• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Fieles ante el santuario de San Pedro Claver
Francisco quiere demostrar que no es un meteorito caído del cielo, que su pontificado se inscribe en la continuidad de santos y papas defensores de los oprimidos

(José M. Vidal).- Francisco cierra, en Cartagena de Indias, su apoteósica visita a Colombia. La inició en Bogotá ante la Virgen de Chiquinquirá, patrona del país. Siguió en Villavicencio, emocionado ante el Cristo mutilado de Boyacá y la finalizó a los pies de uno de sus santos preferidos: el jesuita Pedro Claver.

Tras celebrar la vida en Bogotá, la reconciliación en Villavicencio y la fe en Medellín, el Papa concluyó su peregrinación de paz y esperanza en la bella Cartagena de Indias, centrando sus mensajes en la defensa de los pobres y de los necesitados. De esos que le saludan con un cartel que reza así: "Papa Francisco, padre de los pobres, te queremos".

De hecho, el lema elegido para su último día de estancia en Colombia fue "dignidad de la persona y derechos humanos". Con una clara referencia al santo jesuita del siglo XVII, que pasó a la historia por su entrega y defensa incondicional de los esclavos, los más pobres de los pobres de su época.

"Esclavo de los negros para siempre" (Aethiopum semper servus) fue el lema elegido por Pedro Claver en el momento de la profesión solemne de sus votos perpetuos, en 1622. Nacido en España, pidió ir a misiones y se encarnó, desde su llegada, en la atención a los negros esclavos, que llegaban a miles a Cartagena de Indias en los barcos negreros desde África.

Incomprendido en sus días, incluso por los suyos, el santo entregó por entero su vida al servicio de los esclavos hasta que el Parkinson no se lo permitió más. Tras cuatro años postrado en una cama, San Pedro Claver murió el 9 de septiembre de 1654, a los 74 años. Pero su memoria está grabada a fuego en los corazones de los pobres, especialmente de los afroamericanos, que lo quieren y lo veneran como 'su santo protector'.

Y es que, cuando los esclavos negros eran tratados como animales o como simples bestias de carga, Pedro Claver ejerció su labor profética, denunció a los esclavistas y reivindicó la sacrosanta dignidad de los afroamericanos. Tal y como recordaba, ya ayer, el Papa, en Medellín: "Entendió, como discípulo de Jesús, que no podía permanecer indiferente al sufrimiento de los más indefensos y maltratados de su época, y que tenía que hacer algo para aliviar su sufrimiento".

Con su visita a Cartagena y colocando a Pedro Claver como 'modelo' a seguir e imitar también hoy por los católicos, Francisco quiere demostrar que no es un meteorito caído del cielo, que su pontificado se inscribe en la continuidad de santos y papas defensores de los oprimidos, que la 'opción preferencial' por los pobres es consustancial a la fe de los seguidores del Nazareno.

Es la vuelta a la esencia del Evangelio. Porque en esto consiste, en el fondo, la revolución de la misericordia que Francisco está tratando de implementar en la Iglesia. De hecho, lleva cuatro años insistiendo, una y otra vez, en que ésta es la misión de los creyentes. Y predicando con el ejemplo, como hace siempre, acoge a refugiados, pobres y sin techo en el propio Vaticano. En la medida de sus posibilidades, claro.

A los pies de la tumba de Claver el Papa rezó, tras poner la primera piedra de las nuevas casas de los sin techo de la Obra Talitha Qum. Aplicación práxica del método del ver-juzgar-actuar, que la Iglesia consagró en la II Asamblea del CELAM en Medellín, en 1968. Un método que, aplicado a la Iglesia, significa, según el Papa, "ir a lo esencial, renovarse manchándose las manos e involucrarse, dejándose zarandear por el Espíritu".

A menudo con la ternura y, de vez en cuando, con el látigo de la denuncia, Francisco lleva cuatro años sacudiendo a su Iglesia, especialmente a su acomodada jerarquía, convertida, a veces, en una casta funcionarial. También aquí, en Colombia. Por eso, el Papa les advirtió, denuevo (y van), que salgan de sus comodidades, que no tengan miedo al cambio y que estén atentos a la corrupción. Porque "el diablo entra por el bolsillo".

Y, desde el atrio de San Pedro Claver, el Papa aprovechó el ángelus, para glosar su figura y lanzar un potente mensaje de defensa de los derechos humanos a todo el mundo. De su 'compañero' jesuita, Francisco recordó su entrega absoluta a los esclavos, a los que "besaba las llagas" y que murió sólo, abandonado de todos y hasta criticado "por los que temían que socavase el lucrativo comercio de esclavos".

Y del jesuita del siglo XVII al presente, en el que también "millones de personas son vendidas como esclavas", "mendigan un poco de humanidad y un momento de ternura" o tienen que lanzarse a los mares y a los caminos, "porque lo han perdido todo, empezando por su dignidad y sus propios derechos".

Y de nuevo, el grito del Papa, rememorando el de Claver, precisamente en su santuario de Cartagena de Indias, antiguo puerto esclavista: "Los pobres, los descartados, los emigrantes, los que sufren violencia y trata...Todos ellos tienen su dignidad y son imagen viva de Dios". A su lado, la gente aclamaba al Claver del siglo XXI: "Te queremos, Papa, te queremos".