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Opinión
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En manos femeninas, la Iglesia no padecería males tan graves como la falta de vocaciones, de perdón, de ternura, comprensión, solidaridad y acogida

(Antonio Aradillas).-Redacto estas reflexiones en los días en los que multitud de personas se han echado a las calles condenando la violencia machista, a la que la mujer, por mujer, está sometida, recientes así mismo las estadísticas que derraman lágrimas de dolor y de asco al rondar ya el medio centenar de mujeres sacrificadas en el área de la violencia doméstica, cifra a la que hay que añadir además las del holocausto de una decena de hijos.

A la vez, los medios de comunicación se hacen eco de los aullidos de los componentes de una supuesta "manada" de animales feroces a la caza de una presa-mujer, con el fin de satisfacer "necesidades zoológicas".

En este panorama informativo resuena la voz del Papa Francisco, dirigiéndose al colectivo jerárquico, que vuelve a reclamar que la mujer, si quiere exiliarse de la grave situación sociológico-religiosa que padece, para ser y ejercer de verdad dentro y fuera de la Iglesia, ha de ser "valiente". Sí, "valiente", es decir, "actuar con valor, ánimo y decisión".

Ni un solo día, ni un acontecimiento más, es posible ya dejar de pasar para cumplir con la responsabilidad de ser y comportarse como seres humanos y miembros de la Iglesia, si no se afronta con seriedad el tema de la discriminación que caracteriza la relación hombre-mujer, siempre en demencial y ofensiva proporción en su contra.

La seguridad de que ella -la mujer- es propiedad-posesión del hombre, sigue siendo todavía en la sociedad principio intangible, basado en leyes, o en subterfugios herméticos de las mismas, con tranquilidad de conciencia, normas y legalismos correspondientes, laborales, culturales, profesionales, sociales y religiosos.

El hecho rebasa los límites de la sensatez y de la decencia intelectual, cuando todavía, y mayoritariamente, los argumentos que se aducen para mantener y perpetuar tan inhumana situación, se pretende asentar en la Sagrada Escritura -Antiguo y Nuevo Testamento-, en la teología, doctrina pontificia y enseñanzas patrísticas, praxis de la liturgia y ordenamientos del Código de Derecho Canónico, en el que por cierto la mujer jamás aparece. Su presencia ético-moral destaca tan solo en la obligada relación que se le supone de la "mujer" con "pecado"

A la sacrificial situación de marginación que vive -sigue viviendo- la mujer, le faltan por recorrer largas, humillantes y dolorosas distancias de tiempo y lugar. Agravado el problema con la comprobación de que habrá de ser ella su protagonista, y no el hombre, todavía, "y por muchos años", al timón de las responsabilidades legales, tanto civiles como eclesiásticas, la invocación pontificia a la "valentía" alcanza altos grados de efectividad y esperanza.

Con la educación impartida "en el nombre de Dios", con la convicción de que así lo hizo, permite, exige y reclama la misma naturaleza -es decir, el propio Dios-, resulta extremadamente difícil que la mujer deje de ser apéndice-propiedad del hombre, y se le permita e inste a ser, por encima de todo, persona, en igualdad de derechos y deberes que el hombre.

Las enseñanzas oficiales de la Iglesia respecto a la mujer, y su praxis canónica y litúrgica, la expulsan de sus sagrados recintos o los desacralizan en su propia y entrañable raíz. La Iglesia es -será- lo que sea la mujer. Ella es valedora y garante de su pervivencia.

El trato que se confiere, aun reconociendo algunos, siempre tímidos y aún "pecaminosos" progresos, es inmoral, antibíblico, anticristiano y absurdo. Lleva dentro de sí gérmenes de muerte. En manos femeninas, la Iglesia no padecería males tan graves como la falta de vocaciones, de perdón, de ternura, comprensión, solidaridad y acogida. Le repele a cualquiera pensar que de estas y de otras virtudes de tan soberana actualidad eclesial, sus responsables, intérpretes y administradores jerárquicos sean hombres, y además célibes.

De la pervivencia y cumplimiento de su misión salvadora es, y será, responsable la mujer. Es su futuro. A ella le resulta insoportable la imagen "ejemplar " que, como "palabra de Dios", se predica en la Iglesia y en sus extrarradios. No aguanta más. Comprende los esfuerzos que realiza el Papa Francisco para neutralizar el sentir común de su jerarquía mayoritariamente machista. Pero reclama mayor audacia, similar a la "valentía" que él solicita.

La mujer por mujer, no es propiedad del hombre, aunque en el mejor de los casos, tenga que presentarse "en sociedad" todavía, como "señora de ". Ella no es propiedad del marido, tampoco lo es de los hijos, ni del padre. Es de ella misma, de su conciencia y de sus principios, con sus grandezas y limitaciones.

"La maté -o la enaltecí- porque era -es- mía", es una de las barbaridades y pecados personales y colectivos que se comenten en la sociedad con anuencia, comprensión, explicaciones o disculpas, también por parte de hombres de la Iglesia. "La maté porque era mía", con citas y referencias expresas a algún libro sagrado, proclamado con toda rudeza, crueldad, convencimiento e impiedad, es una monstruosidad bochornosa e imperdonable.