• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Agustín Ortega
Lo más inherente del laico es la caridad política en el impulso, más directa e inmediatamente, del bien común universal y la civilización del amor

(Agustín Ortega).- Este artículo, nace de mi presencia en el I Encuentro Nacional de Laicos Católicos, organizado por la Iglesia Católica de Ecuador y celebrado, recientemente, en la Universidad Politécnica Salesiana de Cuenca.

Se realizaron diversas conferencias, y las principales estuvieron a cargo del Dr. Guzmán Carriquiry, Vicepresidente de la Comisión Pontificia para América Latina y amigo del Papa Francisco. En mi intervención, explicando el sentido e importancia de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) junto a la vocación específica del laico, pude comprobar una vez más lo necesario e imprescindible de estas cuestiones. Y que son, aún todavía, bastantes desconocidas u ocultadas y hasta tergiversadas.

Lo vital que es para el mundo, la fe e iglesia toda esta promoción de ese tesoro que es la DSI y un laicado adulto, maduro y militante comprometido en la lucha por la paz y la justicia con los pobres de la tierra. Siguiendo al Concilio Vaticano II y al Magisterio de los Papas, sobre estas realidades decisivas de la DSI y del laicado, vamos exponer algunas claves al respecto.

Como afirma el Papa Francisco, "los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe.

Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante" (EG 102).

De esta forma, la Iglesia está al servicio de la misión en el anuncio, celebración y realización del Reino de Dios en el mundo e historia. Ella es el pueblo de Dios, constituidos por la dignidad y vocación universal a la santidad de todos los bautizados. Por el bautismo, los fieles cristianos nos unimos a Cristo Crucificado-Resucitado y a su Pascua salvadora, liberadora de todo pecado. Como hijos de Dios Padre en su Hijo Único Jesucristo, por el bautismo nos insertamos en su pueblo y cuerpo que es la iglesia. En el bautismo, todos los fieles cristianos somos consagrados sacerdotes, profetas y reyes en las virtudes teologales de la fe, esperanza y caridad que nos llevan a la vocación universal a la santidad.

La iglesia es la comunidad santa, sacerdotal, profética y regia con su diversidad de carismas y ministerios, como los ordenados que están al servicio del Pueblo de Dios y de los fieles laicos. El sacerdocio del obispo o presbítero está ordenado al sacerdocio común del pueblo de Dios y de los fieles laicos, para que realicen el compromiso bautismal en su vocación e identidad específica.

La caridad pastoral, propia del ministerio ordenado, promueve lo más inherente del laico que es la caridad política en el impulso, más directa e inmediatamente, del bien común universal y la civilización del amor. Por su índole secular, en la virtud teologal de la caridad política, los laicos están llamados a su misión propia como es la gestión y transformación del mundo con sus realidades humanas, sociales e históricas. Tales como la familia, la cultura, la política, la economía, el trabajo, el comercio o las finanzas para que, en esta caridad política, se vayan ajustando al Reino de Dios y su justicia; para que sean más conformes al Plan de Dios. De ahí que la misión e identidad del laico esté constituida por el propio bautismo. Y este laicado, en comunión con la iglesia y sus pastores, tiene su propia autonomía y responsabilidad en el desarrollo de sus acciones e iniciativas, inherentes a su índole secular y transformadora de las realidades del mundo.

De esta forma, unido a la celebración de la liturgia y los sacramentos, el laico ejerce su sacerdocio entregando su vida como ofrenda a Dios para la consagración del mundo e historia a este proyecto del Reino de Dios. Para que se refleje la salvación liberadora y gloria de Dios en el mundo. Desde la Palabra de Dios en la iglesia, el laico es profeta anunciando el Reino con sus valores e ideales en la cultura, sociedad y mundo. Y denunciando, en la realidad social e histórica, todo aquello que vaya en contra de la vida, dignidad y justicia liberadora que nos trae el Reino. Es rey en el servicio del amor universal y de la caridad política con la transformación y renovación de las relaciones humanas, las estructuras sociales, los sistemas políticos y económicos, los mecanismos laborales, comerciales y financieros. Al servicio del bien común universal de toda la humanidad, la solidaridad mundial y la justicia social-global con los pobres de la tierra.

