• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Carlos Osoro, con los cuatro auxiliares de Madrid J. L Bonaño/Infomadrid
Más decidido, más valiente, más arriesgado, más libre y más 'franciscano' que nunca, ha comenzado a escenificar su punto de inflexión en Madrid con sus tres nuevos auxiliares

(José Manuel Vidal).- Su natural prudente y bondadoso le llevó a esperar tres años antes de pasar página. Y sólo ahora, tras patearse la diócesis de arriba abajo, se va a ver al auténtico cardenal de Madrid, Carlos Osoro. Más decidido, más valiente, más arriesgado, más libre y más 'franciscano' que nunca, ha comenzado a escenificar su punto de inflexión en Madrid con sus tres nuevos auxiliares.

Con esta elección, Osoro inicia la etapa postRouco en Madrid. Le ha mimado (con ático incluido), ha respetado las poltronas de muchos de los suyos, le ha tratado con elegancia y exquisitez. Pero, pagada la deuda de la cortesía hacia su antecesor, el cardenal madrileño se dispone a cambiar de rumbo y remar mar adentro.

Con velas desplegadas. Sin pesos muertos ni motores gripados. Con alegría, ternura y misericordia. Sin nostalgias del pasado, poderes o privilegios. Abandonando la Iglesia fortaleza de las seguridades y de los principios innegociables, para navegar hacia una Iglesia samaritana y hospital de campaña.

Y para construirla ha optado, una vez más, por una Iglesia de todos y para todos. Una Iglesia que suma. Todos los obispos, cuando toman posesión de una nueva diócesis, siempre dicen que quieren ser de todos. Al cabo de poco tiempo, se les olvida la promesa y se centran en sus grupos-estufas, que les dan calor, les bailan el agua, les llenan la catedral y les ofrecen una tranquila zona de confort.

 

 

Cuando llegó a Madrid, Don Carlos también dijo lo de ser obispo de todos, pero, además, lo cumplió. A eso se dedicó, en cuerpo y alma, desde hace tres años. Sin un minuto de respiro. Sin un momento de descanso. Desde la mañana a la noche, todos los días de la semana y, por supuesto, los fines de semana. Sin vida propia, con una agenda a rebosar e, incluso, sin cuidarse físicamente.

Se dejó la piel en iglesias, hospitales, cárceles, colegios, casas...No dice nunca (o casi) no a nada ni a nadie. Y, cuando tiene que llorar (especialmente por las incomprensiones de los de dentro), se va a su capilla y se arrodilla ante la Purísima. O se para a acariciar, antes de salir o de entrar, a la Virgen con el niño, que tiene junto a la puerta.

No hay asociación, grupo, parroquia, institución o realidad eclesial que no haya contado con la presencia del cardenal. Sin acepción de personas ni de sensibilidades eclesiales. Desde los Heraldos del Evangelio o Educatio Servanda, a los jesuitas, al Instituto superior de Pastoral o a la iglesia de San Antón del Padre Ángel.

Se le puede reprochar que, a veces, llegue tarde a sus compromisos, pero se debe precisamente a ese objetivo de querer estar con todos y en todas partes. Y no sólo va y está en los sitios, sino que desprende calidez humana, cercanía integral...Quiere, se deja querer y se hace querer.

Francisco lo sabe y le tiene en gran estima. Es su hombre en España, a pesar de que los 'rouquistas' quisieron laminarlo en las últimas elecciones de la CEE. Bergoglio sigue confiando en él. Como muestra, el botón de la concesión de tres auxiliares. Y los tres de una tacada. Nadie lo había conseguido hasta ahora en la historia reciente de nuestra Iglesia. Aunque Omella se le quedó cerca, con dos. Un buen regalo de Reyes para Osoro, para Madrid y para la Iglesia española.

 

 

Ante su éxito social y eclesial, los rigoristas, los que confunden la fe con una ideología y a la jerarquía con los líderes de un partido político, se dedicaron (durante estos tres años) a lanzarle piedras (o más bien chinitas) con razón o sin ella, cogiendo el rábano por las hojas de las mentiras o de las medias verdades. Pues, ni siquiera a ellos los desautorizó. Más aún, me consta que hasta intentó tenderles la mano, que, lógicamente, rechazaron. Porque sólo viven a gusto en la dinámica frentista del 'o conmigo o contra mí'.

Osoro, en cambio, quiere una Iglesia de todos, en cuyo centro estén los más pobres. Como el Papa Francisco, cuya froma de ser pastor introyectó como nadie. Quizás porque le sale espontáneo y desde dentro.

