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Juan XXIII, el Papa de la paz

Relato sobre el nombramiento del "Papa de la Bondad"

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"Entrañablemente único Juan XXIII"

González-Balado recuerda los detalles del "Habemus Papam" del 58

José Luis González-Balado, 04 de November de 2011 a las 16:17

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Roncalli eligió un nombre olvidado y gastado en papas, sin prever que él lo iba a "rejuvenecer"
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El Papa de la Paz

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(José Luis González-Balado)- El 28 de octubre de 1958: ¡que si lo recuerdo, a pesar del largo medio siglo transcurrido desde entonces! Fue el día en que un cardenal-arzobispo llamado Angelo Giuseppe Roncalli, menos conocido y apreciado de lo que se merecía, añadió, sin sustituirlo del todo, otro nombre que al tiempo que lo hizo mucho más conocido y apreciado, lo convirtió en definitivamente inolvidable. Desde aquel día, que más bien fue un atardecer romano, eligió ser llamado Juan XXIII.


Hay quien recuerda aquel 28 de octubre de 1958 con muy particular emoción. Salvo error, han pasado 53 años desde que tal 28 de octubre le quedó a uno tan grabado que apenas hay otro día, entre los 365 del año, tan emocionalmente destacado y feliz.


¿Que por qué? Sencillamente por haber sido el día en que en el horizonte de la Iglesia católica -podríase decir que del mundo entero- apareció la imagen del Papa más humano, más sencillo, más inolvidable, y más bueno que registra la historia.


Hasta aquella tarde, el ya Papa se había llamado Angelo Giuseppe Roncalli, pero para algunos, quizá para muchos, resultaba casi desconocido. Desde dicho atardecer entró definitivamente en la historia con un nombre que, sin anular el de Angelo Giuseppe, fue y permanecerá siendo por los siglos Juan XXIII.


A lo mejor se dice también en otras lenguas, pero uno lo recuerda en italiano como equivalente a "por la víspera se conoce el santo". Angelo Giuseppe llegó hasta tal víspera para muchos ilógica y casi injustamente desconocido. Había sido una víspera un tanto extraña, con algo de artificial dentro de su también lógica naturalidad.


Un par de semanas antes había muerto un Papa, Pío XII, y se gestaba su sucesión mediante cónclave de cardenales. Angelo Giuseppe lo era, no muy conocido, sin ser, para los gestores e intérpretes de la opinión pública, uno de los candidatos a la sucesión.


La verdad es que candidatos, por circunstancias en parte tan tirando a extrañas como el encumbramiento excesivo del Papa recién fallecido, apenas si los había. Quiérese decir para la opinión pública, porque uno ha oído que candidatos potenciales para suceder a un Papa lo son todos los cristianos, por más que, una vez medioimposiblemente elegidos, tendrían que pasar por la recepción de unos "trámites" el más remoto-próximo de los cuales sería el sacramento del orden sacerdotal primero y episcopal después, más el rito del cardenalato, que, aunque no es sacramento, sí es requisito obligatorio.


Uno lo recuerda bien: superado el mito de que para la sucesión de un Papa tan grande como Pío XII no era imaginable cardenal alguno de los 50 y pocos que le habían sobrevivido , asomaron con timidez a las crónicas un par de nombres. Uno de tales nombres era el de un patriarca oriental, residente en Roma, llamado Gregorio Pietro Agagianian. Aparte de que tenía merecida fama de bueno, a la gente -a los romanos, más bien, que "jugaban en casa"- les convencía su rostro amable, un tanto-bastante exótico.


Su candidatura lo hizo tan popular que caía bien a muchos, menos a él mismo. Uno recuerda un acto público que se produjo por los días de sede vacante, en el que participó por competencia Agagianian, prefecto entonces de Propaganda Fide. Nada más bajarse del coche y ser identificado por el bullicioso público romano, se produjo una explosión unánime y espontánea de ¡Viva el Papa! Su rostro, que era el de un hombre entonces cercano, por arriba o por abajo a los ochenta, apareció de improviso teñido de un rojo y timidez casi infantiles, más auténticos que si fueran pintados.


