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Religión Digital

Castillo, Francisco y Masiá

Masiá: "El Papa es un pensador que sabe dudar y un creyente que sabe confiar"

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Sinodalidad y discernimiento, claves de lectura de la histórica entrevista papal

Castillo: "Francisco anuncia que la Iglesia vuelve a retomar el gobierno sinodal"

José Manuel Vidal, 21 de septiembre de 2013 a las 08:35

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No le convence el tradicionalismo restauracionista cristiano, que "lo quiere todo claro y seguro"
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Juan Masiá

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Cuidar la vida, libro de Juan Masiá

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  • Cuidar la vida, libro de Juan Masiá

Dos teólogos españoles de prestigio enjuician la histórica entrevista concedida por el Papa a las revistas de la Compañía. José María Castillo destaca la sinodalidad, como la clave más importante y se alegra de que el camino hacia ella llevará a la Iglesia de Gregorio VII a Francisco. Por su parte, el también teólogo Juan Masiá subraya la importanciSinoa que Francisco concede al descernimiento y su capacidad de "pensar dudando y creer confiando".

De Gregorio VII a Francisco

José María Castillo

Tengo la impresión de que somos muchos los católicos, y demasiados los ciudadanos, que no acabamos de caer en la cuenta de la extraordinaria importancia que entraña la larga entrevista que el papa Francisco ha hecho pública para darnos a conocer sus ideas y sus proyectos.

Por supuesto, en lo que dice el papa. Es de enorme interés lo que Francisco afirma sobre la moral sexual en la que machaconamente insiste tanto el clero, sobre sus ideas políticas, sobre la misericordia y la bondad que debemos poner en práctica todos los seres humanos, sobre la religiosidad y otras cuestiones que sería largo enumerar. Sin embargo, el asunto más importante, que, a mi modo de ver, trata el papa, sospecho que se le escapa a mucha gente. Y es que la teología, como ocurre con la biología o la medicina, no está al alcance de todo el mundo. Sin embargo, periodistas y tertulianos, que no se atreverían a pontificar sobre cuestiones técnicas de biología, dictan sentencia tranquilamente sobre asuntos teológicos que exigen muchos años de estudio y reflexión.

Pero vayamos al tema que interesa. Hace cerca de mil años, en 1073, fue elegido papa un monje que tomó el nombre de Gregorio VII. Corrían malos tiempos para la Iglesia. Como es sabido, era entonces cuando estaban en auge las investiduras. Los señores feudales nombraban a su antojo (o según sus conveniencias) a los obispos, abades, y toda clase de cargos eclesiásticos. La Iglesia estaba en manos de los laicos, en el peor sentido que pueda tener esta afirmación. Y fue entonces cuando Gregorio VII decidió cortar con semejante estado de cosas. Lo cual era necesario y urgente. Pero, para conseguir un fin bueno, no se le ocurrió otra solución que concentrar todo el poder de la Iglesia en el papa.

El criterio determinante quedó formulado por el mejor conocedor de esta historia, Y. Congar: "Obedecer a Dios significa obedecer a la Iglesia, y esto, a su vez, significa obedecer al papa y viceversa". Gregorio VII fijó sus convicciones en un documento famoso que consistía en 27 axiomas contundentes, que se resumen en tres criterios patéticos: 1) el papa es señor absoluto de la Iglesia; 2) el papa es señor supremo del mundo; 3) el papa se convierte en indudablemente santo (H. Küng).