Y, por eso, optó por presentar a Roma una terna con tres sacerdotes de diversas sensibilidades, pero con un fondo común: que son curas-curas, de los que no perdieron los Cristos, de los que siguen consumidos por el celo de Dios, de los que no quieren ser funcionarios de lo sagrado, sino servidores de la comunidad, de los que creen en el Dios de la misericordia.

Los tres tienen suficiente experiencia y son queridos y respetados por sus compañeros. O, al menos, no tienen enemigos declarados. Con distintos recorridos, con distintas opciones pastorales, pero dispuestos a embarcarse con su arzobispo en la construcción de una Iglesia en salida. A su lado estarán, cuando Osoro tome decisiones arriesgadas, cuando ejerza la denuncia profética, cuando trate de poner la archidiócesis madrileña a la hora de Francisco. Con todas las consecuencias.

 

 

Porque los tres son 'franciscanos'. Los tres comparten el modelo de Iglesia que el Papa promueve desde Roma y Osoro, desde Madrid. Los tres a una, con su arzobispo. Los tres mosqueteros de Osoro.Tres obispos jóvenes, licenciados por lo civil en Económicas, Derecho y Químicas y, por lo tanto, vocaciones tardías. Como el propio cardenal. Recorridos similares de curas que han vivido en el mundo y se han consagrado a Dios, sin escapar del mundo. Que saben lo que es la vida y que no han buscado en el sacerdocio una manera fácil de ganarse la vida.

Y, a su lado, se irán alineando, poco a poco, los nuevos cuadros dirigentes de los distintos niveles curiales. También ahí, a los segundos niveles, llegará el cambio de época en Madrid. Porque, en ellos, sigue habiendo bastantes apegados a la vieja guardia, incapaces de cambiar y absolutamente renuentes a poner en marcha la primavera de Francisco. ¡Sólo oír hablar de ella se retuercen por dentro y por fuera!

Cambiar algunas curias diocesanas es tan difícil como cambiar la Curia romana. Y si a Francisco le está costando, ¿cómo n le va a costar a Osoro? Viejas inercias, grupos de poder encastillados, favores y favorecidos, carreristas mil, maestros de la adulación y de la hipocresía...

Son ésos (pocos, pero acostumbrados a mandar) los que no le perdonarán este cambio de rumbo, los que irán con cuentos a sus terminales mediáticas y seguirán intentado ponerle palos en las ruedas. Les cuesta resignarse y aceptar el cambio de ciclo. Y eso que saben que Osoro es más libre que nunca, porque tiene poco que perder, cuenta con el aval absoluto de Roma y ejerce su servicio pastoral con la fe del converso.

José Cobo, Jesús Vidal (sin parentesco con el que esto escribe, al menos que yo sepa) y Santos Montoya formarán un piña con su arzobispo, cuando éste comience a escenificar el cambio de ruta hacia adentro y hacia afuera. Con gestos contundentes y explícitos. Con mensajes más evangélicos y menos espiritualistas. Con decisiones proféticas. Como hace el Papa. Porque seguir al Papa no es fácil. Y menos, en Madrid, con un clero formateado en la dinámica funcionarial y al que le está costando horrores cambiar de chip.

En esta piña episcopal madrileña no entra el otro obispo auxiliar, Juan Antonio Martínez Camino. Y no entra, porque no quiere. Porque sigue fiel a su señor Rouco y al viejo modelo eclesiástico, por el que se partió la cara delante de los medios de todo el país. Fue más papista que el Papa Benedicto y ahora sabe que Francisco, por jesuita, lo conoce bien y sólo está esperando (en su discernimiento continuo) que también él comience a caminar por la senda de la conversión pastoral.

Mientras no lo haga, Camino será en Madrid una china en el zapato de Osoro, un auxiliar que no auxilia, un verso suelto y descolocado. Un obispo en dique seco, del que no saldrá hasta que no dé pruebas de la susodicha conversión personal. Siempre que su orgullo (herido) se lo permita.

Con Camino o sin él, Osoro intentará mostrar, desde Madrid, en qué consiste seguir de cerca al Papa Francisco. Sin miedos, sin falsas prudencias, significándose abiertamente ante sus pares, a los que poco tiene que agradecer. Tiene cualidades, programa, colaboradores y una plataforma ideal de visibilidad. Porque Madrid es mucho Madrid. Y de Madrid, con Osoro, al cielo de Francisco. Amén.

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