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Opinión
Visita del Papa a Chile
A la visita se restarán los heridos de Francisco, a quienes trató de tontos y zurdos por no aceptar la imposición del obispo Juan Barros en Osorno. Tampoco participarán las victimas de la pederastia cometida por el clero en la Iglesia chilena

(Juan Carlos Claret, Vocero Laicos y Laicas de Osorno).- El presente artículo resume un documento de mayor volumen que se encuentra disponible en el siguiente link. Dicho documento, que tiene como objetivo intentar responder a una pregunta fundamental: ¿Cuáles son las causas profundas de la actual crisis de la Iglesia chilena? Ese cuestionamiento es ineludible para cualquier cristiano a quien le importa verdaderamente la Iglesia, con mayor razón en el contexto de la visita que el Papa hará proximamente a Chile. Sería hipocresía no detenerse seriamente ante tal interpelación moral en un momento histórico.

El documento de base fue previamente socializado con muchas personas, directamente involucradas en los distintos problemas que se exponen. Así también, muchos solicitaron mantener sus nombres en reserva por miedo a represalias.

La Iglesia está llamada a ser sacramento universal de salvación, anhelo que se realiza en la medida que testimonie la espiritualidad de Jesucristo, en cuanto sea "pobre y para los pobres", alimente a los hambrientos, sacie a los sedientos, acoja al migrante, vista al desnudo, visite al enfermo y acompañe a los marginados de ayer y hoy. Sólo así será signo visible del Amor de Dios.

Mucho bien hace la Iglesia en el mundo y en Chile. Es el testimonio de esa Iglesia pueblo de Dios que se manifiesta como un anticipo de ese Reino de paz, de justicia y de amor del que se nutre la utopía cristiana.

Sin embargo, el trigo convive con la cizaña. Y entonces la buena noticia del Evangelio, en Chile, es opacada por malas noticias de escándalos y miserias de una institución que se ha dejado invadir por la polilla y la herrumbre.

Muchos quisieran dar vuelta esta página oscura de la Iglesia chilena, para olvidar maldades y vergüenzas. Así piensa el obispo coordinador de la visita papal, Fernando Ramos, quien dice: "Cada vez que en la Iglesia estamos permanentemente mirándonos el ombligo y reflexionando lo mal que lo hacemos, siempre vamos a hacer un diagnóstico malo y quien hace un diagnóstico con lo malo erra en el mismo".

Es el riesgo de manipular la visita del Papa, olvidando el pecado eclesial. Esto es incomprensible en una institución especializada en enrostrar el pecado y las fragilidades humanas a sus feligreses y a la sociedad. A esa jerarquía eclesiástica desprevenida, que encarna a las vírgenes necias del Evangelio, habría que recordarle que el amor cristiano supone la corrección fraterna.

La Iglesia debe ser un espacio de confianza lúcida. Sin embargo, el trauma eclesial vivido en los últimos años obliga a la precaución, porque el abuso en todas sus expresiones -de poder, sexual y económico- encontró, en la institucionalidad, condiciones propicias para su multiplicación; todo ello al amparo de la impunidad.

En estos delicados temas no se ve conversión pastoral. Los abusos subsisten y la impunidad, a ratos, está garantizada. Ante el desamparo, ha surgido un laicado maduro que ha hecho de esta causa un deber moral y social. Dicha actuación, mañana será el testionio histórico de que hubo una Iglesia pueblo de Dios que, en medio de una profunda crisis moral, fue capaz de salvaguardar el Evangelio; mientras la jerarquía lo desacreditaba públicamente.

Este tiempo quedará configurado como una época sombría de la historia, donde la jerarquía eclesial cooptó a la institución para sus propios fines. Una época, donde hubo un laicado ético que supo leer el kairós escatológico para construir las bases de una verdadera Ecclesia.

Diagnóstico de la crisis

La evidencia de la crisis de la Iglesia chilena es irrefutable. Para sustentarlo bastaría citar a una fuente fiable y ponderada. En tal sentido, ayuda poner atención a la opinión de un respetado teólogo chileno como Jorge Costadoat sj, quien titula una de sus últimas publicaciones como "El Papa Francisco encontrará una Iglesia Católica en Crisis".

En un contexto de grandes y continuos cambios, las Orientaciones Pastorales del Episcopado Chileno 2001-2005 hablaron de "un cambio de época". Ciertamente se han erosionado los valores cristianos en la sociedad, pero es innegable que hay cambios positivos. Entre ellos, el surgimiento de un laicado maduro capaz de asumir con fuerza el desafío evangelizador. Lo que para los obispos es un problema, para el laicado es una virtud. Claro, porque de rebaños menos subordinados surge la parresía profética que moviliza a un pueblo más racional y consciente de su libertad individual. Así, el cambio desafía a unos y paraliza a otros, dejando expuesta a una jerarquía incapaz de asimilar el presente, donde todo cambia, excepto la Iglesia jerárquica.

