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Opinión
Francisco y los fariseos Agencias
En ese contexto, donde Dios parece ausente, un hombre llamado Francisco grita a tiempo y destiempo, tratando de multiplicar esa esperanza que no defrauda

(Marco Antonio Velásquez Uribe).- Los fariseos se convirtieron en los referentes del judaísmo luego de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 587 a. C. Durante siete siglos asimilaron el poder religioso y luego integraron, a su haber, el poder político. Su presencia en la historia sagrada alcanzó mayor notoriedad durante la vida pública de Jesucristo, quien se convirtió en la principal amenaza del poder religioso que ostentaban.

El fariseísmo esperaba un mesianismo revestido de los signos de la autoridad y de la jactancia humana; mientras Jesucristo -revelado como Hijo de Dios- se configuraba como signo de contradicción, asumiendo la humillación y la condición de siervo. De esta manera, el seguimiento que despertaba Jesús entre pobres y marginados, acompañado de signos y prodigios, se transformó en la mayor amenaza para el poder político y religioso establecido. Queda así sellado el conflicto histórico y permanente entre el mesianismo de Jesucristo y el poder.

Es revelador cómo la casta religiosa de la época, representada por los fariseos, se convierte en la causa escatológica de la muerte de Jesucristo. Este hecho no es una circunstancia inconexa de la suerte del Mesías, sino un elemento clave que orienta el discernimiento cristiano de los signos de los tiempos.

En la época contemporánea, es oportuno recordar cómo el comienzo de la presente década estaba marcado por la agudización de una crisis eclesial de grandes proporciones, donde confluían una serie de escándalos y una decadencia moral insostenible, radicada principalmente en el clero y, particularmente, en la alta jerarquía.

Camarillas de poder, degradación moral y ambiciones descontroladas definían una debacle institucional, que justificaban un creciente abandono de fieles de la Iglesia. La prueba más contundente de esa crisis fue la elocuente e inesperada renuncia de Benedicto XVI.

En ese contexto de desolación y hastío, la elección del primer Papa de los confines del mundo vino a devolver una esperanza perdida. Comienza así un innegable kairós, revelado por los signos de contradicción que han acompañado al papado de Francisco, desde los primeros minutos de su investidura.

Gestos, palabras, liturgia y testimonio personal, unidos a una brutal y despiada oposición, han traído a la memoria las huellas bimilenarias que dejó el Hijo de Dios en la Historia de la Salvación. Desde la cabeza de una institución desprestigiada, aparecieron como brotes de olivo la misericordia, la ternura, la acogida, el consuelo, la cercanía, la alegría y la esperanza.

Es evidente que, el coraje y la audacia de un hombre ha despertado la fuerza del Espíritu de Dios, en el tiempo preciso y en el lugar adecuado. Ése es el kairós que ha hecho de Francisco un signo elocuente de esperanza, no sólo para la Iglesia, sino para el mundo.

En contraposición a los signos de esperanza -el Pueblo de Dios, las mujeres y hombres de buena voluntad de todo el mundo- ven con nitidez irrefutable cómo un Papa ha sido tan odiosamente hostigado por los fariseos del presente, quienes menoscabados en sus cuotas de poder han rasgado públicamente sus vestiduras sin ningún pudor.

Así como la Iglesia institucional es corroída por "la polilla y la herrumbre", el mundo se debate entre la locura y el desvarío. Así, las atrocidades de la guerra, del hambre, de la sequía y del cambio climático, unidos a una codicia desenfrenada, alimentan esos instintos humanos elementales de la corrupción, la desconfianza y el odio, llenado al planeta con signos de muerte, de miedo y de desesperanza.

En ese contexto, donde Dios parece ausente, un hombre llamado Francisco grita a tiempo y destiempo, tratando de multiplicar esa esperanza que no defrauda. Y así, mientras Francisco anuncia vida en abundancia, los pregoneros de la muerte, los fariseos del presente, con renovadas y largas filacterias, tratan de opacar ese canto lleno de esperanza que se resiste a morir en la boca de los profetas del infortunio.

Esa es el griterío profieren con sus dubias, acusaciones de herejías y con sus retos doctrinales.

Francisco, Papa de la ternura, de la misericordia y de la esperanza, por favor sigue alimentando a los pobres y necesitados de este mundo. Francisco, sigue adelante y llega tan lejos como los fariseos de antaño llevaron al Maestro, porque la pesada Cruz que llevas a tu espalda en signo de esperanza para la humanidad. Sigue adelante Francisco, que tu fortaleza se sustenta en la debilidad de ese pueblo que te ama y que de ti espera, tanto como del mejor discípulo del Jesucristo.