• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Francisco con el báculo kachin

(José Manuel Vidal).- Las religiones, todas las religiones, se tocan en lo esencial: la dinámica del amor al prójimo. Una dinámica que, en los Evangelios, alcanza su máxima concreción en el mandamiento nuevo “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” (Mt. 22,36). Y se concreta aún más en la parábola del juicio final: “Tuve hambre y me disteis de comer...”(Mt. 25,35).

Es la gramática del amor que, después, en la Iglesia católica, para concretarla todavía más, se plasmará en las “obras de misericordia”: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, posada el peregrino... La misma gramática del amor que, en el budismo, pasa por la armonía y, sobre todo, por la compasión.

Por eso, Francisco, en la reunión con el 'Shanga', el Consejo Supremo de los monjes budistas, volvió a subrayar ese 'catecismo del amor', distintivo de todas las religiones. Y recordó a la minoría católica y a la mayoría budista que es mucho más lo que les une que lo que les separa, invitando a ambas comunidades a superar los prejuicios, “la intolerancia y el odio”.

¿Cómo?, se preguntó el Papa. Y contestó con esta bella cita de Buda:

“Conquista al hombre airado mediante el amor; conquista al hombre de mala voluntad mediante la bondad; conquista al avaro mediante la generosidad; conquista al mentiroso mediante la verdad”.

Y, para que se viese fácilmente que no hay fronteras en el corazón de las dos religiones, pasó, a continuación, a declamar parte de una oración que se le atribuye a San Francisco de Asís:

“Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que donde hay odio, yo ponga amor. Que donde hay ofensa, yo ponga perdón. Que donde hay tinieblas, yo ponga luz. Que donde hay tristeza, yo ponga alegría”.

Es la lógica de la cruz o el “mensaje de la misericordia” que Francisco repite, como un mantra, explicado con su forma de hablar colorida e imaginativa. De ahí que, en la antigua Birmania, dijese que “el amor es como un gps espiritual, que nos guía hacia el corazón de nuestro prójimo”.

Dirigido por ese gps, el Papa extrae las consecuencias prácticas más adecuadas a cada país que visita. Y en una nación como Myanmar, recién salida de la noche de una terrible dictadura militar y con un ejército, dueño y señor del país, al que algunos acusan de limpieza étnica (y no sólo con los rohingya), Francisco utiliza el navegador del amor, para escapar de la venganza y recorrer la ruta de la reconciliación.

Un gps que lleva al Papa a comportarse con los demás líderes religiosos (en teoría, menos importantes que él) con una humildad total. Por eso, no tuvo reparos en descalzarse a la entrada del 'Shanga' ni en ofrecerse como “socio disponible”, para avanzar en el camino conjunto “de la paz, el respeto a la dignidad humana y la justicia”.

Porque, para el Papa, no hay amor sin justicia ni justicia sin amor. Y, como buen profeta que anuncia el navegador del amor y denuncia las injusticias, no pudo pronunciar la palabra rohingya. Para no añadir vinagre a la herida. Para proporcionar un mayor margen de maniobra a la Nobel Suu Kii.

Como buen político (de ésos que piensan ante todo y sobre todo en el bien común de la gente), Francisco no pronunció el término rohingya, pero proclamó abiertamente los derechos de las minorías. De todas las minorías perseguidas en el país. Porque, los rohingya no son la única minoría perseguida y discriminada. Hay otras.

Está también la minoría kachin. Una minoría católica perseguida y confinada en campos de refugiados de la zona septentrional del país. Y a ellos, a pesar de ser suyos, a pesar de ser católicos, el Papa tampoco los nombró explícitamente. Pero les dedicó todo un símbolo implícito. El báculo que lució el Papa en la multitudinaria eucaristía al aire libre en Yangon era un regalo de los kachin.

Un báculo de madera, con un Cristo retorcido clavado en la cruz, labrado a mano por los refugiados católicos de la etnia kachin. El regalo de los que sufren por su fe y que son tan pobres que ni siquiera pudieron acercarse para ver a su Papa y oler el perfume del profeta de los pobres.

Y Francisco, en la misa, se agarró como nunca al báculo de los kachin. Y, a través de él, derramó ternura y bálsamo en las heridas y en los corazones desgarrados de sus hermanos. Y dicen que, agarrado al báculo de madera, el Papa se hizo daño de tanto tener que morderse la lengua. Para evitar más sangre derramada.

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