Otro candidato era el cardenal italiano, arzobispo de Génova, Giuseppe Siri. Para algunos habría sido el preferido de Pío XII. Para otros, empezando por sus colegas italianos de cardenalato, por ejemplo los arzobispos de Palermo, de Nápoles, de Turín o de Bolonia, cuyos nombres también asomaban en algunas listas, por muy culto y brillante y lleno de vitalidad que fuera, Siri presentaba un grave hándicap: con sus 50 años de edad, lo menos que constituía era el peligro de que los enterraría a todos, ya que ninguno bajaba de los 70 años. Aparte de que era considerado demasiado rigorista.


Angelo Giuseppe Roncalli, que además de cardenal era arzobispo de Venecia, aparecía poco menos que como nombre de relleno en algunas listas, algo que a él le preocupaba menos que nada. Por su parte, en alguna conversación más bien informal, a él se le había escapado que, en caso de tener que buscar un candidato para suceder a Pío XII, su preferido hubiera sido el arzobispo de Milán, Juan Bautista Montini, al que conocía y había tratado desde muchos años atrás y hacia el que nutría una sólida estima. Sólo que Montini no era cardenal.

Hay quienes sospechamos que el hecho de que aún no fuera cardenal cuando falleció Pío XII fuese la dificultad insalvable con que pudo tropezar Roncalli en el cónclave en que, con sorpresa no muy lógica, resultó elegido él mismo. Pudo ocurrir que Roncalli empezase votando a Montini, pero viendo que para los otros la dificultad de que no fuese aún cardenal era obstáculo insalvable, también él optase por votar otros nombres. Por supuesto, no el suyo.


Uno osa conjeturar que lo probable es que diese su voto convencido a Gregorio Pietro Agagianian. ¿Que en qué se basa uno? En una "ruptura" del secreto del cónclave que, ya Papa, hizo él autorizadamente -el Papa puede hacerlo...- en una ocasión (6/8/1959) en que visitó el Colegio de Propaganda Fide, "terreno" de Agagianian. No sin cierto rubor por parte del tímido Cardenal-Patriarca armeno, Juan XXIII reveló a sus alumnos que, en el cónclave, sus nombres parecían garbanzos en un puchero hirviendo: a tenor del hervor del agua, a veces subían a flote unos y otras veces otros.


Me vienen al recuerdo otros detalles de aquel cónclave, empezando por fechas y... horarios. Se inauguró al atardecer del sábado día 25. Aparte de la cena juntos, probablemente austera por la edad de los cardenales reunidos y el cambio de ambiente y de cama, lo que aquella noche no hubo fue votación. La crónica-historia recoge que la mañana siguiente hubo dos votaciones. (Era lo previsto: dos votaciones por la mañana y dos por la tarde, con "publicación" del resultado, mediante las fumatas, después de cada segunda votación).


Por ser domingo, sin escuelas ni universidad para los jóvenes, sin trabajo para los "currantes" a sueldo, con abundancia de turistas y de visitantes armados de razonable curiosidad, la Plaza de San Pedro se fue poblando poco a poco hasta verse "extrallena" hacia mediodía. Eran personas que querían observar, muchos por primera vez en sus vidas, y conocer en primicia, a través del humo de la chimenea de la Sixtina, el resultado de la excepcional actividad de los cardenales.


Las miradas de todos, especialmente a medida que se iba aproximando una cierta hora (en torno a las 11,30/12), estaban pendientes del punto del tejado -por cierto, nada vistoso- donde, por referencias, se situaba la misteriosa chimenea. La espera se hizo larga, pero llegó el momento en que, tras una pequeña ráfaga humeante, se produjo un estrépito de júbilo casi justificado, no sólo ni tanto porque se hubiera estado esperando con impaciencia, sino porque la impresión, poco menos que unánime, fue la de que se trataba de humo blanco.


