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El nuevo arzobispo de Rabat, Cristóbal López, sdb
Si aquí nos viene alguien con el mensaje de que quiere ser cristiano, le decimos: mejor vete a Europa, porque si lo haces aquí (la conversión) va a ser para ti la muerte, no física, sino la muerte social, familiar y laboral

El nuevo arzobispo de Rabat, el español Cristóbal López Romero, que acaba de ser ordenado como máxima autoridad católica para Marruecos (con excepción de la franja norte del país), tiene muy claro que su misión va a ser "construir puentes entre culturas, religiones y continentes".

En una entrevista con Efe, López Romero, de 65 años, un salesiano con amplia experiencia misionera en Paraguay (donde pasó 18 años) y Bolivia, reconoce que la Iglesia en Marruecos se ha "africanizado", en el sentido de que ya no es una Iglesia para la exigua comunidad europea, sino que los subsaharianos son los que llenan los bancos en las misas y los que se apuntan a las catequesis.

La última misa del Domingo de Pascua que celebró en Casablanca -recuerda el arzobispo originario de Vélez Rubio, Almería- tuvo una asistencia récord de 1.200 personas, de las que tres cuartas partes eran africanos, y estuvo "llena de cánticos y danzas", otro síntoma de que las cosas están cambiando en estas iglesias de Marruecos.

Hay en Marruecos más de 50.000 subsaharianos, entre ellos católicos, protestantes y musulmanes, pero sus precarias condiciones de vida y sobre todo de llegada han obligado también a la Iglesia a multiplicar su labor benéfica a través de la ONG Cáritas, que emplea en el país magrebí a 80 personas y tiene un presupuesto que triplica al del arzobispado.

"Nuestra labor es levantar a esas personas que llegan traumatizadas" tras un largo viaje lleno de privaciones y de violencia en su viaje muchas veces truncado hacia Europa, recuerda el arzobispo, que resalta la paradoja de que esa Europa esté "derribando sus fronteras internas y fortificando las exteriores".

López Romero maneja la cifra de 30.000 católicos en Marruecos, procedentes de 100 países diferentes -no sólo africanos, también hay filipinos y de otros países de Asia-, a los que atienden 32 sacerdotes en los distintos templos que quedan desde la época de la colonización.

Algunos sacerdotes -recuerda- hacen 500 kilómetros en un solo día para celebrar una misa, como sucede con el párroco de Midelt que cada domingo atraviesa el Atlas para ir a Errachidía a "llevar la palabra" a un grupito de cinco personas.

Están además todas las escuelas católicas, casi desconocidas: en Marruecos, hay 15 establecimientos escolares dependientes del arzobispado, que dan clase a unos 15.000 alumnos, de forma paradójica casi exclusivamente marroquíes musulmanes.

Pero estas escuelas solo tienen de católico el nombre, ya que siguen el programa curricular marroquí, incluyendo la asignatura de religión musulmana, y en algunos casos hacen recitado del Corán el viernes, día sacro en el islam, una iniciativa que López Romero introdujo en la ciudad de Kenitra, donde dirigió una escuela Don Bosco durante varios años.

Llegamos así a una de las cuestiones más delicadas para la Iglesia en Marruecos: cómo manejar las conversiones de marroquíes al cristianismo, que por ley están castigadas y sufren además de una gran reprobación social.

El arzobispo tiene claro que su labor de evangelización en Marruecos "no es cuestión de palabras, sino de testimonio; es decir, no pasa por convertir a la gente ni hacerlos cambiar de religión", descartando por completo cualquier idea de proselitismo, algo que según él dejó zanjado el Concilio Vaticano segundo.

López Romero reconoce que en Marruecos hay tolerancia y libertad de culto "para los extranjeros", "pero el país tiene pendiente la asignatura de la libertad de conciencia", y eso será así mientras la sociedad en general no evolucione: "Ellos tienen que abrir la puerta y reclamar sus derechos", dice.

"Si aquí nos viene alguien con el mensaje de que quiere ser cristiano, le decimos: mejor vete a Europa, porque si lo haces aquí (la conversión) va a ser para ti la muerte, no física, sino la muerte social, familiar y laboral".

La Catedral de Rabat, construida en los tiempos boyantes en que había en Marruecos 500.000 fieles, se levanta majestuosa en el centro de la ciudad. Agentes de policía la vigilan con discreción: para proteger el templo pero también para evitar cualquier visita inapropiada.

Se da así la paradoja de que la Iglesia católica goza de las mejores relaciones y consideraciones a nivel oficial -el wali o gobernador civil de Rabat asistió a la ordenación arzobispal de López Romero en primera fila-, pero no puede acercarse a la exigua y sufriente comunidad cristiana marroquí, que en los últimos años centra sus reclamos en tres cuestiones: nombre, templo y tumba.

(RD/Efe)