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Francisco reflexiona sobre los problemas de las familias

La exhortación apostólica es realista y da muchas esperanzas

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Amoris Laetitia: creatividad misionera del Espíritu

Francisco nos habla "al calor de un fuego común"

Carolina del Río Mena, 07 de junio de 2016 a las 08:15
En Amoris Laetitia hay más acercamiento a las vidas que normas, más escucha que definiciones, más compasión que ley
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(Carolina del Río Mena, teóloga y periodista).- Leer Amoris Laetitia no es como leer el Catecismo. La carta pastoral del Papa Francisco está dando tanto que hablar precisamente porque no tiene una lectura e interpretación unívoca. Durante tantos años se nos hizo creer que vivir el cristianismo era vivirlo de una sola manera, que hoy, cuando el Papa invoca la conciencia de los fieles y el sensus fidelium, deja cosas sin definir expresamente para que sean recogidas y discernidas por los fieles, las aguas se dividen: los que piensan que nada ha cambiado, que lo del Papa no es magisterio, que la fidelidad e inamovilidad de la doctrina es lo más importante. Y otros, entre quienes me cuento, que pensamos que la ambigüedad es precisamente el terreno fértil del Espíritu. ¿De qué manera actuaría el Espíritu si todo estuviese definido, "claro y distinto"? El Espíritu se escurre por las grietas de la vida, por los quicios de las experiencias de hombres y mujeres buscadores del Dios de la Vida. En este texto, entonces, hay más acercamiento a las vidas que normas, más escucha que definiciones, más compasión que ley.

Visto el texto desde esas faltas de definición o incertezas o grietas quiero tomar algunos hilos rojos para ir mostrando la creatividad del Espíritu que se plasma en Amoris Laetitia (AL). Algunas ideas:

En la fase inicial de la convocatoria a los sínodos, inédita por cierto, Francisco hizo circular casi 40 preguntas urbi et orbi sobre la experiencia de las familias, la moral sexual y matrimonial y, por si acaso conocíamos algunas definiciones magisteriales como la ley natural y otras similares, incluyó preguntas ad hoc. En Chile se difundieron poco. Tal vez primó el miedo, ¡vaya uno a saber qué podrían responder los fieles! Y de quienes respondimos e hicimos llegar nuestros aportes, quedamos a medio camino, sin saber si llegaron y cómo, nuestras opiniones a Roma. En esta etapa participamos con gusto las mujeres. Imagino que muchas, no hay datos disponibles.

Lo primero que destaca en el texto es el lenguaje utilizado. El Papa abandona el clásico lenguaje magisterial para deslizarse en un lenguaje común y corriente, al alcance de todos. Nadie podrá esgrimir que no leyó el texto porque le resultó difícil o alejado de su realidad. Francisco hace un ejercicio que agradecemos: hablar el idioma de la gente de la calle, usar metáforas de la gente de la calle, mostrar los problemas de las familias de la calle, ¡incluir poemas -como el de Benedetti- que la gente de la calle recita, recitamos! Este lenguaje cercano, cotidiano, familiar busca ir acortando las distancias que dividen hace años a nuestro Magisterio del Pueblo fiel.
El tono de la exhortación apostólica llama también la atención. Es un tono cariñoso, comprensivo, sin condenas, que busca comprender los dramas que los hombres y mujeres de hoy, vivimos. Se agradece una suerte de escucha que logra transmitir por la adecuada descripción de muchas realidades actuales. Me pareció que podía ser una conversación que el papa y los fieles manteníamos al calor de un fuego común. Se agradece, también, la ausencia del tono pontifical que suele teñirse con la norma y la imposición de ideales. Francisco demuestra que "tiene calle" en los problemas de las familias, nos resuenan las problemáticas descritas con sencillez y verdad.


Como médico de campaña que quiere ser, sale al encuentro de hombres y mujeres con vidas heridas, no para reprocharles que no cumplen el ideal propuesto, sino para animarlos en su camino de búsquedas y discernimiento. La relevancia que otorga a la conciencia no es novedoso. Pero, se nos había olvidado por completo que hace 50 años Gaudium et Spes 16 enseñaba que "la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad." Asumiendo esa relevancia, agrega Francisco,  "nos cuesta [al clero] dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar conciencias, no a pretender sustituirlas" (AL 37).