Ahora bien, al atribuirse estos poderes, Gregorio VII acabó con una larga etapa de diez siglos en la historia de la Iglesia. Siglos en los que la Iglesia floreció, creció y forjó una cultura, que el monje Hincmaro de Reims supo sintetizar de forma admirable: "La Iglesia se expresa en plenitud en los concilios ecuménicos, al tiempo que regula su vida histórica por medio de los sínodos en los que se reúnen los obispos de una región determinada". Lo cual quiere decir que el gobierno ordinario de la Iglesia no se gestionaba desde Roma, sino mediante los sínodos locales, que presidían los obispos de una región. Siempre tomando las decisiones democráticamente con la participación de todos los miembros de cada sínodo local. Los nombramientos de obispos, las leyes litúrgicas y canónicas, etc, se adoptaban en los sínodos. La Iglesia no tenía una estructura de gobierno "curial", sino "sinodal". Sólo así se conocían los problemas que había que resolver. Y se tomaban las decisiones adecuadas. Así, aquella Iglesia tuvo una vida creciente, durante mil años.

El actual obispo de Roma, el papa Francisco, nos acaba de anunciar a todos que la Iglesia vuelve a retomar el gobierno sinodal. ¿Será como el del primer milenio? No puede ser idéntico. Pero, por lo que el papa ha dicho, irá ciertamente por ese camino. Dice Francisco en su reciente entrevista:

"Los dicasterios romanos están al servicio del papa y de los obispos: tienen que ayudar a las iglesias particulares y a las conferencias episcopales. Son instancias de ayuda. Pero, en algunos casos, cuando no son bien entendidos, corren peligro de convertirse en organismos de censura. Impresiona ver las denuncias de falta de ortodoxia que llegan a Roma. Pienso que quien debe estudiar los casos son las conferencias episcopales locales, a las que Roma puede servir de valiosa ayuda. La verdad es que los casos se tratan mejor sobre el terreno. Los dicasterios romanos son mediadores, no intermediarios ni gestores".

Esta es la idea que Francico tiene sobre el papel que les corresponde a las Congregaciones de la Curia Vaticana. El papa las pone al servicio de las Conferencias Episcopales. Y no al revés.

Pero la cosa no se queda en esto. El redactor de la entrevista recuerda que el pasado día de San Pedro, el 29 de junio, el papa definió "la vía de la sinodalidad" como el camino que lleva a la Iglesia unida "a crecer en armonía con el servicio del primado". En consecuencia, mi pregunta es ésta: "¿Cómo conciliar en armonía primado petrino y sinodalidad? ¿Qué caminos son practicables, incluso con perspectiva ecuménica?" Esta pregunta es fuerte y, en cuanto empiece a ponerse en práctica el proyecto al que apunta, todo cambiará. Porque, en el fondo, lo que viene a decir es que nos sentaremos juntos todos los cristianos - sea cada cual de la confesión que sea - para intercambiar en serio nuestras propuestas, hasta que lleguemos al día dichoso de recuperar la unidad perdida.

Por eso, sin duda, el mismo Francisco siguió diciendo:

"Debemos caminar juntos: la gente, los obispos y el papa. Hay que vivir la sinodalidad a varios niveles. Quizá es tiempo de cambiar la metodología del sínodo, porque la actual me parece estática. Eso podrá llegar a tener valor ecuménico, especialmente con nuestros hermanos ortodoxos. De ellos podemos aprender mucho sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre la tradición de sinodalidad. El esfuerzo de reflexión común, observando cómo se gobernaba la Iglesia en los primeros siglos, antes de la ruptura entre Oriente y Occidente, acabará dando frutos". Y el redactor añade estas palabras de Francisco, palabras que tienen que remover las bases de la teología: "Tenemos que caminar unidos en las diferencias: no existe otro camino para unirnos. El camino de Jesús es ése".

Con una añadidura final, que les calla la boca a los que viven de la protesta contra todo cuanto viene de Roma:

"Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Temo la solución del "machismo con faldas".... Las mujeres están formulando cuestiones profundas que debemos afrontar.... En los lugares donde se toman las decisiones importantes es necesario el genio femenino. Afrontamos hoy este desafío: reflexionar sobre el puesto específico de la mujer incluso allí donde se ejercita la autoridad en los varios ámbitos de la Iglesia".