Como se observa, por su índole secular, el ámbito más propio y específico del laico es la sociedad y el mundo, por lo cual la guía de la acción laical es la DSI que nos transmiten los principios, criterios y claves para el compromiso bautismal del laico. La vocación propia del laico con la DSI lo lleva a la presencia, compromiso y militancia en todas estas encrucijadas, fronteras y periferias de la historia. Como son la economía, el trabajo, la empresa, la política o la cultura donde se juega la vida y el destino del ser humano, su libertad, dignidad y justicia, sus sufrimientos y esperanzas. Son todas estas fronteras y periferias, existenciales e históricas, los lugares y signos de los tiempos: que van ya manifestando la salvación liberadora que trae el Reino con su amor fraterno, vida, paz y justicia; o visibilizando el pecado del mundo, personal, social e histórico, las estructuras de pecado con sus ídolos del tener y del poder, del poseer y de la riqueza-ser rico.

La salvación y liberación integral se va realizando ya en todas realidades sociales e históricas del mundo, mediante el amor universal y la justicia con los pobres de la tierra, que culmina en la trascendencia consumada. En la vida plena y eterna, con los cielos nuevos y la tierra nueva. La DSI tiene como misión ir efectuando esta caridad sociopolítica con el bien común y la justicia con los pobres que nos va liberando de todo este pecado del mundo e ídolos que llevan a la esclavitud, al mal y a la muerte. Con su antropología, la DSI manifiesta a la humanidad nueva que, desde la Gracia liberadora de Dios, se compromete por llevar toda esta vida espiritual y moral a la sociedad-mundo. Para orientarla con sus principios éticos, virtudes humanas y cristianas, con los valores evangélicos y el método de la DSI: el ver-juzgar-actuar transformador de la realidad.

Valores y principios como la solidaridad promoviendo el destino universal de los bienes, que tiene la prioridad sobre la propiedad que siempre posee un carácter social. Orientando así a la economía en la justa distribución de los recursos, al servicio de las necesidades humanas. El trabajo subjetivo, el sujeto de la persona trabajadora con su dignidad y derechos como es un salario justo, que está antes que el capital, que el beneficio y la ganancia. Estos medios de producción han de ser socializados para que la empresa, como comunidad humana, sea gestionada y sustentada en su propiedad por los trabajadores. En una economía social, cooperativa y de comunión.

La subsidiariedad y el bien común que han de vertebrar la política para una democracia ética, real y autogestionada por la sociedad civil. Garantizando, de esta forma, las condiciones sociales e históricas para el desarrollo humano integral y los derechos humanos. La no violencia y la paz justa, con todo este desarrollo integral y un desarme mundial, ha de erradicar las guerras e industria militar con su carrera de armamentos.

Este desarrollo se realiza en la ecología integral con la comunión y justicia con Dios (ecología espiritual), con los otros y con los pobres (ecología social) y con esa casa común que es el planeta (ecología ambiental). En un diálogo y encuentro inter-cultural e inter-religioso para una convivencia pacífica. Y con la promoción de una bioética global, en la protección de la vida en todas sus fases (desde inicio hasta el final) o dimensiones, y del matrimonio con la familia. Con el amor fiel de un hombre con una mujer que se abre a la vida e hijos, a la misión, solidaridad y compromiso por la justicia con los pobres. Frente la familia burguesa e individualista encerrada en sus intereses.

Vemos, pues, la importancia trascendente y decisiva del laicado y de la DSI para ser iglesia en el mundo, en salida hacia las periferias. Iglesia pobre con los pobres, frente a la globalización de la indiferencia y cultura del descarte. El ser persona, cristiano y santo en el amor fraterno y comunión de vida, bienes y luchas por la justicia con los pobres que nos va liberando de los ídolos del tener, riqueza-ser rico y del poder, de las idolatrías del mercado, del capital y del estado.