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Religión Digital

El Papa Benedicto XVI

La "vieja guardia" anhela la "agonía televisada" de Juan Pablo II

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Con la renuncia de Ratzinger, el papado gana en humanidad y pierde en sacralidad

Las corrientes conservadora y progresista de la Iglesia difieren en su análisis del gesto papal

José Manuel Vidal, 12 de febrero de 2013 a las 18:04
¿Se puede impone a Ratzinger este ostracismo absoluto en lo que le quede de vida? ¿Acecha el peligro de cisma en la Iglesia?
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El Papa, con el Anillo del Pescador

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  • El Papa, con el Anillo del Pescador
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(José Manuel Vidal)- Después de la sorpresa, surge la polémica. La renuncia del Papa, como todo en la Iglesia, se ve y se enjuicia de diversa forma según el lugar desde el que se contemple. Y es que la cruz, el símbolo del cristianismo, tiene dos palos: El vertical que une a Dios con los hombres y representa la espiritualidad, y el horizontal que hermana a los hombres entre sí y representa el compromiso por la justicia.

En la Iglesia católica, los conservadores apuestan más por el vertical y los progresistas, por el horizontal.

Sin casarlos ambos (o intentarlo) no existe seguimiento de Jesucristo. Y en el intento de casarlos difieren las dos grandes corrientes o sensibilidades eclesiales. Y esta diferencia marca su historia siempre, para todo y en todo. Desde los asuntos más complejos a los más triviales. Y esa división esquemática funciona también en la Iglesia a la hora de enjuiciar y valorar la renuncia de Benedicto XVI al papado.

La vieja guardia

El arzobispo de Cracovia y secretario de Juan Pablo II durante casi 40 años, Stanislaw Dziwisz, recordó ayer mismo que el Papa polaco "guió la Iglesia hasta el final" y llevó su pontificado hasta el último aliento "gracias a su fe".

El ahora cardenal polaco, uno de los máximos exponentes de la llamada 'vieja guardia' vaticana junto al cardenal Angelo Sodano, asegura que "de la Cruz no se desciende", en lo que se interpreta como una crítica abierta al anuncio de renuncia de Benedicto XVI.

Dziwisz, partidario de que el Papa siga reinando aunque no gobierne, como le pasó a Juan Pablo II durante los cinco últimos años de su vida y de su agonía televisada, es un claro exponente del sector conservador eclesiástico, que mira con malos ojos el gesto papal. Basados en la mística sacrificial de la entrega absoluta y hasta el final, consideran que la renuncia esconde una notable dosis de cobardía, de falta de entrega e, incluso, de traición a la misión propia del vicario de Cristo en la tierra.

Y lo cierto es que la decisión del Papa Ratzinger desacraliza el papado y lo pone a la altura de un reino humano. Hasta ahora, el Papa era rey absoluto del Estado vaticano y de la institución eclesial, donde su simple palabra es ley, porque detenta los tres poderes en su persona. Tanto poder que el teólogo Hans Küng suele llamar "el último monarca absolutista" al Papa.

Desde el momento en que renuncia a su cargo, Benedicto XVI rompe el aura de misterio y de sacralidad que lo rodea. El Papa se convierte en un Rey como los demás, que hasta puede abdicar. Ya no reina hasta la muerte. Ya no es rey de reyes.

Además de la pérdida de sacralidad, los conservadores aseguran que la Iglesia se las va a ver y desear para gestionar la nueva situación de dos Papas vivos. Por mucho que uno esté retirado y el otro, en ejercicio. Por mucho que el renunciante deje de ser obispo de Roma. Ha sido Papa y será un Papa jubilado.

¿Podrá opinar, podrá decir lo que piensa sobre la marcha de la barca de Pedro? ¿O tendrá que autoimponerse silencio total? ¿Ya no podrá volver a hablar en público ni siquiera escribir libros? ¿Se puede impone a Ratzinger este ostracismo absoluto en lo que le quede de vida? ¿Acecha el peligro de cisma en la Iglesia?

Los moderados y progresistas

En el otro lado están los abanderados del palo vertical. La inmensa mayoría de los eclesiásticos y creyentes moderados y progresistas, que saludan con agrado la decisión del Papa. "La renuncia de Benedicto XVI es de una importancia histórica trascendental; esta serena, libre y valiente decisión del Papa marca definitivamente su pontificado; y se convierte en una referencia nítida para un antes y un después en la secular historia de nuestra Iglesia", explica el Foro de Curas de Vizcaya.

Otro exponente de la línea progresista, el teólogo gallego Andrés Torres Queiruga califica de "espléndido" el gesto de Benedicto XVI y, además, espera que siente un precedente. "Me gustaría que fuese una ventana abierta para que en un futuro esto se normalice. En el sentido de que cuando a un Papa le es muy difícil llevar una carga tan difícil, es importante que renuncie".

Esta "puerta" supondría un gran cambio frente a una tradición en la que se impuso la alternativa de que los vicarios de Cristo aguantaran hasta el final de sus días en el cargo al margen de sus condiciones de salud. "Lo que hizo este Papa lo tenemos que agradecer todos".

Pero Torres Queiruga aspira también a que cunda el ejemplo en todos los niveles del escalafón clerical. "Que los grandes cargos en la Iglesia, como en la sociedad civil, sean electivos y durante un tiempo prudencial, para diez o 15 años", explica.

El teólogo gallego incide, asimismo, en el carácter humano de la renuncia papal. "El gesto de Benedicto XVI, por otra parte, lo acerca más a la gente, lo hace más humano. Es normal que cuando uno se siente con pocas fuerzas ponga su cargo a disposición".

Y concluye: "Creo que los cristianos lo percibirán bien porque vivimos en una cultura democrática y con su renuncia el Papa abre un camino para la normalización de un gobierno democrático en la Iglesia". Y es que lo sacral pasa siempre por lo humano.



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