• Director: José Manuel Vidal
Mundo
El salesiano Cristóbal López, nuevo arzobispo de Rabat RD

(José Manuel Vidal, enviado especial a Rabat).- Para evangelizar en tierras del islam, el nuevo arzobispo de Rabat, Cristóbal López, ofrece "el servicio del amor", mientras el consagrante principal, cardenal Omella, pide para él el don de Salomón y el Rector Mayor asegura que será un pastor "misionero, dialogante y para todos".

En ese espíritu saludó a la asamblea el ya arzobispo de Rabat, en una emocionada alocución al final de la ceremonia, interrumpida por constantes aplausos y ululares de la gente.

Tras dar gracias a Dios y a su antecesor, recordó el lema de un santo ante la llamada del Señor: Sin reservas, sin retraso, sin retorno, por amor.

También dio las gracias al rey Mohamed, "comendador de todos los creyentes, también de los cristianos", a obispos, curas y fieles, con un saludo especial a su padre de 93 años, que "ha sido valiente y ha querido acompañarme".

Y su declaración de intenciones: "Quiero ser, como Kenitra, un pequeño puente que una a cristianos y musulmanes, pobres y ricos, europeos y africanos, jóvenes y mayores".

Un obispo sin grandes pretensiones, un pequeño puente, que afronta su misión con serenidad, porque "Jesús me eligió y me trajo aquí", porque "hay mucha gente que reza por mi" y "porque cuento con una comunidad joven, con una media de 35 años de edad, con 32 curas y más de cien religiosos y religiosas".

¿Su objetivo? El servicio del amor. "He venido para amaros. No os conozco todavía, pero ya os quiero. Sois mi familia y la razón de mi existencia".

Una sentida declaración de amor con una meta: construir el Reino, siguiendo el programa del magisterio de Francisco, su ejemplo de pastor y su testimonio de vida.

Con dos prioridades: los jóvenes y los pobres. Y para eso quiere ser simplemente Cristóbal, el portador de Dios. Por eso prefiere que no le llamen excelencia o monseñor, sino padre Cristóbal.

Y terminó bendiciendo por vez primera como obispo a la gente, pero antes, como Francisco, pidió que la gente lo bendijese. Huele a Francisco, sabe a Francisco, es un obispo salesiano-franciscano. De los que cambiarán la Iglesia. De los que hacen florecer la primavera.

De origen español, el nuevo obispo conoce bien la tierra que va a pastorear, porque pasó aquí 8 años, precisamente en Kenitra.

La catedral se yergue sin complejos en medio de uno de los barrios más céntricos de la capital marroquí. Con dos torres a cada lado de una cruz, que parecen querer hacerse un hueco en el cielo de Rabat.

Revestido con los paramentos propios de la ocasión, Cristóbal López no parece, pero es el mismo que ayer nos vino a recibir al aeropuerto de Rabat y hasta tuvo que ponerse la gorrilla de aparcacoches, para ayudar a un chofer de un minibus a salir del aparcamiento. "Este Cristóbal vale tanto para un roto como para un descosido", decía uno de sus familiares.

Han venido a acompañarle numerosos familiares y amigos de Sevilla, Almería y Barcelona. No podían perderse la ocasión. Muchos en avión y otros tantos en autobús, tras cruzar el Estrecho en ferry. Horas y horas de viaje alegre y confiado, a pesar del cansancio.

En el altar, a su lado, el obispo que Cristóbal quiso que fuese su consagrante, el cardenal Omella, arzobispo de Barcelona. Con él, el Nuncio de la Santa Sede en Marruecos, y el arzobispo de Tánger, el también español Santiago Agrelo.

Además de Agrelo, que ya estaba aquí y el consagrante Omella, de España vinieron el padre Ángel, el cardenal Amigo, tan ligado a estas tierras por haber sido arzobispo de Tánger, el arzobispo de la Seu de Urgel y coprincipe de Andorra, Joan Enric Vives, el flamante obispo de Guadix, Ginés García Beltrán, el obispo de Huelva, José Vilaplana, asi como los prelados del norte de Africa, y el obispo venezolano de la Guaira, monseñor Biord, antiguo compañero del nuevo arzobispo.