Las vidas y familias heridas, en particular aquellas que están en una segunda unión, han sido foco del debate y la discusión. Es, tal vez, donde más se ha notado aquella turbulencia de las aguas divididas a la que hacía mención en el primer párrafo. Muchas cosas se han dicho, quiero agregar otras: La mayoría de las veces, cuando se decide la separación matrimonial es porque se han agotado todos los recursos. A veces, uno escucha afirmaciones muy livianas sobre las rupturas matrimoniales, como si la separación fuera la aspirina para un terrible dolor de cabeza. Y eso no es así. No hay ruptura -ninguna- sin dolor. El matrimonio debe ser una plataforma de mutuo crecimiento y camino hacia la plenitud humana, sabiendo que muchas crisis deben atravesarse y ojalá sortearse con éxito. "No se convive" -afirma Francisco- "para ser cada vez menos felices, sino para aprender a ser felices de modo nuevo. [...] De ningún modo hay que resignarse a una curva descendente, a un deterioro inevitable, a una insoportable mediocridad" (AL 232). Y hace aquí el papa, un llamado de atención: "la mayoría [de las parejas en crisis] no acude al acompañamiento pastoral, ya que no lo siente comprensivo, cercano, realista, encarnado. Por eso, tratemos ahora de acercarnos a las crisis matrimoniales con una mirada que no ignore su carga de dolor y de angustia" (AL 234).


Y, cuando la separación es un hecho, el Papa hace un llamado a los padres por el bien de los hijos: "Os habéis separado por muchas dificultades y motivos, la vida os ha dado esta prueba, pero que no sean los hijos los que carguen el peso de esta separación, que no sean usados como rehenes contra el otro cónyuge. Que crezcan escuchando que la mamá habla bien del papá, aunque no estén juntos, y que el papá habla bien de la mamá" (AL 245).


"Un pastor", agrega Francisco, "no puede sentirse satisfecho solo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones ‘irregulares', como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas" (AL 305). Hace falta más acogida, más comprensión, más misericordia e inclusión para aquellos protagonistas de lo que el papa llama "un collage formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozo, dramas y sueños" (AL 57). El Papa se arriesga a mirar la complejidad de las relaciones amorosas, sus crisis y rupturas, sin caer en facilismos simplificadores, pide más realismo y menos idealismo.


Con la ruptura y nueva unión, la teología de la eucaristía afirma que la situación de los fieles vueltos a casar contradice objetivamente el vínculo de amor de Cristo y su Iglesia visible en la eucaristía. Podrá magullarse un poco el signo, pienso, pero ¿contradecirlo del todo? ¿Tanto poder tiene el fracaso matrimonial como para dañar o ensombrecer siquiera el signo del amor de Cristo con su pueblo? ¿Tan débil es el amor de Cristo que el fracaso matrimonial hace tambalear ese amor y daña la relación con su pueblo? Algo está chirriando aquí. ¿Cómo podría el fracaso de la alianza matrimonial entre un hombre y una mujer dañar la alianza de amor de Cristo y su Iglesia? El amor de Yahvé con su pueblo no se dañó por las múltiples infidelidades y pecados del pueblo, tampoco la alianza misma como símbolo. Sabemos que el signo remite a un significado, pero no debe identificarse con él. También sabemos que cualquier interpretación literal o identificación con aquello que quiere simbolizar confunde dos modos de comprensión, dos modos de discurso, el literal y el simbólico, destruyendo la vida a la que remite el símbolo. Entonces, ¿de qué estamos hablando? El Papa lo aclara: "No conviene confundir planos diferentes, dice: no hay que arrojar sobre dos personas limitadas el tremendo peso de tener que reproducir de manera perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio como signo implica ‘un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios'" (AL 122).


Cuando en octubre pasado se inauguró el Sínodo, estaba en Roma en el lanzamiento de un libro que escribimos teólogas de diversas partes del mundo (Catholic Women Speak: Bringing Our Gifts to the Table). Era nuestro aporte al Sínodo que abría y cerraba sus puertas a cientos de varones célibes con autoridad, obispos encargados de definir los temas que nos atañen a todos. La imagen fue impresionante. 359 personas se encerraron en discusiones acaloradas y largas deliberaciones. Solo 18 matrimonios y un total de ¡solo! 31 mujeres con voz y sin voto. Es curioso que siendo las mujeres protagonistas de, al menos, el cincuenta por ciento del tema que se discutía solo asistieron 31 y sin poder votar...

Ahora bien, salvando el escollo inicial de la presencia femenina con plena participación -voz y voto- pienso que el Papa ha tomado bastante bien el pulso de situaciones aflictivas. Para Francisco ya no vale el manido argumento de que la irrupción de las mujeres en el espacio público y la toma de conciencia de su dignidad es fuente de penurias. "Hay quienes consideran que muchos problemas actuales han ocurrido a partir de la emancipación de la mujer. Pero este argumento no es válido, ‘es una falsedad, no es verdad'. Es una forma de machismo. La idéntica dignidad entre el varón y la mujer nos mueve a alegrarnos de que se superen viejas formas de discriminación, y de que en el seno de las familias se desarrolle un ejercicio de reciprocidad. Si surgen formas de feminismo que no podamos considerar adecuadas, igualmente admiramos una obra del Espíritu en el reconocimiento más claro de la dignidad de la mujer y sus derechos" (AL 54).