Como no se sabía ni casi preveía quién pudiera ser el elegido, los aplausos se entendían poco menos que como homenaje al Papa anterior, viendo en la prontitud de la elección algo parecido a un milagro. Unos aplausos aparecían subrayados con ecos de un ¡Viva el Papa! que, por la incertidumbre de los pronósticos no se sabía quién pudiera ser: para algunos, los "fans" (¡con perdón!) de Eugenio Pacelli, seguía siendo homenaje al aún recientemente inhumado.


El humo siguió siendo blanco por un par de largos minutos, prolongando la sensación del medio milagro aludido de que el acuerdo de la larga mayoría (salvo error, se exigía que de tres cuartos más uno) hubiera cristalizado tan pronto. Sólo que, pasados unos minutos, hubo quien empezó a dudar del color del humo. La duda adquirió consistencia y frenó los aplausos cuando alguien, en singular primero y en plural en seguida, con mejor olfato visual, creyó percatarse de que el humo estaba empezando a ser oscuro. Y puesto que el humo era el único medio de "interlocución" entre los enclaustrados de la Sixtina y los espectadores de la Plaza vaticana, los representantes de la cardenalada se dieron cuenta del equívoco involuntariamente provocado y trataron de poner remedio al despiste.


Evidentemente, el "fogonero" no había tenido muchas ocasiones, quizá ninguna, de ejercitarse en la profesión: no supo atizar el fuego en seguida con el combustible capaz de producir la clase de humo que procedía. Los espectadores se retiraron un tanto decepcionados, pero también comprendiendo que había una cierta lógica en que la difícil elección requiriese más votaciones y tiempo.


Un cierto número de los más bien decepcionados de la mañana volvieron a la Plaza por la tarde para constatar que la fumata posterior a la doble votación vespertina fue de nuevo, ya desde el comienzo, claramente... negra.


Como lo que divulgaban los analistas era la dificultad de un acuerdo en seguida suficientemente mayoritario, el número de curiosos bajó mucho el lunes 27, a la mañana y a la tarde, y aún más la mañana y tarde del día 28. Sólo, que antes o después -por supuesto que mejor si antes...-, un acuerdo mayoritario entre los cardenales tenía que producirse y la curiosidad de los espectadores -en algunos casos, tirando a devotos- era inagotable, cuando el 28 hacia las 17,15 se produjo fumata blanca, los que habían acudido a la Plaza hicieron resonar de tal manera sus gritos de júbilo, repetidos en eco por toda Roma, se improvisó una especie de procesión que en poco tiempo llenó a rebosar la Plaza de San Pedro.


Más que superfluo decir que en el humo que salió por la chimenea de la Sixtina no se leyó el nombre del vencedor... "perdedor" de la votación cardenalicia. Su nombre, casi simultáneamente a su rostro, sólo pudo conocerse en torno a dos horas más tarde. Es que antes hubo de cumplirse un tan riguroso como razonable rito. El "elegido- víctima" tuvo que contestar a la formalísima pregunta del decano de la cardenalada, el francés Eugène Tisserant, de si aceptaba la elección llevada a cabo, bien entendido que a tenor de las normas reglamentarias.


Roncalli pudo haber dicho que no, sin que resulte improbable pensar que casi lo hubiera deseado, en vista de lo que se le había caído encima. Pero se dejó vencer por muy otro razonamiento: el de que, "viendo en la elección realizada por sus hermanos cardenales la voluntad de Dios", sí aceptaba el peso de tal responsabilidad, rogándoles que le ayudasen a sobrellevarlo.


Es tradición, aunque a uno le cuesta creer que tenga que ser rigurosamente esencial para la validez, que el elegido cambie de nombre. El decano Tisserant le hizo una segunda pregunta sobre cómo quería llamarse. La que dio el recién elegido no fue por ningún ánimo de mostrarse original sino más bien expresando una muy humilde devoción. Eligió un nombre -no hace falta aclararlo- olvidado y gastado en papas, sin prever que él lo iba a "rejuvenecer".


La espera entre la elección ya formalizada y la aparición en el balcón de la basílica vaticana para saludar al -ser, más bien, saludado por el-público que abarrotaba la Plaza consta que diese lugar al cumplimiento de otros preámbulos más o menos reglamentarios y hasta a algunas anécdotas.