Ejemplo de esto es la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano realizada en Aparecida, Brasil, donde los obispos dispusieron la gran misión continental. Imaginaban a un numeroso laicado con la Biblia bajo el brazo, saliendo a recorrer poblaciones, golpeando puertas y repitiendo un discurso prefabricado. Se trataba de una tarea proselitista impuesta por hombres ajenos a la vida laical. El resultado fue un grave error y completo fracaso pastoral. Al desconocimiento de la vida, se sumaba ese pecado intrínseco de la jerarquía, mandar y ordenar.

Una jerarquía carente de Amor

Para la jerarquía, la causa de los fracasos eclesiales siempre está en agentes externos. Olvidan que sus intentos de aggiornamento eclesial son definidos por una jerarquía masculina, desconectada de la vida real de las personas. Y si optan por consultar al laicado, lo hacen con sus incondicionales, conformando un coro de adulaciones recíprocas.

Lo que desvive a los obispos es ajeno para el laicado. Entonces las energías pastorales se malgastan y se pierden. Ejemplo de ello es esa pudorosa obsesión de los obispos por lo sexual. Hombres célibes que desgastan sus mentes para moralizar el Evangelio, en circunstancias que del otro lado hay un laicado respetuoso, que no acepta que se inmiscuyan en su intimidad. Esos hombres no han descubierto lo que el pueblo de Dios espera de ellos: celo irrestricto para alentar la esperanza y actualizar las bienaventuranzas.

Así, una larga lista de preocupaciones episcopales aleja a los fieles de la Iglesia. Eso de a quienes autorizar la comunión sacramental, eso de promover un modelo de familia ideal, obsesión por el control de la natalidad, las cuestiones de género y un largo etcétera. En resumen, ese afán irrespetuoso de pautear la conducta de sus fieles, no hacen sino espantar a una "clientela" cada vez más exigente y volátil.

Y esa torpeza pastoral, en la que incurren no pocos obispos, de cruzar peligrosamente ese umbral que separa a la Iglesia del Estado. ¿Cuantas veces el "jefe" de la Iglesia chilena, con el cardenal de turno, ha dejado expuesta a la Iglesia en la vitrina del ridículo, en el terreno impropio de la política contingente y partidista, tomando posiciones indebidas?

Y esa amnesia pastoral de las cuestiones sociales, donde los obispos callan para no incomodar a sus lucrativos sostenedores económicos. Entonces la desigualdad social, la calidad de vida, los sueldos y salarios, las prácticas antisindicales y los abusos de los poderosos son silenciados con absoluta complicidad. Por esos largos silencios, hoy la sociedad le pasa la factura a esa Iglesia institucional.

La jerarquía latinoamericana tomó la idea de Francisco de ir al encuentro de las periferias existenciales. Entonces habrá que preguntarse si acaso la Iglesia está preparada para servir en esos espacios de la vida. Y hay otras periferias creadas por la propia Iglesia, producto de sus marginaciones. Gracias a Dios, muchos de esos ciudadanos periféricos han terminado siendo acogidos por la misma sociedad. Son los homosexuales, las madres solteras, los hijos "ilegítimos", los curas casados, las parejas divorciadas, las mujeres que abortaron, etc. Hay que honestos y preguntarse: ¿Cuántas fobias sociales tienen una raíz moralizante de esa cristiandad pervertida?

Como decía Pedro Arrupe, "la cabeza piensa donde se ponen los pies". Y eso ocurre con la jerarquía cuando no vive en la periferia. Esa misma jerarquía que no logra comprender que la tarea del cristiano no implica asumir grandes momentos estelares de evangelización para testimoniar su fe, sino que debe ejercerla cotidianamente.
Los resultados son elocuentes. En un país donde el 60% de la población dice ser católica, sólo el 36% confía en la Iglesia, siendo Chile el país del continente donde más desconfianza existe hacia la Iglesia. Asimismo, Chile se ha convertido en el país latinoamericano donde el Papa es menos querido, según la encuesta Latinobarómetro.

Ante la desconfianza, la jerarquía insiste en responsabilizar a la sociedad. Así lo afirma el Secretario General Adjunto de la Conferencia Episcopal, Jaime Coiro, al relativizar la desconfianza hacia la Iglesia con la que afecta a la sociedad entera. Eso es evadir la realidad. Bien podría decirse que la Iglesia chilena está técnicamente "quebrada", porque no tiene solvencia moral y porque comprometió su patrimonio espiritual. Consecuente con ello, la influencia de la Iglesia en la realidad social se ha vuelto irrelevante.

