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Libros
'Dios es joven' (Planeta), nuevo libro del Papa Francisco Editorial Planeta
Los corruptos están a la orden del día. Pero los jóvenes no deben aceptar la corrupción como si fuera un pecado como los demás, no deben acostumbrarse jamás a la corrupción, pues lo que dejamos pasar hoy, mañana volverá a repetirse

Coincidiendo con la publicación de Dios es joven (Planeta) se inicia el Año Vaticano de la Juventud. Francisco está convencido de que los jóvenes son los grandes olvidados y desencantados de nuestro tiempo, pero al mismo tiempo, que ellos son lo mejor de la vida.

RD les ofrece, en exclusiva, algunos de los fragmentos de este libro, que se nutre de las entrevistas y conversaciones inéditas que Thomas Leoncini ha mantenido con el pontífice sobre el tema. En concreto, los aspectos relativos al poder y la corrupción.

 

Jóvenes profetas y viejos soñadores


A menudo se invita a los jóvenes -sobre todo lo hacen adultos ricos- a no pensar demasiado en el dinero porque cuenta poco, pero hoy, en la mayoría de los casos, el dinero que un joven busca es el necesario para la supervivencia, para poderse mirar en el espejo con dignidad, para poder construir una familia, un futuro. Y sobre todo para empezar a no depender ya de los padres. ¿Qué piensa de esto?

Pienso que debemos pedirles perdón a los chicos porque no siempre los tomamos en serio. No siempre los ayudamos a ver el camino y a construirse aquellos medios que podrían permitirles no acabar rechazados. A menudo no sabemos hacerles soñar y no somos capaces de entusiasmarlos. Es normal buscar dinero para construir una familia, un futuro, y para salir de ese papel de subordinación a los adultos que hoy los jóvenes sufren durante demasiado tiempo. Lo que cuenta es evitar experimentar la codicia de la acumulación. Hay personas que viven para acumular dinero y piensan que tienen que acumularlo para vivir, como si el dinero se transformara después en alimento también para el alma. Esto significa vivir al servicio del dinero, y hemos aprendido que el dinero es concreto, pero dentro tiene algo de abstracto, de volátil, algo que de un día para otro puede desaparecer sin previo aviso; piensa en la crisis de los bancos y en las recientes suspensiones de pagos. [...]

El trabajo es el alimento del alma, el trabajo sí puede transformarse en alegría de vivir, en cooperación, en suma de intentos y en juego de equipo. El dinero, no. Y el trabajo debería ser para todos. Cada ser humano debe tener la posibilidad concreta de trabajar, de demostrarse a sí mismo y a sus seres queridos que puede ganarse la vida. No podemos aceptar la explotación, no se puede aceptar que muchísimos jóvenes sean explotados por quienes les dan trabajo con falsas promesas, con pagos que no llegan nunca, con la excusa de que son jóvenes y deben adquirir experiencia. No podemos aceptar que quienes dan trabajo esperen de los jóvenes un trabajo precario y para colmo incluso gratuito, como sucede. Sé que hay casos de trabajo gratuito, y a veces incluso con una preselección para poderlo llevar a cabo. Esto es explotación y genera las peores sensaciones en el alma; sensaciones que poco a poco crecen y pueden incluso cambiar la personalidad de los jóvenes.
Los jóvenes piden ser escuchados y nosotros tenemos el deber de escucharlos y acogerlos, no de explotarlos. No valen excusas.

 

 


¿Y los que gobiernan piensan en estas palabras de Jesús?
(Se refiere a estas palabras «Quien quiera ser grande entre vosotros servirá, y quien quiera ser el primero de entre vosotros será esclavo de todos. Ni siquiera el hijo del hombre ha venido para que le sirvan, sino para servir» (Marcos 10, 43))

Gobernar es servir a cada uno de nosotros, a cada uno de los hermanos que forman el pueblo, sin olvidar a ninguno. Quien gobierna debe aprender a mirar hacia lo alto solo para hablar con Dios y no para jugar a ser dios. Y debe mirar hacia abajo solo para levantar a quien ha caído.