Dicen que, en previsión de que el elegido pueda ser alto, bajo o de estatura media, y/o también delgado, normal u obeso, un sastre vaticano recibe con antelación el encargo, se supone que correctamente remunerado, de preparar tres trajes pontificios, dos de los cuales por lo menos se morirán de envidia del... sólo acaso "consumible". El lector recuerda suficientemente la "configuración física" del Elegido el 28 de octubre de 1958 para comprender que, por lo que según algunas referencias tan afectuosas como un tanto indiscretas, ni siquiera el traje para vestir la obesidad le encajaba del todo. Lo cual a él no le creaba complejo alguno por sí mismo. Menos aún estrenar traje papal le halagaba lo más mínimo. Sólo le preocupaba que cuantos estaban en la Plaza, impacientes de verle y recibir una bendición que quería impartirles de todo corazón, tuviesen que esperar demasiado, antes de regresar a sus hogares u hoteles para cenar y acostarse. Es lo que aseguraron testigos de la Sixtina haberle movido a decir a los que trataban de encajarlo en un traje no hecho a medida hasta el punto de que no lograban abotonar todos los botones...


Por fin, en todo caso, se abrió la puerta que daba al balcón central de la Basílica vaticana. Las miradas de todos se centraron en los tres o cuatro cardenales que "tapaban" al gran Elegido que venía detrás.


Tras los primeros aplausos se oyeron las palabras de tan celebérrima contingencia: Nuntio vobis...Os anuncio un gran gozo: ¡tenemos Papa! Lo cual se daba por sabido. Interesaba lo siguiente, que el cardenal-diácono Nicola Canali ralentizó pronunciar, consciente de estar viviendo un momento de gloria irrepetible. El elegido era el Eminentissimum ac Reverendissimum Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem... Un impaciente silencio acogió sus palabras que él reconocía ser las más importantes hasta el punto de que difícilmente volvería a tener ocasión de repetirlas en la vida.


Prosiguió en un latín que resultaba inteligible hasta por los que no lo sabían. El elegido era Angelum Josephum...nombre que podía ser el de cualquiera de los cardenales, incluso extranjeros. La identidad fue percibida cuando afirmó ser el apellidado Roncalli.


A pesar de que fue general, el aplauso que se produjo tras el anuncio resultó algo inseguro. Evidentemente italiano el elegido era un italiano, pero por no tenerlo identificado candidato pocos percibieron en seguida que se tratase del Cardenal-Arzobispo de Venecia. El cual asomó de inmediato para decir unas breves palabras de saludo que cayeron muy bien, y trazar una bendición sencilla y de escaso parecido con las que muchos recordaban como caracterizantes del pontificado anterior.


No es improbable que el nuevo Papa llamado Juan XXIII hubiese estado más que dispuesto para "desahogarse" un poco más con los que ya eran sus hijos y representaban a los de todo el mundo. Pero pensó que pudieran estar cansados y prefirió que pudiesen irse. Y el primero en retirarse del balcón fue él.
La verdad es que, aun sin haber sido el Papa de los pronósticos, la impresión de muchos, tras aquella su primera comparecencia pública resultó más bien favorable.


De hecho, al abandonar la Plaza, pocos se atrevían a expresar su juicio. Pero, por los tímidos de la "periferia" se pronunció un reducido grupo de romanos mediante un juicio que pasó a la historia: Il nuovo Papa sarà quel che sarà, ma la faccia de bbono ce l'ha! Traducido un poco libremente suena: Dígase lo que se quiera, nadie podrá negar que tiene un rostro que transpira bondad...


Quien escribe, habiendo sido testigo presencial de los hechos, reconoce y siente que, sobre el tema, quedarían muchas cosas interesantes por decir. Como espera, en días próximos, disponer de espacio para hacerlo, promete que, D.m., compartirá con los lectores uno o dos capítulos más sobre el entrañablemente único Juan XXIII, también conocido, mayormente por los italianos que lo vieron más de cerca, como Papa Buono: un Papa, el gran, inolvidable y por antonomasia Papa de la Bondad.


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