La Iglesia está repleta de palabras, de frases y de textos que contradicen sus propios actos. Se emiten rimbombantes documentos que pocos leen y que más bien parecen llevar una cuenta de las propias incoherencias.

Las Orientaciones Pastorales vigentes tienen como lema "Una Iglesia que escucha, anuncia y sirve". Y luego cabe preguntarse: ¿Cuándo escucha y a quiénes escucha? ¿Qué Buena Noticia anuncia? En 2012, los obispos emitieron un documento titulado "Humanizar y compartir con equidad el crecimiento de Chile"; sin embargo, el apego al poder y al dinero terminó invalidando un documento que pudo ser fecundo. Recientemente, el Comité Permanente presentó "Chile, un hogar para todos", documento que omite toda referencia a los abusos sexuales del clero que, lamentablemente, siguen conociéndose.

Frente a la gravedad de los abusos del clero, la Iglesia no aprende. Así, el obispo auxiliar de Santiago, Fernando Ramos, dice que los "abusos sexuales no hacen perder legitimidad a la Iglesia". La frase denota soberbia y arrogancia institucional, debiendo imperar la humildad y la vergüenza. Entonces, hay que decirle al obispo que la gente no espera legitimidad de la Iglesia, sino que testimonie actos moralmente irreprochables.

En esta materia, la Iglesia ha multiplicado documentos e instancias para abordar la pederastia, pero sin efectos reales. Todo el sufrimiento de las víctimas y los escándalos de nada han servido. En esta materia, es curioso que la institución rectora de la moral cristiana actúe con tanta lenidad, mientras aquella otra institución, icono de lo profano para algunos, como es la industria del cine de Hollywood, asediada en estos días por escándalos sexuales, sanciona con mayor severidad y oportunidad a los responsables.

Esto demuestra que la crisis de la Iglesia Católica en Chile tiene su origen y causa en la jerarquía. No es una crisis del laicado, ni tampoco tiene esa causa sociológica del cambio de época; no es una crisis de fe, como tampoco una pérdida de sentido. Lo que hay en la base es una crisis institucional, que afecta a un clero que no fue capaz de adaptarse a los cambios. El resultado en un abismo de incomprensión entre laicado y jerarquía.

La gravedad de esa crisis es significativa, toda vez que la Iglesia institucional no ha respondido a su responsabilidad social. La Iglesia chilena que recibirá al Papa está en crisis, una crisis gatillada por falta de amor y de espíritu de servicio. Desde la mirada de la sociedad, la institución aparece como una entidad carente de testimonio, presa de profundas contradicciones, desconectada de la realidad, incapaz de comprender las diferentes condiciones y situaciones de la vida humana, apegada al poder y al dinero.

Entonces, la visita del Papa a Chile es una gran oportunidad para dejarse interpelar por la sociedad y por esa Iglesia Pueblo de Dios. Sólo así será posible iniciar un auténtico camino de conversión pastoral. Se trata, por lo tanto, de emprender un camino penitencial basado en la autocrítica y en la escucha. En esa hoja de ruta no sirven ayudas como la del sobrino del Papa, el jesuita José Luis Narvaja Bergoglio, quien en su paso por Chile declaró que enfocarse en estos conflictos previos a la visita, es actuar motivado por el Mal Espíritu. Satanizaciones como ésa, no ayudan a la conversión pastoral.

Los problemas que enfrenta la visita

17 millones de dólares costará la visita del papa, el 63% será financiado por el Estado y el 36% por privados. Hay en esto una gran oportunidad para blanquear imágenes y para convertir las donaciones del empresariado católico en una penitencia económica por tantos abusos cometidos contra el pueblo chileno. Entonces el costo privado de la visita se pagará con el precio de muchas injusticias sociales. La Iglesia sabe que cuenta con esos recursos.

Lo que disgusta del financiamiento es que una vez más la jerarquía pone las manos en los bolsillos del laicado, pese a disponer de onerosos recursos económicos. En efecto, el arzobispado de Santiago, a través de la Universidad Católica, acaba de vender su participación en Canal 13 de televisión en 10 millones de dólares. También dispone de otros 10 millones de dólares de la riqueza inmobiliaria heredada de la Pía Unión Sacerdotal, precio que pagó Fernando Karadima para eludir las sanciones canónicas que debió recibir. También están los dividendos que recibe regularmente el Arzobispado de Santiago por la propiedad que posee en mayor compañía láctea del país, Soprole. Dinero hay y de sobra.

La concurencia masiva de fieles a los encuentros está asegurada. Eso es estratégico a la hora de endosar éxitos y jolgorio a la Iglesia chilena. Así, se espera que la expresión de multitudes, repletando eventos, sea un verdadero tapaboca para quienes vienen pregonando aquella hostigosa crisis de la Iglesia chilena.

En este contexto, una mirada más aguda a los significados de la visita del Papa no estará graficada en el rostro de los asistentes a los eventos, sino sobre todo en los ausentes.