La mirada del hombre debe ir siempre en estas dos direcciones. Si queréis ser grandes, mirad hacia arriba a Dios y hacia abajo a quien ha caído: las respuestas a las preguntas más difíciles se encuentran siempre mirando en estas dos direcciones a la vez.

 

¿Cuál es la peor consecuencia del pecado en que puede caer quien tiene el poder?

La peor consecuencia del pecado en que puede caer quien tiene el poder es seguramente la destrucción de sí mismo. Pero hay otra, que no sé si es la peor, pero que es muy recurrente: acabar por resultar ridículo. Y del ridículo no se vuelve.
¿Cuál fue una de las figuras más ridículas de la historia? En mi opinión, Poncio Pilatos: si hubiera sabido que tenía delante al Hijo de Dios, y que el Hijo de Dios había usado su poder para lavarles los pies a sus discípulos, ¿acaso se hubiera lavado las manos? ¡Creo que no!

El evangelista Juan nos cuenta que el Señor era consciente de tener todo el poder del mundo en sus manos. ¿Y qué decidió hacer con todo ese poder? Un único gesto, que fue un gesto de servicio, en concreto el servicio del perdón. Jesús decidió que el poder se tenía que transformar, desde ese momento y para siempre, en servicio. ¿Cuál ha sido el verdadero mensaje profético de todo esto? Ha hecho caer a los poderosos de sus tronos y ha ensalzado a los humildes. El poder es servicio y debe permitirle al prójimo sentirse bien cuidado, cuidado como corresponde a su dignidad. El que sirve es igual que el que es servido.

 

 

¿Cómo puede un joven realizarse sin entrar en el mecanismo de la corrupción? Cito sus palabras: la diferencia entre pecadores y corruptos es que los primeros reconocen el pecado como tal y lo afrontan con humildad; los segundos elevan su modo de vida a sistema y pecan sin arrepentirse.

Los corruptos están a la orden del día. Pero los jóvenes no deben aceptar la corrupción como si fuera un pecado como los demás, no deben acostumbrarse jamás a la corrupción, pues lo que dejamos pasar hoy, mañana volverá a repetirse, hasta que nos acostumbremos y también nosotros nos convirtamos en parte del engranaje indispensable. Los jóvenes, al igual que los ancianos, tienen la pureza, y juntos, jóvenes y ancianos, deben estar orgullosos de encontrarse -limpios, puros y sanos- para construir un camino de vida en común sin corrupción. Quiero explicar bien la idea de pureza como concepto que une a jóvenes y viejos.

Los jóvenes son puros porque no han conocido en su piel la corrupción, son, en cierta medida, moldeables por el presente, y esto puede revelarse también peligroso, pues la pureza en que viven puede transformarse en algo feo, impuro, sucio, sobre todo si tienen que enfrentarse a las repetidas tentativas de proselitismo y asimilación a la masa. Con la vejez, hablando en términos generales, pues lamentablemente no todos los casos específicos son así, los seres humanos vuelven en cierto sentido a su estado «puro»; ya no tienen la codicia del éxito y del poder, ya no están condicionados por lo efímero como podían estarlo cuando eran adultos. Y atención: también un viejo arrepentido, que años atrás hubiera formado parte de los corruptos, puede resultar útil para el crecimiento de los jóvenes. Ese viejo, de hecho, ha conocido los mecanismos de la corrupción y los ha reconocido, y de este modo puede ilustrar al joven sobre cómo no caer en ellos, compartiendo con él la experiencia, y explicarle cómo no acabar igual que él. Volvemos, pues, a la importancia del testimonio.

El corrupto no conoce la humildad, siempre consigue decir: «no he sido yo», y lo hace con una cara de falsa santidad -«fa la mugna quacia», como decimos en dialecto piamontés (pone cara de no haber roto un plato)-; vive en la mentira, se cansa de pedir perdón y deja muy pronto de pedirlo. Por el contrario, pensemos en el Evangelio: Mateo, el buen ladrón, y Zacarías son figuras que pecan, pero no son corruptos, no se han plegado a la corrupción; les ha quedado un ancla de salvación que los protege de la corrupción.

Basta una brizna de esperanza en el corazón para dejar entrar a Dios. A los jóvenes se les ha quitado ya mucho, pero habrá esperanza hasta que no sean corruptos.

 

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