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Spadaro con el jesuita chino Joseph Shih La Civiltà Cattolica
Si no nos obstinamos en nuestros prejuicios y si sabemos mirar más allá de las apariencias descubrimos que los valores fundamentales del socialismo soñados por el Gobierno chino no son incompatibles con el Evangelio

(Antonio Spadaro, sj, en La Civiltà Cattolica).- La Iglesia católica en China es considerada por el gobierno como una influencia externa, pese a la larga tradición en la historia de ese país. De éste, y de otros temas, pudo hablar el padre Joseph Shih, con el jesuita Antonio Spadaro en la entrevista que tuvo lugar en "San Pietro Canisio", la residencia de los jesuitas junto al Vaticano.

El padre Joseph Shih, nacido en China y ordenado jesuita en 1957, tiene una larga trayectoria como docente en la Universidad Gregoriana, y conoce de primera mano el cristianismo en China y más concretamente la relación del gobierno actual con la Iglesia católica en China.

En la entrevista se evidencian datos significativos sobre la vida de los fieles católicos en China y de la relación entre China y el Vaticano. El padre Shih indica que los fieles de todas las creencias han aumentado, y la católica es ahora mismo una de las cinco grandes religiones del país; de hecho, los valores del socialismo tradicional, son compatibles con el Evangelio. Por tanto, es indispensable hoy en día llegar a un punto de tolerancia recíproca entre la Iglesia católica en China y el gobierno.

Pese a la persecución de cristianos en China, el padre Shih espera que en un futuro los católicos en China puedan vivir su creencia plenamente y sin censuras.

Mi encuentro con el P. Joseph Shih tiene lugar en la portería de la residencia de los jesuitas «San Pietro Canisio», a dos pasos del Vaticano. La Civiltà Cattolica ya publicó dos artículos suyos,[1] pero yo nunca había tenido un encuentro con él. Es un hombre de 90 años que me recibe amablemente, sonriendo. Su rostro lleva las marcas de muchas historias vividas, y las huellas que han quedado comunican una experiencia de serenidad, de paz profunda.

Le pregunto por él y me habla de sí. «Mis padres tuvieron cinco hijos y cinco hijas. Todos nacieron y crecieron en Shanghái», me dice. Y prosigue: «Yo nací en Ningbó y pasé mi infancia con mi abuela materna, en el campo. No recuerdo cuando llegué a Shanghái. Recuerdo, sí, que estudié en la escuela San Luis y en el colegio San Ignacio, en Zikawei. Iba a misa todos los días, a la iglesia parroquial. Después del ataque a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, los jesuitas canadienses que trabajaban en Xuzhou se concentraron en la residencia de Zikawei. Algunos de ellos venían regularmente a misa, en mi parroquia. Cuando en 1944 terminé los estudios en el colegio San Ignacio, ya había madurado el deseo de hacerme jesuita. Entré en la Compañía de Jesús el 30 de agosto de 1944. Fui ordenado sacerdote el 16 de marzo de 1957, en Filipinas».

Le pregunto cuál fue su formación, qué etapas tuvo y si viajó por el mundo. Me responde que estuvo en Roma y después en Alemania y Austria. Posteriormente fue llamado de nuevo a Roma, para estudiar y, más tarde, para enseñar en la Pontificia Universidad Gregoriana. Para prepararse la docencia cursó un año y medio de estudios en Harvard; después pasó más de seis meses viajando por África para observar los efectos de la independencia nacional en la Iglesia católica en ese continente.

Más tarde, el prepósito general de los jesuitas, el padre Pedro Arrupe, le aconsejó que fuese también a América Latina a realizar el mismo tipo de estudio. Y así conoció Brasil y Argentina. En Roma enseñó en la Universidad Gregoriana durante 35 años y trabajó en Radio Vaticano durante 25 años, en la sección china. «Estaba el padre Michael Chu -prosigue-, que venía a celebrar la misa dominical que transmitíamos para China. El padre Berchmans Chang enviaba con regularidad sus artículos de teología y de espiritualidad. El padre Matteo Chu tenía un apartado postal que nos servía para discutir con nuestros oyentes acerca de los problemas de la Iglesia en China».

Desde 2007, es decir, cuando el padre Lim Hwan, jesuita, fue encargado de dirigir la sección china de Radio Vaticano, el padre Shih dejó Roma. «A partir de entonces -relata- paso la mayor parte de mi tiempo en Shanghái. Sé que mi función es la de ser un testigo para la Iglesia católica, que es una dondequiera que esté: en Shanghái o en Roma es la misma Iglesia, una, santa, católica y apostólica».