Se restarán los heridos de Francisco, a quienes trató de tontos y zurdos por no aceptar la imposición del obispo Juan Barros en Osorno. Tampoco participarán las victimas de la pederastia cometida por el clero en la Iglesia chilena. Otros muchos se restarán por las heridas que el episcopado chileno ha provocado con sus silencios, con la impunidad a los pederastas, por su apego al dinero y al poder, por su permanente oposición al programa legislativo del gobierno, por su alejamiento del Evangelio y por sus múltiples incoherencias.

Los problemas de la Diócesis de Osorno son de gran envergadura. Las responsabilidades de aquello recaen en Francisco, en el propio Juan Barros, en Ivo Scapolo, nuncio del Papa en Chile, y en la Conferencia Episcopal. Al principio fue por el nombramiento impuesto, después por la porfía en mantenerlo y más tarde por la indiferencia de los pastores ante la división de la comunidad cristiana. Con respecto a Osorno, la Iglesia jerárquica ha pecado de indolencia y de indiferencia, agudizando de paso el descrédito social que la afecta.

 

Hay inquietud en la Iglesia respecto a cómo se expresará esa frustración durante la visita del Papa. Prueba de ello es que Ministros de Estado han intentado infructuosos acercamientos. Lamentablemente, los conflictos en Osorno no sólo comprometen al laicado, sino también a los miembros del clero.

El poder del papado

En el papado de Benedicto XVI, ocurrió algo similar a lo de Osorno en Sucumbíos, Ecuador. La comunidad rechazó al nuevo obispo por una eclesiología autoritaria. Tras años de conflicto, el Papa Francisco resolvió el problema disponiendo a un nuevo pastor. Ahí el Papa sentó el precedente de escuchar al Pueblo de Dios. Entonces ¿por qué no escucha a Osorno?

En los noventa, en Suiza, la comunidad de la diócesis de Coire rechazó el nombramiento de Wolfgan Haas. Se sumó a la causa el gobierno suizo y la Conferencia Episcopal, pero Roma no cedió. Ahora en 2017, el obispo Haas renunció al cumplir 75 años de edad, dejando una diócesis dañada y apagada. Algo similar ocurrió en Bélgica con André Leonard, obispo de Namur. También en San Sebastián, en el País Vasco, la comunidad se opuso a la llegada de José Ignacio Munilla en 2009, por su resistencia al Concilio Vaticano II. Roma lo sostiene hasta la actualidad y Munilla es fuente de división y conflictos recurrentes.

Lo que está en juego en todos estos casos es el poder omnímodo del papado. Producto de la sacralización de la arbitrariedad eclesial, ha surgido con fuerza la necesidad de democratizar la Iglesia, anhelo profundo del apóstol Pablo.

Aun asi, persiste una pregunta clave, ¿por qué Francisco protege a Barros en Osorno?

Es evidente que Roma tiene información sesgada respecto de la situación del obispo, donde el nuncio del Papa, Ivo Scapolo, tiene gran responsabilidad. A ello se suma una cuestión determinante, como es la defensa canónica de Fernando Karadima. Ella fue confiada a expertos argentinos, docentes de la Universidad Católica de Buenos Aires.

Ariel Busso, Daniel Medina y Alejandro Bunge fueron los depositarios de la confianza, no sólo del ex párroco de El Bosque, sino de todo su círculo de protección.

La caída de Karadima comprometía a todo el clero de la Pía Unión Sacerdotal, donde había cerca de 50 curas y 6 obispos. Luego, la defensa personal de Karadima era en la práctica la defensa férrea de todos. Dicho recurso debía ser potente y lejano de Chile, para evitar filtraciones que pudieran exponer a la Pía Unión Sacerdotal.

Cuando en marzo de 2013, el entonces cardenal Bergoglio fue elegido Sumo Pontífice, al mes siguiente nombró a Alejandro Bunge como auditor del tribunal de apelaciones de El Vaticano, en La Rota romana. De esa forma, y sin buscarlo, Karadima y su círculo de acero lograron establecer un canal de comunicación directo con el Papa, sorteando la burocracia de Nunciatura y de la Conferencia Episcopal. Se establecía así un poderoso círculo de protección en Roma para Fernando Karadima y toda su cofradía.

La Iglesia, de tener recluido a un pederasta como Fernando Karadima en el gobierno de Benedicto XVI, pasó a tenerlo protegido y fortalecido en el papado de Francisco. Así, desde Roma se ha tendido, casual o premeditadamente, un manto de protección al obispo Barros y a todo el séquito de incondicionales de Karadima.

Es así como Juan Barros ha quedado blindado con una protección pontificia inédita, incluso en un eventual juicio canónico futuro en su contra.

Continuará en la parte II.