y menos clerical y jerárquica. La reforma del papa Francisco, aunque insuficiente y débil, es un paso adelante que merece todo nuestro apoyo.

Una segunda actitud alejada del mensaje del Evangelio que nos invita a acoger al forastero, "no en clave de ley, sino de gratuidad: de presencia de Dios en la necesidad humana y solidaridad con los pobres", como dice Xabier Pikaza en su comentario al Evangelio de Mateo, sería la postura del nacionalismo excluyente o más conservador, falto de justicia y de misericordia con todo aquel que no detente los signos identificadores de la "tribu". El nacionalista excluyente, como ha sucedido en España, no se ruboriza al pedir un referéndum de autodeterminación después de décadas de adoctrinamiento nacionalista. Es un tema que se aborda en el capítulo 2.

La historia nos ha enseñado que esas sociedades nacionalistas no se afirman como entidades "abiertas y en constante reinterpretación"- es la idea que defendió el profesor de Oxford David Miller en su obra "On Nationality"-, sino que tienen una idea fija de la identidad nacional que tratan de inocular desde la misma escuela a las generaciones que están creciendo. La tentación de establecer una sociedad vigilada con el fin de asegurar el control es grande. Una distopía como la que nos ofrece la novela "El cuento de la criada" de la autora canadiense Margaret Atwood, que se ha hecho popular ahora por una serie reciente, está más cerca de las sociedades donde triunfa el nacionalismo integrista que de las modernas democracias.

Siendo esto así no se entiende bien que las iglesias locales no perciban muchas veces la ausencia de verdadero contenido espiritual y de humanidad en estas ideologías excluyentes.

En tercer lugar el trabajo descubre y señala en la posición oficial de la Iglesia católica en el tema de la sexualidad en general, y de la homosexualidad en particular, la necesidad de un profundo cambio y renovación en la línea de las ciencias humanas y del mensaje central del Evangelio, que habla de la misma dignidad de los hijos de Dios sin estigmas, discriminaciones ni injusticias. Se pide avanzar en esta doctrina, dar un paso adelante. Esto ha de ser así tanto en las enseñanzas de nuestro catecismo y en la praxis pastoral como en el momento de reconocer derechos civiles. Ha habido gestos del papa que hacen albergar para el futuro alguna esperanza. De todo esto se habla en varios capítulos del libro, especialmente en los capítulos 2 y 4.

Como se apreciará no se han separado los temas en compartimentos estancos. El trabajo es más bien como un árbol cuya savia, la reflexión en torno a "la cultura y el cristianismo", va llegando a las distintas ramas. Se han entretejido los diversos temas con la crítica cultural y religiosa de Ebner para precisar ésta en primer lugar, y para ver después su alcance hoy de cara a la continua renovación de la Iglesia. La lectura del libro permitirá apreciar que las reflexiones de Ebner, por ejemplo la que nos recordaba el texto del Evangelio sobre "los signos de los tiempos" (Mt 16, 3), - los signos de los tiempos de Dios en aquella Europa que sufrió el azote de la primera gran guerra - , sirvieron para dar un primer impulso teológico al "aggiornamento" de la Iglesia que inspiró el concilio Vaticano II, hace ya más de 50 años.

Pero apreciaremos también que en otros aspectos, como la fuerza renovadora que supuso poner de relieve la parábola de Mt 25, 31-46 para entender bien el cristianismo, habíamos desandado un tanto el camino en las últimas décadas, y que en algunos temas, como el de la ética sexual, seguimos en gran parte todavía anclados en el pensamiento de las ciencias antropológicas de principios del s. XX.

La visión del cristianismo que queda reflejada en este libro es un testimonio de fe cristiana personal y crítica, una fe que ha crecido en la gran conversación que es el "nosotros" de la Iglesia. Estas reflexiones están, por tanto, sujetas al juicio y al debate dentro de la comunidad cristiana. Como ha dicho la profesora Adela Cortina "nadie puede descubrir por su cuenta qué es lo justo, necesita averiguarlo con los otros". Siempre ocurre así, y especialmente en cuestiones de fe.

Todos los cristianos, sea desde el centro o desde la periferia de la Iglesia, sea desde la organización eclesiástica o desde los márgenes, debemos sentirnos llamado a anunciar y testimoniar la Buena Nueva y así contribuir a que las mujeres y los hombres de nuestro tiempo "tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10), pues con esa finalidad Dios se nos reveló en las palabras y en las obras de Jesucristo, con esa finalidad el Espíritu Santo, justamente Señor y dador de vida, ilumina y asiste al conjunto de la comunidad de los creyentes y habita en todos ellos (1 Co 3, 16).

Dedicatoria

Dedico este libro a toda mi familia, y a todos mis educadores y amigos.
Gracias a todos por vuestro constante acompañamiento y apoyo.