El papa Francisco tiene un especial interés por la vida de la Iglesia en China y por el futuro de los católicos chinos. Los acompaña en la oración y los sigue con amor de padre. ¿Cómo se percibe allí esta particular atención del Papa?

De los tres Papas recientes, a quien más conozco es a san Juan Pablo II: amaba su patria, simpatizaba con el Tercer Mundo y comprendía la historia de la Iglesia en China. Durante su pontificado se empeñó en promover la reconciliación entre la Iglesia y el Gobierno chino. Lamentablemente, a causa de su papel en la caída del comunismo en Europa, el Gobierno chino no se fiaba mucho de él. El papa Benedicto XVI escribió una carta a la Iglesia católica en China[2] para indicarle el camino a seguir a fin de salir de sus dos dificultades actuales. Compuso también una oración dedicada a la Virgen de She Shan para invitar a los católicos de todo el mundo a orar por la Iglesia en China. Los católicos chinos le estamos agradecidos y sentimos respeto por él. El papa Francisco es muy querido: todos aprecian su estilo y perciben su amor paterno.

En el plano social y económico, China ha cambiado mucho en los últimos años y ha experimentado un desarrollo rápido e impresionante. Junto con la sociedad ¿ha cambiado también la vida de la Iglesia? ¿Cuál es su experiencia personal?

Sí, la vida de la Iglesia ha cambiado junto con la sociedad. En efecto, los católicos chinos vivían en su mayoría en las áreas rurales, mientras que ahora los jóvenes de los pueblos van a buscar trabajo a las ciudades. A menudo sus padres los siguen para cuidar de los nietos. De ese modo, las aldeas se vacían. Las iglesias pierden a sus parroquianos. Los viejos católicos están dispersos.

Por otra parte, si bien en los últimos años los chinos se han vuelto más ricos, no por eso se sienten más felices. Más aún, están un poco inquietos. Ahora deben preocuparse de encontrar trabajo, comprar una casa, brindar una buena educación a sus hijos y asegurarse una vejez digna. En medio de tantas preocupaciones surge de manera espontánea el sentimiento religioso. No es de extrañar que, en los últimos años, los fieles de las diferentes religiones en China hayan aumentado de forma significativa. La Iglesia católica no es la excepción.

Ahora yo vivo en Zikawei, que tiempo atrás era un pueblo cristiano. Por entonces, en torno a la iglesia de San Ignacio, que es la iglesia parroquial, vivían las familias cristianas. Ahora Zikawei se ha convertido en un centro comercial de la ciudad de Shanghái. Las casas viejas han sido demolidas. Los antiguos habitantes se han mudado a otros lugares. En la actualidad, en la tarde del sábado y durante el domingo se celebran siete misas en la iglesia de San Ignacio, que siempre está llena. En la primera misa del domingo aún se encuentran algunos viejos parroquianos de Zikawei, mientras que en todas las demás misas los que participan son casi todos fieles nuevos venidos de diferentes partes del país, entre ellos muchos jóvenes e intelectuales.

El actual contexto sociocultural en China se distingue por un variado abanico de experiencias. Un enfoque simplista llevaría a error y resultaría incapaz de dar razón de los matices y de la complejidad de China. Hay que ir más allá de los prejuicios y de las apariencias. En síntesis, ¿debemos ser pesimistas u optimistas? ¿Cómo vive este momento histórico la comunidad católica en China?

Yo soy optimista. Ante todo, porque creo en Dios. Dios es el Señor de la historia humana. Como quiera que avance la historia, ella no se separa nunca del plan salvífico de Dios, cuyo fin es la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Además, como usted dijo, hay que ir más allá de los prejuicios y de las apariencias. Si no nos obstinamos en nuestros prejuicios y si sabemos mirar más allá de las apariencias descubrimos que los valores fundamentales del socialismo soñados por el Gobierno chino no son incompatibles con el Evangelio en el que creemos. Y si la Iglesia en nuestro país logra establecer una tolerancia recíproca con el Gobierno, podemos vivir y actuar en nuestro país. Por eso no soy pesimista, sino optimista.

