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Opinión
Frei Betto, columnista
Frei Betto, columnista
La espiritualidad es una acción subjetiva de paciencia histórica y actuación confiada para cambiar el actual estado de cosas. No basta la protesta; urge tener propuestas. No es suficiente con reclamar; es necesario actuar

(Frei Betto).-  El Brasil se parece hoy a una persona atropellada por un camión y que, a pesar de sus graves heridas, escapa viva. Aplastadas e infectadas están la política, la ética, la ciudadanía, la representación parlamentaria, aunque la economía dé señales de recuperación, a pesar de los 14 millones de desempleados.

Decía san Agustín que la esperanza tiene dos hijas preferidas: la indignación y el valor. La indignación para contestar a lo que no está bien; y el valor para cambiar la situación.

Ante tan nefasta coyuntura, asociada a la creciente violencia (homicidios, asaltos, drogas), la nación reacciona con indignación (en conversaciones y en las redes digitales) y apatía (en las calles y en los movimientos sociales).

La indignación se manifiesta en expresiones de odio y desprecio; la apatía, en la sensación de que es inútil protestar en las calles, pues se quitó un gobierno corrupto para dar lugar a otro peor...

¿Y qué tiene que ver eso con la espiritualidad? Pues de ella depende nuestro ánimo.

Cuando nos dejamos arrastrar por el nihilismo somos tragados por la inercia y por el individualismo. Esa indiferencia corroe nuestra subjetividad, y objetivamente legitima el poder que nos somete a sus degenerados propósitos.

Toda la narrativa bíblica es un canto a la resistencia y a la esperanza. Ni No hay ni un solo libro en ella que no retrate el conflicto histórico y el choque entre opresores y oprimidos. Entretanto Yavé suscita lo nuevo cuando en reciprocidad todo parece decrépito: desde la gestación de Sara, siendo ya vieja, a la acción liberadora de Moisés contra el faraón, en cuya familia creció él; desde la brisa suave de Elías hasta el pequeño David, de quien no se esperaba nada.

Dios se encarnó en una coyuntura profundamente conflictiva. Palestina estaba sometida por el Imperio Romano. Herodes promovió el infanticidio. José, María y Jesús se refugiaron en Egipto. Juan Bautista asesinado por el gobernador Herodes Antipas. Jesús criticado por fariseos y saduceos; expulsado de la sinagoga; traicionado por uno de sus discípulos; apresado, torturado y juzgado por dos poderes políticos y ejecutado en la cruz. Su resurrección, mientras tanto, comprobó que la justicia prevalecerá sobre la injusticia y la vida sobre la muerte.

Los tiempos de crisis requieren la espiritualidad del grano de mostaza pequeño e insignificante, pero de él puede brotar lo que en el futuro cambiará el rumbo de la historia. Espiritualidad del tesoro escondido y de quien sabe que vale la pena cavar el terreno hasta encontrarlo. Espiritualidad del ciego Bartimeo que, por confiar en la acción divina, volvió a ver con claridad.

La espiritualidad es una acción subjetiva de paciencia histórica y actuación confiada para cambiar el actual estado de cosas. No basta la protesta; urge tener propuestas. No es suficiente con reclamar; es necesario actuar. De nada sirve odiar, hablar mal, criticar. Más vale arremangarse y, como decía Juan Bautista, empuñar el hacha y dirigirlo a la raíz del árbol podrido.

La espiritualidad impide introyectar lo que sucede a nuestro alrededor. No somatizar la realidad circundante. Al contrario, de ese distanciamiento brechtiano reunir energías para transformar lo viejo en nuevo, lo arcaico en moderno, el escepticismo en esperanza.

En los años 1960 yo pensaba que mi futuro personal iba a coincidir con el tiempo histórico. Hoy sé que no participaré en la cosecha, pero me planteo la cuestión de morir como semilla.

El futuro será siempre fruto de lo que sembramos en el presente. No hay salida para la inesperada irrupción de un acontecimiento político, ni por el retroceso al pasado. La espiritualidad en tiempo de crisis exige cabeza fría, mente alerta, corazón solícito. No dejarse ahogar en las mareas negativas.

La historia está repleta de ejemplos de hombres y mujeres que lo tenían todo para enclaustrarse en sus nichos familiares y profesionales y, mientras tanto, se atrevieron a sacar al aire la bandera de un futuro mejor: Gandhi, Luther King, Mandela, Chico Mendes, Zilda Arns y la albanesa Anjesé Gonxhe Bojarchiu, más conocida como Madre Teresa de Calcuta.

A los ojos de sus contemporáneos, Jesús fracasó. A los ojos de la historia, marcó definitivamente la historia humana. Porque confió en que la menor de las semillas se transforma en un árbol frondoso.

Frei Betto es escritor, autor de "Reinventar la vida", entre otros libros.