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Ángel Manuel Sánchez

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Crisis de tolerancia en Occidente

Cada vez más difícil ser distintos

Ángel Manuel Sanchez, 20 de marzo de 2017 a las 10:58

Ángel Manuel Sanchez (Hacienda)

Ángel Manuel Sanchez (Hacienda)

Es imperdonable que la Iglesia que cuenta con buenos analistas no los exponga más en sus medios. Hay que difundir lo que es implícito y constante en la realidad, no sólo lo llamativo y noticiable

(Ángel Manuel Sanchez).- Tolerancia es esa sensación molesta de que al final el otro pudiera tener razón (Anónimo).

Hoy en Occidente reina la discordia social y programada. Los medios de comunicación contribuyen a ello transmitiendo de forma parcial una realidad regida por la discordia, la cual no hay que confundir con la diferencia.

Privando al oyente o televidente de un análisis desideologizado y objetivo, se le droga emocionalmente para que tome partido sin barajar de forma discernida las opciones más rigurosas con la realidad, que siempre es y será escurridiza y llena de matices.

La discordia es un instrumento de ingeniería social inspirado en el divide y vencerás, que pretende amputar a la sociedad su espíritu de unidad de criterio y acción.

Este instrumento de ingeniería social es utilizado tanto por agentes económicos (para impedir una unidad de criterio y acción entre consumidores), como políticos (entre electores que contrarreste además su oscilante protagonismo mediático).

Este virus, el de la intolerancia, la discrepancia, la demogresca como lo llama Juan Manuel de Prada, erosiona el Bien común y el espíritu de fraternidad que deben regir nuestras relaciones comunitarias.

Lamentablemente la Iglesia católica contribuye a ello con medios de comunicación donde la transmisión de la Doctrina Social de la Iglesia y la presencia de analistas sociológicos brillan por su ausencia.

Todas las opiniones no valen lo mismo, y no hay que confundir entre una opinión y un análisis.

Es imperdonable que la Iglesia que cuenta con buenos analistas no los exponga más en sus medios. Hay que difundir lo que es implícito y constante en la realidad, no sólo lo llamativo y noticiable.

Soy escéptico con la búsqueda de un diálogo, que es pura entelequia. En la cultura actual, plural y democrática, la dialéctica constituye el medio por excelencia para comunicar nuestros pensamientos.

Mediante la dialéctica, contraste entre argumentos, buscamos la verdad, que hoy es sinónimo de realidad. La dialéctica es un diálogo con meta, encontrar honestamente y de forma común la verdad, que es la realidad coincidente no la convenida.

Si la realidad es diversa y difícil de percibir en su totalidad, hay que ser prudentes exponiendo dogmas.

Los católicos afortunadamente defendemos Dogmas de Fe, lo cual nos salva de acabar defendiendo la Fe como si se tratara de una ideología, que es esa forma sesgada de ver la realidad que aspira a perpetuarse mediante la fijación de dogmas con tendencia a pasar su rodillo.

Por eso dialécticamente y con respeto hemos de practicar más la tolerancia que nadie, porque nuestra fe no es ideología, es Evangelio. Admitimos y defendemos la pluralidad. Y defendemos nuestras posiciones respetando y pidiendo respeto.

Para posicionarse en la realidad los cristianos y no cristianos tenemos cuestionar los valores impuestos, y algo mucho más importante, DEFINIR valores y no darlos por definidos, pues existe una constante corrupción del significado original de las palabras.

Los tres valores de la Revolución francesa que han forjado a Occidente: la libertad, la igualdad y la fraternidad están quebrados.

La triple entente cultural de Occidente: el liberalismo (libertad), el socialismo (igualdad) y el cristianismo (fraternidad), hoy se enfrentan entre sí por falta declarada de tolerancia.

Mientras que no aceptemos como natural que nos moleste que el distinto pueda al final tener razón, no viviremos tolerándonos.

Porque hoy en Occidente asistimos a una CRISIS DE TOLERANCIA.

TOLERANCIA no es admitir indiscriminadamente y con simpleza lo distinto, sino la actitud que nos permite vetar a los excluyentes y admitir a los incluyentes.

Cuando la imagen es de constante confrontación reina una confusión que nos impide aceptar la diferencia como algo propio de la convivencia, porque es y siempre será así, porque somos así. De ello surge la necesidad de tolerarnos, de incluirnos en la misma comunidad social con nuestras diferencias.

Se debe ser intolerante pues, y en aras del Bien Común, con las actitudes intolerantes, y para ello nos servimos en una democracia de la dialéctica.

Es imposible el diálogo con quien basa su manera de defender sus posiciones desde la imposición, la uniformidad de pensamiento y la exclusión del ágora pública del diferente. Éstas son las notas de quien es excluyente.

Hoy día, en la sociedad occidental, hay que dar la vuelta a los planteamientos impuestos por las corrientes de pensamiento predominantes (liberalismo y socialismo) sobre los que giran los conflictos teóricos, y ser muy consciente de que esta discordia tiene mucho de artificial y de programada.

El problema de este mundo no es que haya ricos, sino que demasiados deseen serlo a cualquier precio.

El problema no es no seamos iguales, sino que es cada vez más difícil ser distintos.

El problema no es la falta de fraternidad, es que con tanta gresca hemos perdido Humanidad, y mantenemos indiferencia con el cercano y enfrentamiento con el ajeno.

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