Tanto en la Iglesia como en la opinión pública internacional se habla mucho del diálogo que se está desarrollando entre la Santa Sede y la República Popular China. Un observador inteligente se da cuenta de que la finalidad de las conversaciones es de naturaleza esencialmente pastoral, antes que política, social y diplomática. Naturalmente, todo encuentro exige, por un lado, la purificación de la memoria y, por el otro, la voluntad de escribir una página nueva de la historia. ¿Cómo nos estamos empeñando los católicos por vivir, en primer lugar, la reconciliación y por promover la comunión en la Iglesia?

En China el Gobierno no reconoce más que cinco grandes religiones. A cada una de ellas le impone organismos de control. La Iglesia católica es una de esas cinco grandes religiones, pero no todos en la Iglesia católica aceptan esta realidad.

Por eso, desde el punto de vista del Gobierno, hay dos partes en la Iglesia católica. El Gobierno reconoce a la parte que acepta sus leyes y no reconoce a la otra, que las rechaza. Me refiero a las leyes acerca de las actividades religiosas. Los medios occidentales hablan de «Iglesia oficial», o patriótica, y de «Iglesia clandestina», que es la no reconocida por el Gobierno. Los católicos que viven en China conocen estas definiciones, pero saben distinguir entre la política religiosa del Gobierno y su propia fe. Para ellos, en China no hay más que una sola Iglesia, a saber, la Iglesia una, santa, católica y apostólica. En esta única Iglesia se encuentran dos comunidades distintas, cada una con sus obispos y sus sacerdotes.

Entre ellos hay frecuentes disputas, que no se deben a diferencias en la fe, sino que son más bien expresión de conflictos de interés religioso. Además, después de los insistentes llamamientos del papa Juan Pablo II, las dos partes ya han comenzado a reconciliarse. Una prueba muy elocuente de ello fue la ordenación episcopal de monseñor Xing Wenzhi, en 2005. Ahora, como la Santa Sede está dialogando con el Gobierno chino, los que se oponen acentúan de manera exagerada e intencionada la
diferencia entre la «Iglesia oficial» y la «Iglesia clandestina», y la explotan sin escrúpulos para impedir el diálogo que se está dando. Eso no ayuda a la vida y la misión de la Iglesia en China.

En casos análogos, a menudo se dice que hay que tener un «sano realismo». ¿Cómo se aplica este principio a la realidad china?

El Gobierno chino es comunista. Esta es una realidad que seguramente no cambiará durante mucho tiempo. Pero, aun así, la Iglesia en China debe tener alguna relación con el Gobierno chino. ¿Qué relación? ¿De oposición? Sería un suicidio. ¿De compromiso? Tampoco, porque la Iglesia perdería su propia identidad. Entonces, la única relación posible es la de tolerancia recíproca.

La tolerancia es distinta del compromiso. Este le cede cualquier cosa al otro, y lo hace hasta el grado que el otro considere satisfactorio. La tolerancia no cede ni exige al otro que ceda. Pero la tolerancia recíproca entre la Iglesia y el Gobierno chino tiene una premisa: que la Santa Sede no se oponga al Gobierno. En efecto, si la Santa Sede se opusiese al Gobierno, la Iglesia en China estaría obligada a elegir entre la una o el otro y, necesariamente, elegiría a la Santa Sede. Así, la Iglesia desagradaría al Gobierno chino. Si la Santa Sede no se opone al Gobierno, uno puede preguntarse: ¿tolerará este último a la Iglesia en China? Solo puedo decir que la Iglesia católica en China existe y funciona. Esto significa que, de alguna manera, la tolerancia ya se está experimentando.

A la luz de este «sano realismo», ¿cómo puede interpretarse la sufrida historia humana y eclesial de monseñor Tadeo Ma Daqin, obispo auxiliar de Shanghái?

Monseñor Ma Daqin fue ordenado obispo el 7 de julio de 2012. En ese momento era un obispo aceptado por ambas partes: por la Santa Sede y por el Gobierno chino. No obstante, a causa de la declaración con la que dejó la Asociación Patriótica, fue obligado a retirarse de She Shan y no ha podido ejercer nunca más la función episcopal. En junio del año pasado publicó en su sitio web un artículo en el que se manifestó arrepentido de haber abandonado la Asociación Patriótica. Más recientemente, el 6 de abril pasado, un día de Pascua, fue a la provincia de Fujián y celebró públicamente la misa con el obispo «ilegítimo» Zhan Silu. Por eso los medios occidentales comenzaron a hablar de su «cambio de postura» y de su «traición».

