• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Gelabert, columnista
¿Cómo no se le ha ocurrido a nadie con autoridad eclesiástica montar una gran peregrinación de católicos catalanes al Pilar y de católicos del resto de España a Monserrat?

(Martín Gelabert).- En el año 1950 Juan de Orduña dirigió una película titulada "Agustina de Aragón". En un momento dado aparece un militar arengando a la gente concentrada en la plaza, llamando a la resistencia contra las tropas invasoras. Y enseguida un cantante canta la famosa jota: "La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, que quiere ser capitana de la tropa aragonesa".

Tras los vítores de la multitud aparecen tres personajes en diálogo, un catalán y dos aragoneses. El primer aragonés se dirige al catalán y le dice: "que pequeñica es la Virgen del Pilar, pero que grande es". El catalán replica: "si, pero no pierdas de vista a la moreneta de Monserrat, que tampoco es manca". Entonces interviene un tercero que dice: "no seáis brutos, que las dos son la misma".

Me parece una escena divertida e inteligente. Las dos son las misma, claro está. Pero no es menos cierto que este icono universal (al menos en el mundo católico y ortodoxo), que es la Virgen María, precisamente porque es universal, o sea de todos, cada uno la quiere hacer suya, y la particulariza, la pinta con los rasgos propios de su lugar y de su cultura.

Así se explican las múltiples adjetivaciones que recibe María, la mayoría de ellas ligadas a lugares o culturas. Porque es de todos, es de cada uno. Pero porque es de todos, nadie se la puede apropiar, ni pretender que uno de los títulos es el más adecuado. Ella es lazo de unión, nunca de división. Las imágenes de la Virgen del Pilar y de la Virgen negra de Monserrat representan a la misma mujer sencilla y humilde, cuya vida estuvo totalmente al servicio de Dios y de sus hermanos, los seres humanos. Ella es la esclava del Señor y la servidora de los hombres.

Recuerdo con emoción la primera vez que, siendo niño, visité la basílica del Pilar. A mi hermano y a mi nos llevó allí mi padre. Todavía tengo en la memoria las palabras con las que nos invitó a rezar ante la imagen. Cada vez que he tenido ocasión de volver a Zaragoza suelo visitar la basílica del Pilar. Allí, en dos ocasiones, he predicado la novena del Pilar. Y una vez celebré una Misa en lengua francesa, para un grupo de religiosas catalanas y francesas. Por cierto, la Virgen del Pilar quiere ser francesa y no quiere ser capitana de ninguna tropa, porque a todos nos llama a ser hermanos. Y para ser hermanos sobran todas las armas. Bastan las manos abiertas y los cuerpos dispuestos a abrazarse.

Hablando de hermandad y pensando en los tiempos que corren, ¿cómo no se le ha ocurrido a nadie con autoridad eclesiástica montar una gran peregrinación de católicos catalanes al Pilar y de católicos del resto de España a Monserrat?

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