• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Moceop 40 años
El celibato es un problema comunitario, no puede ser reducido ni analizado como un asunto de cada cura considerado por separado

(Ramón Alario).- Allá por los meses de octubre y noviembre de 1977 un grupo de curas del barrio de Moratalaz (Madrid) celebramos varias reuniones para analizar un problema "pastoral" surgido en una de nuestras comunidades parroquiales. Un compañero había decidido casarse. Y lo había manifestado a la comunidad. ¡Como en tantas otras ocasiones estaba sucediendo por toda la geografía española!

Lo novedoso era que la comunidad le había contestado que por ella no había ningún problema: que les servía lo mismo como cura casado que como célibe; y como cura obrero, que también lo era (limpiacristales, por más señas).

El ambiente de aquellos encuentros de análisis y reflexión, marcado por el compañerismo y la sinceridad- incluía un complejo conglomerado de sentimientos: sorpresa, curiosidad, extrañeza, inquietud, indecisión... Un grupo de curas en activo -prácticamente todo el presbiterio de aquella zona- abordábamos sin tapujos un tema oficialmente tabú. También compartíamos la perspectiva teológica predominante de aquellos años: optimismo, esperanza, ilusión, utopía, reforma eclesial; compromiso por la renovación de nuestras comunidades, en definitiva. Estábamos embarcados en la apuesta conciliar de puesta al día proclamada por Juan XXIII.

Este era el ambiente en que se fue gestando un movimiento eclesial como MOCEOP, que, a lo largo de los últimos cuarenta años, ha estado presente en nuestro panorama eclesial. El Movimiento por un Celibato Opcional reivindicaba la opcionalidad del celibato para los curas de la Iglesia católica de Occidente. Y, junto a ello, representaba el cuestionamiento radical de un estilo de iglesia que nos parecía lejano a la sensibilidad de los tiempos y cerrado en algunas líneas a la exigencia de una profunda reforma. Así entendíamos este problema en aquellas reuniones.

Por aquel entonces, situaciones similares se estaban produciendo en otros muchos lugares de nuestra geografía. Asturias, Córdoba, Granada... Y, por supuesto, en otras vicarías de Madrid (Vallecas, Usera...) Creo que fue en esas provincias andaluzas donde algunos curas consiguieron, por primera vez, que un tribunal los considerara sujetos hábiles para el matrimonio civil (en contra de lo que el código vigente decía: sujetos "inhábiles", en paridad con los "idiotas o imbéciles" y otros incapacitados o faltos de razón, con deficiencias mentales profundas). ¡Cosas de otra época!

Sí que podemos constatar desde el primer momento el compromiso de analizar la nueva situación pastoral con unos ojos abiertos a la vida, a las personas, a un compañero y a su pareja; y a las comunidades en que estábamos. Junto a un deseo de no esconder un problema, sino de abordarlo. Y en esta apuesta ocupa su lugar imprescindible la mujer, cada una de las compañeras de muchos curas, tantas veces ignoradas, silenciadas o abandonadas a la clandestinidad o a su suerte en esa imperdonable historia de hipocresía. Ellas han sido y son desde el primer momento uno de los pilares fundamentales de la vivencia y de la reflexión de Moceop: desde hace años, una de ellas preside y coordina Moceop. Esta es una de las primeras coordenadas vitales de este movimiento eclesial.

Parece hoy un lugar común en las ciencias sociales que todo "lo personal es político": solo es preciso contextualizarlo, ubicarlo en el sistema social y estructural en que cada ser humano vive. Para el colectivo de los moceoperos, desde los primeros momentos, tras los curas que dejaban el ministerio, había algo importante, algo que trascendía el problema personal de cada afectado y afectada; y que no podíamos ignorar en nuestro análisis. Nuestra formulación era clara: el celibato es un problema comunitario, no puede ser reducido ni analizado como un asunto de cada cura considerado por separado. Lo personal es comunitario. El valor y el cuestionamiento de la ley celibataria inevitablemente entrañan una forma de ser, vivir y explicar la comunidad de los creyentes en Jesús de Nazaret. Esta es la segunda convicción y coordenada de Moceop.