Yo conozco muy bien al obispo Ma Daqin. Él no ha cambiado de postura ni se ha rendido. Creo, más bien, que se ha «despertado». Mire; muchos dicen que aman a China, pero tienen una idea abstracta del país. Aman, tal vez, la China de Confucio o la de Jiang Jieshi (Chiang Kai-shek). Para el obispo Tadeo Ma Daqin, amar a China quiere decir amar la China concreta, es decir, la China actual, la China gobernada por el partido comunista. Además, ya no cree que la Iglesia deba oponerse necesariamente al Gobierno chino. Más aún, ha comprendido que, para poder existir y actuar en la China de hoy, es necesario que la Iglesia se haga por lo menos tolerable a los ojos del Gobierno.

En suma, monseñor Ma Daqin es un obispo chino con un sano realismo. En efecto, el hecho de que haya ido a Mindong y de que haya concelebrado con el obispo «ilegítimo» Zhan Silu tenía como objetivo una reconciliación con el Gobierno chino. Mons. Ma Daqin es un obispo chino que vive en China, y si bien ahora se encuentra bajo arresto domiciliario, está intentando un acercamiento al Gobierno. Espero que la Santa Sede lo apoye y lo deje intentarlo. La reconciliación entre la Iglesia en China y el Gobierno es el punto en el que Juan Pablo II insistió mucho durante su pontificado. Ahora el obispo Ma Daqin está procurando realizarla. ¡Que san Juan Pablo II lo bendiga desde el cielo!

Son muchos los obispos, sacerdotes y laicos que en las últimas décadas sufrieron para dar testimonio de la fe y del amor a la Iglesia. ¿Qué enseña su fidelidad a la Iglesia de hoy y a las nuevas generaciones?

Su pregunta me recuerda un sermón que pronuncié en el domingo XII del tiempo ordinario. Ese domingo se lee el Evangelio de Mateo.[3] En mi homilía dije: «Las palabras que habéis escuchado fueron dichas por Jesús a sus discípulos. Al oírlas podemos tener la impresión de que Jesús fue muy severo, demasiado severo. En efecto, dijo que no debemos temer a los que pueden matar nuestro cuerpo pero no nuestra alma, sino que debemos temer más bien a aquellos que mandan nuestro cuerpo junto con nuestra alma al infierno. Debemos saber que Jesús, que quiere salvarnos, no puede salvar a aquellos que no tienen el coraje de confesar la propia fe. Por otra parte, Jesús nos ha asegurado que no debemos temer. Dios, que se preocupa hasta por dos pajarillos o por un cabello de nuestra cabeza, piensa también en nosotros».

Los muchos obispos, sacerdotes y laicos que en las últimas décadas sufrieron por dar testimonio de la fe y por su amor a la Iglesia han comprendido y seguido esta enseñanza de Jesús. Ahora nos la transmiten también a nosotros y a las nuevas generaciones, con su ejemplo personal. Además, «la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos». Gracias a sus méritos, hoy los católicos en China gozamos de una cierta medida de paz y en nuestras parroquias ha crecido el número de los que participan en las misas. Estamos agradecidos por ello.

¿Qué deseo y esperanza querría formular personalmente para el camino de los católicos chinos?

Espero que no sean como algunos que viven fuera de China y se preocupan por la suerte de los católicos en China de una manera incongruente, dañando a la Iglesia. Deseo y espero que los católicos en China no se vean obligados a ir a otra parte, convirtiéndose así en huéspedes o en refugiados. Espero, por el contrario, que los católicos chinos podamos vivir una vida auténticamente cristiana en nuestro país.

En la actualidad se está desarrollando el diálogo entre la Santa Sede y el Gobierno chino: es mi deseo y esperanza que la Santa Sede no rete al Gobierno con un ideal demasiado alto y carente de realismo, cosa que nos obligaría a elegir entre esta y el Gobierno chino.

[1] Véase J. Shih, «Il metodo missionario di Matteo Ricci», en La Civiltà Cattolica, 1983, I, pp. 141-150; íd., «La Chiesa cattolica in Cina. Una testimonianza», ibíd., 2016, II, pp. 369-374.

[2] Benedicto XVI, Carta a los obispos, presbíteros, personas consagradas y fieles laicos de la Iglesia católica en la República Popular China, Roma, 27 de mayo de 2007. Véase también La Civiltà Cattolica, «Nota esplicativa sulla lettera di Benedetto XVI ai cattolici cinesi», en La Civiltà Cattolica, 2007, III, p. 107.

[3] Más precisamente, Mt 10,26-33.