En primer lugar, Francisco quita el piso al argumento contra la emancipación de las mujeres, tildándolo de falso y machista. Luego, reconociendo la igual dignidad de ambos (y no recurriendo a aquella fórmula de la "especial dignidad" de la mujer en virtud de la maternidad) se alegra de que en el seno de las familias se viva la reciprocidad, no la complementariedad. Esto que puede parecer un vulgar juego de palabras, no lo es. La complementariedad ha estado vinculada a una visión antropológica dualista, en donde lo masculino y lo femenino en polos opuestos (pero "inclinados", diría Susan Sontag) se vinculan en relación de complementariedad, en la cual cada parte tiene claro su rol y las cualidades a cultivar, y en donde, las mujeres ocupan el lugar subordinado. Las teólogas feministas hace tiempo estamos alertando contra este modelo antropológico del que no resultan relaciones simétricas. Proponemos superar la complementariedad y hablar de mutualismo o reciprocidad como una estructura de relación marcada por la equivalencia entre las personas, la valoración mutua, la consideración común marcada por la confianza, el respeto, el afecto; en contraste con la competencia, el dominio y la superioridad. El Papa, además, reconoce que si bien hay formas inadecuadas de feminismo -¡qué duda cabe!- este ha sido "obra del Espíritu" para relevar la dignidad y derechos de las mujeres.


En general el feminismo tiene mala prensa dentro de nuestra Iglesia, pero es fundamentalmente por ignorancia porque se lo cree la contrapartida del machismo, y no lo es. Con esta afirmación, me parece que el Papa reconoce que no todas las corrientes feministas son iguales y que hay aportes relevantes que rescatar. El diálogo entre feminismo y Magisterio aún es una tarea pendiente y lo mencionado en el N° 173 me da esperanzas: "Valoro el feminismo cuando no pretende la uniformidad ni la negación de la maternidad". ¿Será esta una aproximación?
Muy vinculado a lo anterior, en el N° 56, señala Francisco: "Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, que niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia". Es interesante esta afirmación del Papa por varias razones. Primero, se desmarca de la condena "al bulto" de la categoría de género con la fórmula acuñada de "ideología de género". Parece ser que el Papa se abre a las distinciones correctas. La llamada "ideología de género" es una visión individualista de los derechos humanos que exalta la independencia y autonomía personal en todos los ámbitos. También, considera insignificantes los roles tradicionales definidos socialmente (dueña de casa, por ejemplo), minimiza cualidades propias del sexo femenino, básicamente la maternidad y la crianza. Este enfoque individualista no es cristiano. Es una corriente dentro de otras.


Cuando las feministas católicas hablamos de género, hablamos de una categoría relacional. Profundizar en la situación de las mujeres es, también, y necesariamente, hacerlo en la de los varones, son dos cuestiones inseparables. Si cambian las cosas para ellas, también cambian, o deberían cambiar, para ellos, y este cambio no es antojadizo sino para una mayor gloria de Dios que quiere que la mujer y el varón tengan una vida plena.


La perspectiva de género ha hecho grandes aportes sobre los cambios culturales que tanto varones como mujeres hemos debido enfrentar. Ha llamado la atención, por ejemplo, sobre los estereotipos que dominan lo femenino y lo masculino y la diversidad de formas en que intervienen en las relaciones y en la sociedad. El Papa releva uno de estos aspectos al señalar, luego de una breve descripción de roles considerados habitualmente femeninos y masculinos, que "hay roles y tareas flexibles, que se adaptan a las circunstancias concretas de cada familia" (AL 175). No hay roles ni tareas determinados biológicamente, salvo, obviedad absoluta, la maternidad. Afirma, también, que no "se puede ignorar que en la configuración del propio modo de ser, femenino o masculino, no confluyen solo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que tienen que ver con el temperamento, la historia familiar, la cultura, las influencias de amigos, familiares y personas admiradas (...) lo masculino y lo femenino no son algo rígido.(...) La rigidez se convierte en una sobreactuación de lo masculino y lo femenino y no educa a los niños y jóvenes para la reciprocidad encarnada en las condiciones reales del matrimonio" (AL 286).


Me alegra que un Papa "de la calle" que conoce los dolores de la gente de primera mano se anime con un texto como este que, seguro, dará más luces que dolores de cabeza a quienes se animen a leerlo.

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