Este papa es noticia mundial porque ha tomado en serio el Evangelio. Y más en serio aún, la centralidad de Jesús en la vida. Lo central no es la religión y sus ritos, ni los dogmas y sus ortodoxias. De nada de eso habla Francisco. Aquí no se escucha el sonsonete de la prédica clerical, moralizante, amenazante y con frecuencia excluyente. El futuro de la Iglesia está en recuperar su pasado. El pasado que nos lleva derechos al galileo Jesús de Nazaret. Si no echamos por ese camino, la Iglesia no va a ninguna parte. Si el Evangelio es el centro, lo decisivo no será la religión. El centro será la humanidad, todo cuanto nos humaniza. Por eso el papa es noticia mundial.

Francisco, Papa del discernimiento

Juan Masiá

Contra el vicio del fanatismo, la virtud de la incertidumbre. Abundan hoy los fanatismos religiosos, políticos e ideológicos. En nombre de no sé qué divinidad, se planean terrorismos. En nombre de no sé que libertad y democracia, se desencadenan guerras injustas, mal llamadas preventivas. En nombre de no sé qué ideología partidista, se disimulan corrupciones y se miente en los parlamentos desmintiendo evidencias.

Y la justificación de todos estos fanatismos se afirma con la retórica de las certidumbres absolutas, apoyadas por intolerancias, a veces teístas, a veces ateas, pero siempre exclusivistas y discriminadoras: los malos son el otro equipo, se distingue claramente del nuestro y se supone que merece ser aniquilado por el hecho de ser diferente.

Por eso, lo que más me ha gustado en la tan comentada entrevista al Papa Francisco, es su capacidad de pensar dudando y creer confiando. Su relectura es una dosis medicinal de sana incertidumbre, terapia contra los fanatismos.

A Francisco no le gusta presumir del monopolio de la meta. "A Dios, dice, se le encuentra en el camino". No le convence el tradicionalismo restauracionista cristiano, que "lo quiere todo claro y seguro". Entre líneas atisbamos que él no va a predicar certidumbres absolutas para arrojarlas a la cabeza de un público fanático. Sabe que se expone a decepcionar a los fundamentalistas y anticipa la crítica de quienes le sospechen relativista.

"No, si se entiende en el sentido bíblico, según el cuál Dios es siempre una sorpresa y jamás se sabe dónde y cómo encontrarlo, porque no eres tú quien fija el tiempo, ni el lugar para encontrarte con Él. Es preciso discernir el encuentro. Y por eso el discernimiento es fundamental".

Es notable el énfasis en el discernimiento en muchos párrafos de la entrevista. Cuando repito su relectura subrayando palabras clave, el bolígrafo fluorescente me pone de relieve el vocabulario de la incertidumbre confiada y la inseguridad segura que utiliza Francisco: "acompañar, buscar, ser creativo, aprender de los otros, aprender con el tiempo, consultar, síntesis de juventud y vejez, de cultura, fe y vida, caminar por caminos nuevos, salir de sí, vivir en periferias y fronteras, animar en vez de lamentarse, leer los signos de los tiempos, pensar con pensamiento abierto e incompleto, discernir más que discutir, narrar más que teorizar, tener en cuenta a las personas..."

Pensador, que sabe dudar, y creyente, que sabe confiar, opta Jorge Mario Bergoglio por la genialidad de santo Tomás en vez de por el tomismo decadente. Ese tomismo escolástico decadente prevalecía en la época de algunos manuales de filosofía que él estudió en el seminario -por cierto, con las certezas claras y distintas del mismo tomismo decadente en que se formó y enseñó su predecesor Karl Woijtila-.Pero el Papa Francisco opta hoy por la genialidad tomásica versus el tomismo decadente. Por eso elige: para pensar, dudar, y para creer, confiar.

Sigo releyendo la entrevista y coloco en un marco el párrafo conclusivo de una espiritualidad de la incertidumbre fiel:

"Sí, este buscar y encontrar a Dios en todas las cosas deja siempre un margen a la incertidumbre. Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él..."

 

 



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