• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Gregorio Delgado del Río
La debilidad de su fe es, en estos momentos de la historia, proverbial. La incoherencia de los bautizados, en el modo de vivir, es evidente

(Gregorio Delgado del Río).- Hace unos días nos referimos en RD al grave problema que ha de afrontar la Iglesia: la renovación del clero. Sin embargo, el más urgente problema, en mi opinión, es de otro orden más profundo e identitario: la experiencia de fe.

Si el pueblo ha dejado de creer y se ha fabricado sus propios ídolos (recordemos a Moisés, las infidelidades de Israel, la rotura de las Tablas de la Ley), todo se viene abajo. Todo el peregrinaje hacia la tierra prometida nos muestra, a través de la historia, este magisterio. ¿Cómo van a surgir vocaciones sacerdotales y/o religiosas (o un laicado comprometido y misionero) con una fe inexistente o tan debilitada? ¿Cómo afrontar una reforma en profundidad de la Iglesia a partir de un experiencia de fe tan debilitada?

Lleva siglos la Iglesia ahondando esta sima. La evangelización -al menos en Occidente- ha hecho agua. Ni el Concilio Vaticano - por señalar una referencia temporal- logró sus objetivos. Todo el empeño posterior se centró en trabajar por la restauración de un sistema ultradefensivo, ya entonces totalmente agotado, que, en el mejor de los casos, vino a evidenciar su incapacidad para dialogar con una cultura y un mundo nuevo, secularizados y descristianizados.

En todo este tiempo ha sido evidente la crisis de fe, aunque se haya querido ocultar. Y en éstas, andamos. Las resistencias actuales frente a Francisco no manifiestan, en el fondo, otra cosa que debilidad de la fe y falta de confianza en aquello que se dice profesar.

Al inicio del Adviento, José A. Pagola ponía, con su acierto habitual, el dedo en la llaga:

La fe se ha convertido para muchos en una experiencia problemática. No saben exactamente lo que les ha sucedido estos años, pero una cosa es clara: ya no volverán a creer en lo que creyeron de niños. De todo aquello solo quedan algunas creencias de perfil bastante borroso. Cada uno se ha ido construyendo su propio mundo interior, sin poder evitar muchas veces graves incertidumbres e interrogantes.

Por mucho que disguste y por mucho que se disimule, creo que aquí radica una parte esencial del problema de fondo y de la explicación del mismo. El diagnóstico de Pagola trae causa de esta debilidad actual en la fe, de la eficacia de la secularización y de la implantación cierta de una descristianización muy intensa de la cultura.

Se puede condenar (y de hecho el magisterio eclesiástico ha estado muy activo en ello en los últimos pontificados romanos) la cultura vigente y sus valores. Pero las sociedades actuales (y los individuos que las conforman, aunque estén bautizados) se organizan en torno al pluralismo en todos los órdenes, a la negación de cualquier absoluto, al abrazo de un cierto relativismo, a la no aceptación de valores innegociables, a la religión a la carta, a la confección del propio menú, al rechazo a cualquier concepción sobre la sexualidad y la vida en común impuesta el desde cualquier instancia social, política y/o religiosa, a la laicidad del Estado, etc., etcétera.

Puede no gustar e, incluso, contradecir la doctrina magisterial de la Iglesia católica. Pero este es el hombre concreto que se dice cristiano, que se acerca (ya minoritariamente) al matrimonio sacramental, que forma una familia a la que la Iglesia -a pesar de todo- ha de evangelizar, que no acepta ni comparte el mensaje cristiano.

Efectivamente, cada cual "ha ido construyendo su propio mundo interior". Esto es, el hombre actual prefiere elegir su propio menú. ¿Por qué, entonces, la jerarquía católica, en vez de expresar tantas resistencias, no toma buena nota de la realidad anterior? Puedo entender que semejante planteamiento no suene demasiado bien en el mundo de las religiones -por supuesto, en el mundo católico-, pero ello no le ha de llevar a ignorarlo: está ahí como realidad aceptada socialmente.

Guste o no en determinados ámbitos, religiosos o no, es innegable que -hablo desde una perspectiva general- los individuos, que conformamos las actuales sociedades civiles occidentales, reivindicamos el derecho a ser como se nos antoja en todos los órdenes de la vida.

Difícilmente entendemos y aceptamos que la voluntad general (la mayoría política y social) nos imponga ciertas cosas que no compartimos, que concebimos como contrarias a derechos que estimamos fundamentales o simplemente no son de nuestro agrado. Entre éstos, está el primero y principal: el derecho a elegir personalmente nuestro menú, a confeccionar nuestra carta personal, a tomar condimentos de aquí y de allí, esto es, a la medida de nosotros mismos.

No parece necesario insistir -dada su obviedad- que, a la hora de elaborar el propio menú, la gente no suele fijar su atención en aquello que conlleve esfuerzo, compromiso, entrega y servicio a los demás, atenerse a lo comprometido, respetar al otro en todas sus dimensiones. Por el contrario, le apetecen los ingredientes más inmediatos y más fáciles, los más placenteros, los que le proporcionen mayor compensación afectiva, los que le garanticen bienestar y disfrute en la relación con el otro, los que le aseguran seguir siendo él mismo, los que suponen aceptar que la realidad humana es mudadiza y esencialmente variable, los que le permiten encerrarse en la propia comodidad.

Ningún ingrediente es concebido como vinculante en el tiempo, con vocación de perpetuidad si, en un momento dado, ya no sirve a la autocomplacencia, al goce y al disfrute personal (valor absoluto), a los deseos del momento. No hace ascos a las situaciones de inmadurez o superficialidad. No ve en ello inconveniente alguno. No suele profesar o poseer otras convicciones que las propias y que para él constituyen la verdad. Amante en extremo de la propia libertad individual, suele tener problemas para darse a los demás aunque sean sus propios hijos.

No hay que darle más vueltas. Esta es la realidad central del cristianismo actual. La debilidad de su fe es, en estos momentos de la historia, proverbial. La incoherencia de los bautizados, en el modo de vivir, es evidente (cfr., al respecto, las atinadas reflexiones de Jesús Espeja en RD: 'Una fe que no nos pone en crisis es una fe en crisis').

El Papa Francisco nos ha recordado (Homilía 14.1.2016, Santa Marta) que ya no mantenemos una relación personal con el Señor, que nos hemos olvidado de Dios y un pueblo que se aleja de Dios acaba derrotado. Hay que tener fe. Todo es posible, pero sólo con fe -insiste el Papa-. La fe, por cierto, es un don. No se aprende en los libros ni en la exposiciones doctrinales.

¿Qué hacer? ¿Empezar de nuevo? No lo sé. ¿Orar? Pero, no pidamos peras al olmo, que no las dará. Fe y alejamiento de los actuales ídolos.