• Director: José Manuel Vidal
Mundo
Bartolomé, Francisco y Tawadros
Que desde el curso del Nilo hasta el Valle del Jordán y más allá, pasando por el Orontes, el Tigris y el Éufrates, resuene el grito del Salmo: «La paz contigo»

(José M. Vidal).- Profeta del ecumenismo y peregrino de la paz. Con estos dos títulos, que esconden sendos objtivos, cominza el Papa Francisco su visita a la ciudad italiana de Bari. Desde ella, rodeado de los Patriarcas y líderes de todas las iglesias, lanza un sos por el Oriente Medio que "hoy llora, sufre y calla". Para convertirse en la "voz de los sin voz", que "combate el homicidio de la indiferencia".

El helicóptero en que viaja Frncisco desde Roma terrizó en la plaza Cristoforo Colombo, donde le esperaban las autoridades de la ciudad: el presidente de la región de Apulia, el prefecto, el alcalde y el arzobispo, monseñor Cacucci.

En un pequeño utilitario, el Papa llega a la plaza de Bari y, en la entrada de la catedral va recibiendo y saludando, uno a uno, a todos los patriarcas, que lo van a acampañar en la oración ecuménica, mientras suenan las campanas, tocando a gloria. Están todos, desde Bartolomeo a Tawadros, pasando por los maronitas, los sirios, los caldeos y todos los demás líderes de todas las confesions cristianas. En representación del patriarcado ruso, el metropolita Hilarion.

Tras los saludos a los patriarcas, el Papa entra en la basílica, donde es recibido por el prior dominico y los miembros de su comunidad.

El Papa baja a la cripta de la basílica, donde ya le esperan los Patriarcas, para venerar las reliquias de San Nicolás y encender la lámpara 'uniflamma'.

Ante la tumba de San Nicolás, el Papa se arrodilla y, después, se tumba casi por completo en tierra por tres veces y, después, enciende la lámpara uniflamma, mientras los presents cantan himnos al Señor.

Terminada la orción ante la tumba de San Nicolás, el Papa y los Patriarcas salen de la basílica y se dirigen, en autobús, abierto por los lados, todos juntos a 'Rotonda', en el paseo marítimo de Bari, donde se celebra un encuentro de oración. A lo lago del Paseo Marítimo, la gente saluda al paso del autobús.

En La Rotonda, un altar en forma de tienda, presidido por el lema 'Sobre ti la paz', al lado del mar. Al fondo, una fragata italiana que vigila.

El Papa y los patriarcas bajan del autobús y se dirigen al estrado-altar, para rezar por la paz en Oriente Medio.

Texto íntegro del discurso del Papa

Queridos hermanos Hemos llegado como peregrinos a Bari, ventana abierta al cercano Oriente, llevando en el corazón a nuestras Iglesias, a los pueblos y a tantas personas que viven en situación de gran sufrimiento. A ellos les decimos: «Estamos cerca de vosotros».

Queridos hermanos, os agradezco de corazón por haber venido hasta aquí con generosidad y premura. Y estoy muy agradecido a todos vosotros, que nos hospedáis en esta ciudad, ciudad del encuentro y de la acogida. En nuestro camino común nos sostiene la Madre de Dios, venerada aquí como Odegitria: la que muestra el camino.

Aquí descansan las reliquias de san Nicolás, obispo de Oriente, cuya veneración surca los mares y atraviesa las fronteras entre las Iglesias. Que el Santo milagroso interceda para curar las heridas que tantos llevan dentro. Aquí contemplamos el horizonte y el mar y nos sentimos impulsados a vivir esta jornada con la mente y el corazón dirigidos a Oriente Medio, encrucijada de civilizaciones y cuna de las grandes religiones monoteístas.




 

Allí nos visitó el Señor, «sol que nace de lo alto» (Lc 1,78). Desde allí, la luz de la fe se propagó por el mundo entero. Allí han surgido los frescos manantiales de la espiritualidad y del monacato. Allí se conservan ritos antiguos únicos e inestimables riquezas del arte sacro y de la teología; allí pervive la herencia de los grandes Padres en la fe. Esta tradición es un tesoro que hemos de custodiar con todas nuestras fuerzas, porque en Oriente Medio están las raíces de nuestras mismas almas.