El interior de la catedral es sencillo, como una gran parroquia de barrio. Con una cúpula bañaba por el sol y un gran vitral, presidido por un Cristo y una Virgen.
El templo luce sus mejores galas. Parece un arcoíris, porque los fieles llevan pañoletas de diversos colores: rojas los de Rabat, blancas los españoles, azules los africanos y amarillas los salesianos.

En la sacristía, antes de comenzar la celebración, el obispo electo saluda a los numerosos curas y obispos presentes. Lleva una casulla dorada pero vieja. "Os preguntaréis si este pobre obispo no tuvo nadie que le regalase una casulla nueva. Fui yo el que la eligió, porque es la que llevó Juan Pablo II en su visita a Marruecos en 1985. La casulla de un santo. A ver si se me pega algo de su santidad", explica con su innato sentido del humor.

Y, tras dar las gracias, pide que recen por él, que "falta me va hacer" y se retira a la capilla de las lágrimas y también de las alegrías.

Su nueva diócesis abarca el 75% del territorio marroquí, tiene unos 50.000 fieles, casi todos extranjeros, porque los musulmanes tienen prohibido convertirse al cristianismo. "Aunque algunos conversos hay, pero pocos", dice un franciscano que lleva muchos años en estas tierras.

El cardenal Omella, el consagrante, introduce la ceremonia y pide para el nuevo obispo el don de Salomón: sabiduría y no riquezas ni poder. "Sabiduría que consiste en prestar oído atento a las sonrisas y a las lágrimas del pueblo. Que el Señor le conceda a Cristóbal este don".

A continuación, el Rector Mayor de los salesianos, Ángel Fernández Artime, presenta al nuevo obispo: "Cristóbal es un gran hermano y un gran salesiano, con un enorme corazón misionero, con el corazón de Don Bosco y con corazón de buen pastor. Estoy convencido de que será el pastor de todos y el pastor del diálogo. Por eso, hoy es un día de gozo para los salesianos y para toda la Iglesia".

Las diversas regiones de su enorme diócesis le presentan sus regalos y sus expectativas, tras lo cual se presentan las cartas pontificias al pueblo, que aplaude la misiva de Francisco, que le pide que sea "un padre al que amar, un maestro al que escuchar y un custodio al que honrar".

En la homilía, Omella le recomienda dos cosas esenciales: que dé gracias al Señor por los dones recibidos y que ejerza la espiritualidad de la comunión. "Pon tus dones, querido Cristóbal, al servicio de tu nueva esposa, una comunidad compuesta por más de cien culturas diferentes, y sé padre y madre de todos con humildad y sin hacer proselitismo".

Y el cardenal de Barcelona le sugirió para su nueva misión al nuevo obispo la parábola del bambú japonés: se siembra, se riega durante seis años y solo al séptimo brota y crece más de dos metros.

Y ya puesto, el cardenal, que reconoce que los obispos hablan demasiado, le da más consejos: "Respeta esta tierra y su cultura, habla con sencillez, quiere a todos, pero especialmente a los pobres y a los emigrantes, respeta a los musulmanes y recuerda que son compañeros de viaje y no adversarios, sé pastor de misericordia, testigo humilde, y cuida con amor tu rebaño".

Tras la homilía, la entrega de la mitra, el capelo, el báculo y el anillo. Y después tiene lugar el saludo del ya arzobispo de Rabat a las autoridades presentes, entre ellas un representante del rey Mohamed, a los lideres de las diversas confesiones, incluida el islam, a los obispos y sacerdotes.

Momento de especial emoción, cuando monseñor Cristóbal se fundió en un abrazo con su anciano padre, que lloraba de alegría, entre palmas y el ulular gutural de las mujeres. Su hijo se ha casado con una diócesis que está tan cerca y tan lejos del Estrecho. Una distancia fácilmente franqueable por el puente del amor. Por eso, en el momento de la comunión, su padre le bendijo con estas palabras: "Hijo, Que Dios te ayude a cumplir bien tu tarea de obispo". Amén.