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Don Lorenzo Milani PPC
Los curas de pueblo y sus obras son tanto o más merecedores del reconocimiento y felicitaciones del papa, que los mismos purpurados, de quienes, en conformidad con los protocolos y el Código de Derecho Canónico, se dicen ser sus "vicarios"

(Antonio Aradillas).- En tiempos y espacios sobre todo rurales, aunque no tan pretéritos, la coincidencia de "sacerdote" y "maestro", "por esos pueblos de Dios", llegó a alcanzar categoría de gracia divina.

Aislados en todo orden de cosas, con tan parcas posibilidades "oficiales" de redención social, laboral o profesional, y sin más perspectivas que las señaladas por la sombra de la iglesia y su torre, a los jóvenes avecindados en la demarcación ciudadana y pastoral, no se les podía ofrecer otros horizontes que los que definieran las aspiraciones de sus padres, abuelos y así sucesivamente. A tan trágica situación había que añadírseles la circunstancia de que en otras zonas o comarcas provinciales o diocesanas, eran mucho más favorables los medios para su redención integral, tanto personal, como familiarmente, con el "agravante" de ser estas conocidas por la "radio" o la "TV" entonces incipientes.

La presencia, actividad e imaginación de tantos sacerdotes destinados a esas parroquias, y la conciencia de no pocos de ellos, de haber podido ser promocionados en sus respectivos "Seminarios", merced a estas ayudas pastorales, convenció a muchos a activar sus saberes y medios propios y ajenos a favor de la promoción de sus pueblos. Clases particulares, "academias" domésticas, cursillos intensivos laborales, viajes organizados a otros pueblos o comarcas más desarrolladas, educación del sentido de la solidaridad y consecución de algunas ayudas "oficiales" discretas y apenas conocidas, junto con el compromiso de otros vecinos profesionales en activo, procedentes de la carrera del "Magisterio", configuraron el "milagro" de redimir a muchos, hoy ya en puertas de su jubilación respectiva.

Pero en definitiva, fueron los párrocos-maestros los inspiradores principales, valiéndose además de algún que otro "privilegio estatal", de procedencia política, dadas las "beneficiosas" relaciones existentes entonces en las relaciones Iglesia-Estado. Ellos, en la pluralidad de este contexto, fueron y siguen siendo, merecedores del reconocimiento por parte de quienes, gracias a sus gestiones personales y a las "becas", les facilitaron cursar los estudios o prepararse laboralmente para afrontar el futuro y el de sus familias.

 

 

Y es en este paisaje en el que se inscribe, y es preciso leer y releer el reciente libro publicado por PPC en su colección "Educar", con el título de "Don Lorenzo Milani: el exilio de Barbania", cuyo autor es Michele Gesualdi, que "junto con su hermano menor, Francuccio, vivió con don Milani en familia, como hijos suyos, en la misma escuela y casa parroquial de Barbiana". Precisamente fue aquí, "en la nada de Barbiana, un lugar de montaña perdido y hoy semidespoblado, en las laderas del Giovi, en los Apeninos, -parroquia de la que estuvo encargado por decisión episcopal "punitiva", desde 1954, donde se llevó a cabo el "milagro" de Milani, preocupado " por los excluidos y marginados", y desde el que escribiera a su madre que "la grandeza de una vida no se mide por la grandeza del lugar en el que se ha desarrollado, y tampoco las posibilidades de hacer el bien se miden por el número y calidad de sus parroquianos".

Con fidelidad, historia y evangelio, es justo reseñar que el libro dedicado al párroco-maestro, don Lorenzo Milani, revela el verdadero rostro de cura, maestro, hombre y "padre", que hizo de su sacerdocio un don generoso y desinteresado para los pobres más pobres. Es de utilidad bibliográfica reseñar también que este libro se publicó antes de conocerse la visita personal del papa Francisco a la tumba, parroquia y escuela del cura-maestro don Lorenzo Milani -a.1923-1967-, el 20 de junio del 2017.

Los curas de pueblo y sus obras son tanto o más merecedores del reconocimiento y felicitaciones del papa, que los mismos purpurados, de quienes, en conformidad con los protocolos y el Código de Derecho Canónico, se dicen ser sus "vicarios".

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