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Opinión
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El padre abad de Montserrat y sus monjes se comportan como acólitos, dóciles por supuesto, de los instigadores de la conflagración cívico-religiosa, que lleva consigo cualquier independentismo en el contexto que se vive democráticamente hoy en España

(Antonio Aradillas).- Así de contundente y de frío. El Papa, Francisco por más señas, oficialmente y por la vía diplomática establecida, acaba de decir "no" a quienes recababan de él que de alguna manera ejerciera de mediador en la "cuestión catalana" y en el planteamiento que se hace de ella, en unos tiempos de tantas, y tan graves, consecuencias para los españoles, con inclusión de los catalanes, y de la misma Iglesia.

La razón por la que se destaca la imagen y la figura de la Virgen precisamente con la advocación de Montserrat, no es otra que el protagonismo que históricamente, y más en los últimos tiempos, se le ha conferido a su santuario-monasterio. Del mismo han hecho, y hacen, "santo y seña" del independentismo, hasta haber contribuido decisivamente a que este alcanzara sus grados más altos y espectaculares. La sacralización del independentismo fue y sigue siendo, "intra" y "extra" sus muros, referencia "religiosa" de "valores eternos y sobrenaturales", con positiva comprensión, perdonanza, y excusa de cualquier contingencia, que la "humana fragilitas" pudiera aportar, de corrupciones dinerarias y otras.

Otra razón de la identificación soberanista con Montserrat, es la de que su padre abad y sus monjes se comportan como acólitos, dóciles por supuesto, de los instigadores de la conflagración cívico-religiosa, que lleva consigo cualquier independentismo en el contexto que se vive democráticamente hoy en España. Tiene tanto peso esta razón, que llegó a explicar que en el hipotético "ministerio" de la mediación se hiciera presente, además de cardenales y obispos, el abad de Montserrat y no el de otro monasterio.

Vuelvo a insistir en que el "ora et labora" de la santa Regla benedictina no parece ser vocación-profesión primordial del abad montserratino, al menos en estas cuestiones. El buen abad olvidó también el consejo del sabio Fray Antonio de Guevara - el del "Menosprecio de corte y alabanza de aldea"-, de que "en la buena república el sacerdote 'ora' y el labrador 'ara'". No tuvo presente así mismo que el voto de castidad política no habrá de ser tanto o más cultivado que el de la castidad celibataria, dado que del de la pobreza aparece con nitidez, no exactamente penitencial, y que sus seguidores y devotos no son demasiados. Lo de "vivir como un padre abad, como un cardenal o un obispo", es frase recogida, sin rubor alguno, y con legitimidad popular, en los diccionarios de los idiomas cristianos.

Exactamente el santuario-monasterio de Montserrat, tal vez por lo del "devoto" independentismo, tesauriza riquezas eclesiásticas, artísticas y de las otras, en proporciones mayores, que las que tiene cualquier otro monasterio-santuario de Cataluña y del resto de España, pese a que la "inocencia" andaluza de sus Vírgenes dé la impresión de superarlas.

En vísperas de las celebraciones del Quinto Centenario de la Reforma, Martín Lutero, principal protagonista, se hace también aquí presente portando en sus manos el ramillete de sus 95 tesis y algunos resúmenes de sus libros, en los que respetuosamente denuncia, con sensatez, evangelio y pruebas fehacientes, que "monachatus nom est pietas", lo que en lengua vernácula quiere decir, que los monjes son "demasiadamente ricos y poderosos".

Por ahora no me es posible olvidar la escandalosa impresión que me causó ver la estampa impiadosa de la figura de Puigdemont, rodeado de mitras por todas partes, en la celebración de la "patriótica" misa del día de la Virgen de la Merced.