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Opinión
Hilari Raguer
Hilari Raguer
No hay peor nacionalismo que el de los que intentan imponer la propia nacionalidad a otras naciones

(Hilari Raguer, osb).- A fines de los años cuarenta del siglo pasado un joven esloveno, Óscar Borin, dio al grupo de jóvenes universitarios católicos y nacionalistas al que yo pertenecía una charla que ahora he recordado, cuando se está hablando de la solución eslovena del presidente Puigdemont.

Borin formaba parte de un grupo de jóvenes eslovenos que habían huido de la Yugoeslavia de Tito. Era ésta entonces un estado plurinacional, con tres principales naciones: Serbia, Croacia y Eslovenia, además de otras menores, como Bosnia y Montenegro.

Tito se había tenido que acomodar a esa compleja composición y respetaba bastante las peculiaridades de las naciones. Incluso, en previsión de una invasión soviética (pues Tito era un comunista disidente) había creado unas milicias en cada nación, dotadas incluso de armas pesadas, prontas a emprender una guerra de guerrillas contra el posible invasor. De las tres naciones, Serbia es la más extensa y potente, y siempre ha pretendido someter a las otras dos, identificando Yugoeslavia con ella y forzándolas a hacerse serbias.

Croacia, muy católica y radical, siempre amiga de Alemania, tendía a la violencia (contaba Borin que en cierta ocasión la minoría croata acudió al parlamento armada de pistolas y empezó a matar diputados serbios). Eslovenia ha sido siempre pacífica pero tenaz y eficaz manteniendo su identidad. Comparando Yugoeslavia con España, Borin veía a Castilla como Serbia, Croacia se parecería a Euskadi y Eslovenia a Catalunya.

Se ha hablado mucho últimamente de la "balcanización", recordando las guerras entre naciones que ensangrentaron la región cuando estalló la república yugoeslava. Pero lo que desencadenó aquella violencia no fue la defensa de la identidad de las naciones pequeñas (Croacia, Eslovenia, Bosnia) sino el nacionalismo imperialista y asimilista de Serbia.

El estallido de la primer guerra mundial (como soy viejo, yo la llamo todavía guerra europea) fue culpa del nacionalismo serbio. El 26 de junio de 1914 el heredero del archiduque de Austria y su esposa fueron asesinados en Sarajevo, capital de Bosnia, pero no a manos de un nacionalista bosnio sino de un estudiante nacionalista serbio, que encontraba normal que todas las naciones balcánicas estuvieran sometidas a Serbia pero que no quería que Bosnia y Serbia lo estuvieran a Austria, que a la doble corona de Austria y Hungría quería añadir una tercera, la gran Serbia.

Castilla quiso imponer su nacionalidad, con sus instituciones, sus leyes y su lengua a todas sus conquistas: las de la península y las de América. "Siempre fue la lengua compañera del imperio", escribió Elio Antonio de Nebrija en la primera gramática de la lengua castellana, el 1942, año también de la conquista de Granada, del descubrimiento de América y de la expulsión de los judíos.

En Catalunya suprimió las instituciones, pero no ha podido exterminar la lengua, ni con ella la conciencia de la propia identidad nacional. No hay peor nacionalismo que el de los que intentan imponer la propia nacionalidad a otras naciones.

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