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Una monja reza en la canonización

Agencias

Pasado, presente y futuro de la Iglesia

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Una mega y desconcertante canonización

La imagen de Juan XXIII unida a la de Juan Pablo II, más que una realidad es un anhelo

Marco A. Velásquez, 28 de abril de 2014 a las 09:33

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Como en el teatro del absurdo, el papa del Concilio se encuentra en los atrios de la veneración con el pontífice que forzó la involución de su empeño renovador
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(M. Antonio Velásquez, RyL).- En el Domingo de la Misericordia, con la mega-canonización de dos papas la Iglesia escenifica en la Plaza de San Pedro algo más que un gran acontecimiento eclesial; muestra ante la mirada del mundo una realidad menos visible, pero más desconcertante. Es el testimonio público eclesial de la lacerante herida de la división y de la dolorosa llaga de la falta de unidad del pueblo católico. Una realidad triste que afecta a la Iglesia en toda su estructura.

Mientras los medios de comunicación social exacerban los méritos y defectos de uno y otro santo, en la conciencia de la Iglesia se actualizan cuestiones más complejas y espinudas. Así, la imagen de Juan XXIII unida a la de Juan Pablo II, más que una realidad es un anhelo.

Como una paradoja, el tiempo y el espacio se unen escenificando el pasado, el presente y el futuro de la Iglesia, retratados en el lugar más emblemático del poder institucional.

La exaltación de la figura de los pontífices de ayer parece un cuadro surrealista con la imagen de los papas de hoy, uno emérito y otro en ejercicio. En tanto, el Pueblo de Dios especta; unos más presentes y activos, mientras otros ausentes y pasivos toman distancia. Con el futuro por delante, lo único cierto es el anhelo oculto de unos y otros por imponer su propio modelo de ser Iglesia.

Es evidente que la escena no es casual, es la recreación elocuente que ha querido mostrar el papa Francisco en tiempos de profunda división eclesial. Él mejor que nadie conoce con hondura la gravedad de las pugnas de poder al interior de la Iglesia.

Como en el teatro del absurdo, el papa del Concilio se encuentra en los atrios de la veneración con el pontífice que forzó la involución de su empeño renovador. Quien abrió las puertas de la Iglesia para prestar un mejor servicio al mundo moderno, impulsando aquel anhelado aggionamento, se encuentra en los altares con quien cerró las puertas del cielo a los pecadores empedernidos, retrotrayendo las energías eclesiales a la nostalgia de una cristiandad ya superada.

Y como si actuara la fuerza del destino en una tragedia griega, vuelven a encontrarse en el presente, ante el teatro de la historia, un papa emérito con su colega activo; uno llevando a su haber la humildad de su inédita renuncia, mientras el otro actualiza con urgencia el Evangelio de la Bienaventuranzas a un mundo anhelante de absoluto. Y al final del último acto aparece, como en una parodia, esa iglesia triunfante que repleta Roma como coronando las fatigas de una larga cruzada, mientras la Iglesia militante sigue practicando Evangelio en el silencio de la vida cotidiana.

En el Día de la Misericordia, el cielo pareciera querer participar de un milagro no esperado, aunque querido y auspiciado por el empeño infatigable de Francisco con su "revolución de la ternura", con la que trata convencer a todos de la urgente tarea cristiana de "ser uno" para que el mundo crea.

 



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