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Antonio Aradillas

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La Iglesia es, y hace, política (y además, de derechas)

"Los eclesiásticos son políticos de idéntica hipocresía a como lo son otros representantes"

Antonio Aradillas, 16 de mayo de 2017 a las 12:03

Antonio Aradillas, columnista

Antonio Aradillas, columnista

La justificación del "servicio al prójimo" y de "adoración a Dios", no siempre es demostrable
La Iglesia, ¿es de derechas o izquierdas?/>

La Iglesia, ¿es de derechas o izquierdas?

Políticos, política, partidos, elecciones, cargos públicos./>

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Urnas, elecciones, campaña electoral y política./>

Urnas, elecciones, campaña electoral y política.

España, crisis económica, corrupción política y paro./>

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Iglesia y política/>

Iglesia y política

  • La Iglesia, ¿es de derechas o izquierdas?
  • Políticos, política, partidos, elecciones, cargos públicos.
  • Urnas, elecciones, campaña electoral y política.
  • España, crisis económica, corrupción política y paro.
  • Iglesia y política

(Antonio Aradillas, sacerdote y escritor).- Aunque para algunos -tal vez para la mayoría-, intenciones, propósitos y proyectos, fueran, y sigan siendo, nítidamente claros, otros ignoramos todavía cuando, cómo y a qué politólogo se le ocurriera formular y "canonizar", el principio de que "la Iglesia" -sacerdotes y obispos-, como tales, no podrían jamás ejercer y mostrar sus preferencias políticas.

El de la "apoliticidad" era, y es, otro voto-promesa a añadir a los ya clásicos de "pobreza, castidad y obediencia", de la legislación canónica, con sus consiguientes concesiones y explicaciones. Cualquier reflexión sobre tema de tan perenne actualidad, por vidrioso y quebradizo que sea, resultará provechosa en la búsqueda del bien de la colectividad.

De entre las diversas acepciones que se corresponden académicamente con la palabra "política", destacan "la actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto o de cualquier otro modo", "cortesía", "buen modo de comportarse", "parentesco" y "arte o maña con que se conduce un asunto o se emplean unos medios para alcanzar un fin determinado", son conceptos que en esta ocasión coloco en la alacena de los recursos verbales, sin prestarles, hoy por hoy, mayor atención.

Pese a tantas y tan excomulgadoras advertencias y "monitums", clericales o "clericaloides" de no pocos farisaicos e hipócritas, la Iglesia oficial cultivó y cultiva la política, y no solo ni fundamentalmente en los territorios de la entrega y del compromiso relacionado con el bien común, que precisamente es parte esencial de su misión salvadora universal. La cultivó y la cultiva en aquellas otras esferas innobles, dependientes y al servicio de intereses personales o de grupos, sean o no estos, de carácter o configuración religiosa, en su multitud de versiones o fórmulas.

Iglesia y política establecieron contubernios y cohabitaciones ilícitas con el poder también político, tan indisolubles, o más, que el exigido en el ordenamiento sacramentario del matrimonio. Dentro y fuera de la institución eclesiástica, la política como ejercicio, escribió capítulos relevantes, parte de los que, con algunas de sus circunstancias, hoy se desvelan "por la gracia de Dios" y en beneficio de institución tan sagrada.

El hecho de la fundación y existencia de los Estados Pontificios y de su continuidad representativa como "monarquía absoluta", en sus nunciaturas-embajadas, y en las prerrogativas que conllevan y encarnan sus representantes, proclaman a todos los vientos la realidad y efectividad del quehacer político, por muy eclesiástico y pontifical que se revista y presente ante propios y extraños. La justificación del "servicio al prójimo" y de "adoración a Dios", no siempre es demostrable, tal vez por aquello de "in quantum humana fragílitas" y, sobre todo, porque el poder es "el poder", por definición y naturaleza civil, pero más aún, religiosa.

En España, la Iglesia, los eclesiásticos y quienes de alguna manera dicen y aseguran ser sus representantes, fueron y son políticos, de idéntica, o aún superior y sospechosa manera, e hipocresía, a como lo son, y ejercen otros colectivos con sus respectivos organismos, instituciones y medios. Es posible que la única, o prevalente, diferencia consista en que, hasta el presente, y casi indisolublemente, la Iglesia se situó y sitúa, en áreas religadas al conservadurismo crónico, pertinaz, recurrente y continuista, con rechazo positivo y pre-dogmático de cuanto sea y exija el cambio, aunque esta posición lleve consigo prescindir, o paliar, exigencias tan elementales religiosas como las dimanantes de la misma "penitencia".

Las catedrales, los templos, los actos sagrados, las demostraciones y manifestaciones de fe, la oratoria sagrada, Cartas Pastorales, no pocas Encíclicas Pontificias, todos los palacios episcopales, la "Cope", la "13 TV", parte del santoral, los ejemplos de vida propuestos oficialmente, el Código de Derecho Canónico, "andar con ceremonias", la liturgia y sus símbolos... son de derecha-derecha, con rechazo absoluto y esencial para la identificación semántica de la izquierda -"sinistra"- , reducida a "lo malo, lo siniestro, degradado y perverso", por lo que incuestionablemente es merecedor de condenación y anatema.

Es de justicia, y proporciona gozo indefinible, reconocer que en los tiempos "franciscanos" pontificios que, pese a todo, dan la impresión de abrirse paso hoy en la Iglesia, en la española se haya difundido, por ejemplo, la hasta hoy impensable noticia de que "la transparencia en los erarios diocesanos" deja de ser un misterio -¡otro más!- a los que los feligreses tengan libre acceso y pedir explicaciones de los gastos efectuados alrededor del altar, y así responsabilizarse de estas y otras gestiones pastorales, con lo que, en cierto sentido salvador, ella -la Iglesia-, es, y se siente, "casa de todos".

En síntesis, el hispanista irlandés, Ian Gibson, en su último libro "Aventuras Ibéricas", desde su barrio madrileño de Lavapiés, "dixit" que, "en la práctica, todos los políticos son animales muy peligrosos y tienen la piel espesa y dura", a lo que por mi cuenta y riesgo añado, que nada como el repujado de los "ornamentos sagrados" para tornar la piel de quienes los usan, mucho más tupida, compacta e impenetrable.



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