Y así, ya desde aquel último trimestre de 1977, se abrió este tema a la reflexión a las diferentes comunidades parroquiales afectadas. Son muchos los intentos realizados a lo largo de 1978 y 79 para implicar al mayor número de colectivos en esa reflexión. Sin otros medios para generalizar este debate comunitario de forma abierta, a plena luz (visita al cardenal Tarancón), recurrimos a otros curas cercanos y sensibilizados ante el problema: consiliarios de movimientos especializados de A. C., profes o formadores de seminarios, curas obreros...

De aquellos dinámicos años podemos rememorar diversos momentos y lugares: reuniones de "curas jóvenes de Madrid"; en dependencias de la plaza de Santa Bárbara; intentos de que fuera tema del trabajo del presbiterio madrileño; apoyo en ciertas publicaciones (El Pelícano)... Y, sobre todo, nuestros primeros esfuerzos por mantener y dotar de vida a Tiempo de Hablar, revista de tirada trimestral, que nos ha acompañado y acompaña en esta ya larga travesía.

Sentíamos, soñábamos el aleteo del Espíritu en aquellas pequeñas batallas. Fue muy bonito irnos encontrando y abriendo caminos, vislumbrados, paridos y acunados desde los pequeños compromisos. Nuestros sueños no se esterilizaban en una reivindicación individualista: se abrían a unas comunidades que intuíamos y deseábamos adultas, corresponsables e igualitarias. Nos ayudaron un montón a reflexionar en aquellos pasos iniciales teólogos y teólogas de la categoría de Burgaleta, Castillo, Tornos, Ana María Schlutter, Lois, Urbina, Rodier, González Ruiz, Rufino Velasco,...)

Toda esta apuesta cristalizó en el I Encuentro Estatal del Moceop (19-21. Marzo. 1982), celebrado en los que luego serían uno de nuestros lugares emblemáticos de reunión: el CEFOR. La estatalidad del encuentro estuvo asegurada por representantes de Cataluña, Valencia, Cádiz, Alicante, Toledo y Madrid. Y, por supuesto, con la simpatía y los primeros contactos de muchos otros. Allí quedaron formuladas, tras un estudio de un amplio abanico de experiencias comunitarias, nuestra convicción y defensa como movimiento de iglesia, así como nuestras referencias (la Buena noticia de Jesús, la pequeña comunidad, la dignidad de ser hombres: "seres humanos", diríamos hoy), unos objetivos específicos y hasta un programa de acción.

Aunque la formulación explícita llegara algo más tarde, lo que se puso en marcha en aquellas reuniones, cobraba cuerpo y formulaba unos compromisos de presencia activa y militante más allá de experiencias aisladas. El Tiempo de Hablar inicial se asentaba, cambiaba de imagen y se convertía también en Tiempo de Actuar. Y así aparecía la tercera coordenada de nuestro movimiento: ser una fuerza no solo crítica y parlante, sino también transformadora desde la presencia activa en las comunidades, preferentemente desde las pequeñas.

Desde ahí podemos recordar y analizar un sinfín de reuniones, congresos, conexión con otros movimientos europeos y luego latinoamericanos... Uno de los puntos importantes de nuestra insistencia en toda aquella época fue sencillo, pero clarificador: éramos y nos sentíamos retornados, que no reducidos... Nos sentíamos reincorporados al estado original de igualdad de todos los creyentes en Jesús, igualdad radical otorgada por el bautismo y el sacerdocio común a toda la comunidad. Jamás nos sentimos reducidos por nuestra nueva condición de creyentes de a pie, como tantas veces nos llamaban documentos oficiales.

Marroquina, Dominicos de Alcobendas (1993), Albacete, Las Lagunas, La Horadada, El Espinar, Guadarrama (2015)... Son nombres que siempre quedarán como referencias encuentros amigables -estatales e internacionales-, cargados de utopías y sueños. Retos y pasos concretos, pequeños, sencillos: pero desde una perspectiva clara que hemos ido descubriendo desde nuestros compartir de creyentes.

Es este un pequeño relato, una pequeña historia no terminada, como cada recorrido personal: todo por hacer desde lo ya conseguido. Para nosotros ha sido un sueño dinamizador, desde la terca esperanza... No hecho realidad completa; pero sí vivido desde nuestra opción como creyentes. Una realidad por hacer: siempre delante de nosotros como sentido, como una utopía a la que aspirar: característica general (ya pero todavía no) del Reino de Dios presente en nuestras vidas.