Pero sobre esta espléndida región se ha ido concentrando, especialmente en los últimos años, una densa nube de tinieblas: guerra, violencia y destrucción, ocupaciones y diversas formas de fundamentalismo, migraciones forzosas y abandono, y todo esto en medio del silencio de tantos y la complicidad de muchos. Oriente Medio se ha vuelto una tierra de gente que deja la propia tierra. Y existe el riesgo de que se extinga la presencia de nuestros hermanos y hermanas en la fe, desfigurando el mismo rostro de la región, porque un Oriente Medio sin cristianos no sería Oriente Medio.


Esta jornada inicia con la oración, para que la luz divina disipe las tinieblas del mundo. Ya hemos encendido, delante de san Nicolás, la «lámpara de una sola llama», símbolo de la unicidad de la Iglesia. Juntos deseamos encender hoy una llama de esperanza. Que las lámparas que colocaremos sean signo de una luz que aun brilla en la noche. Los cristianos, de hecho, son luz del mundo (cf. Mt 5,14), pero no solo cuando todo a su alrededor es radiante, sino también cuando, en los momentos oscuros de la historia, no se resignan a las tinieblas que todo lo envuelven y alimentan la mecha de la esperanza con el aceite de la oración y del amor.

Porque, cuando se tienden las manos hacia el cielo en oración y se da la mano al hermano sin buscar el propio interés, arde y resplandece el fuego del Espíritu, Espíritu de unidad, Espíritu de paz. Recemos unidos, para pedir al Señor del cielo esa paz que los poderosos de la tierra todavía no han conseguido encontrar.


Que desde el curso del Nilo hasta el Valle del Jordán y más allá, pasando por el Orontes, el Tigris y el Éufrates, resuene el grito del Salmo: «La paz contigo» (122,8). Por los hermanos que sufren y por los amigos de cada pueblo y religión, repitamos: La paz contigo. Con el salmista, lo imploramos de modo particular para Jerusalén, la ciudad santa amada por Dios y herida por los hombres, sobre la cual el Señor aún llora: La paz contigo.

La paz: es el grito de tantos Abeles de la actualidad que sube al trono de Dios. Pensando en ellos, no podemos ya más permitirnos decir -ni en Oriente Medio ni en cualquier otra parte del mundo-: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). La indiferencia mata, y nosotros queremos ser una voz que combate el homicidio de la indiferencia. Queremos dar voz a quien no tiene voz, a quien solo puede tragarse las lágrimas, porque Oriente Medio hoy llora, sufre y calla, mientras otros lo pisotean en busca de poder y riquezas.


Para los pequeños, los sencillos, los heridos, para aquellos que tienen a Dios de su parte, nosotros imploramos: La paz contigo. Que el «Dios de todo consuelo» (2 Co 1,3), que sana los corazones destrozados y venda las heridas (cf. Sal 147,3), escuche nuestra oración.

Tras la intervención del Papa, van interviniendo los demás patriarcas con una oración en su propio idioma, con cantos y antífonas.


Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios.

Lectura del pasaje de las Bienaventuranzas del Evangelio sgún San Mateo, cantado en árabe.

Todos juntos, cada cual en su lengua, rezan el Padre Nuestro.

Tras un momento de silencio, los jóvenes entregan a los líderes religiosos lámparas encendidas, como símbolo de la paz en Oriente Medio y en el mundo. Recibidas las lámparas, el Papa y los demás patriarcas las colocan juntas sobre una plataforma.

El acto termina con el saludo de la paz intercambiada y la bendición que cada Patriarca realiza. Y el himno a San Nicolás, patrón de Rusia y de Grecia, icono del ecumenismo, sumamente venerado en Oriente y en Occidente. Por la paz y la unidad, simbolizada en la lámpara 'uniflamma', con uno sola llama.

Finalizado el encuentro de oración, el Papa y los Patriarcas regresan en autobús a la basílica de San Nicolás, donde celebrarán un encuentro de diálogo a puerta cerrada.