• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Visita de Francisco a Chile

 (Andrés Opazo en La Palabra Nuestra).- A algunos escandaliza el alto costo financiero de la venida del Papa Francisco a Chile. Ignoro si alguna vez una visita papal haya sido cuestionada por semejante tema. ¿No será que los chilenos de hoy miramos antes que nada el bolsillo, como reacción casi instintiva? ¿Ocurrió lo mismo con Juan Pablo II? ¿Se inquietaron los colombianos por una visita harto más larga y costosa?

Parece que estimaron que la anhelada paz, la unidad nacional, el sueño de un país mejor en lo social, político y espiritual, merecían el esfuerzo. ¿No será que en Chile nos seguimos creyendo los jaguares y tememos al escrutinio público? Pues la visita de un líder moral de la envergadura de Francisco no puede dejar indiferente a nadie.

Otros, atrapados en un laicismo un tanto miope y anticuado, objetan que un Estado Laico reciba oficialmente a un dirigente religioso, sin percatarse de que, hoy en día, todos adherimos a esa laicidad como un bien adquirido. Parecieran desconocer que la solvencia ética es el valor supremo de toda sociedad. Y que todo aporte a la causa es bienvenido, venga de budistas, musulmanes, católicos, masones o ateos.

La verdad es que, por su discurso y sus gestos, el Papa Francisco se ha convertido en una figura moral reconocida universalmente. Reclama la justicia y la dignidad humana en toda región del mundo. Ha desplegado insistentemente una crítica al actual sistema económico, "que mata, que considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo que se puede usar y luego tirar". Ha enjuiciado a "los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante, que sostienen un estilo de vida que excluye a otros y desarrolla la globalización de la indiferencia".

Denuncia la cultura del bienestar que nos anestesia, así como "la autonomía absoluta del mercado y la especulación financiera, que hacen que las ganancias de unos pocos crezcan exponencialmente, mientras la mayoría se queda cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz". Frases como éstas abundan tanto en su Encíclica Evangelii Gaudium (números 53 al 67), como en sus discursos ante diversos auditorios. Naturalmente, no caen bien a los oídos de los controladores del sistema.

La ecología y el cuidado de la tierra como casa común, es el otro gran tema de este Papa profeta. Intenta mover las conciencias sobre el uso irresponsable y el abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. "Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. "La violencia del corazón humano... también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes". (Laudato Si)

Francisco clama por considerar el clima como un bien común, y no desestima esfuerzos para aunar voces contra el calentamiento global. Y en torno a estos temas no se queda en una fraseología genérica y aséptica. Aborda cuestiones muy concretas como el cuidado de la diversidad, las leyes que regulan la pesca, la producción de basura y la cultura del descarte. Dedica párrafos enteros al problema del agua. "Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado". (n. 30) A más de un político o empresario chileno debería incomodar una sentencia como ésta.

Francisco se dirige a todo el mundo, apuntando a las carencias, los sufrimientos y las injusticias flagrantes que afectan a los más postergados, a aquellos a quienes el actual sistema económico condena progresivamente a una vida inhumana. Y ello no se consigna solamente en sus documentos doctrinales. Lo practica a través de sus viajes. Visita a las regiones más afectadas por la violencia, la discriminación y la pobreza: Egipto, República Sudafricana, Bangladesh, Birmania, Colombia, Bolivia, entre otras. Hasta hoy no ha viajado a Europa, salvo a Fátima.

Su primera salida de Roma la hizo a Lampedusa, colapsada por la inmigración africana. En cada país se ha reunido con pueblos originarios, desplazados por prejuicios étnicos o religiosos, movimientos sociales, migrantes. A su ritmo, la diplomacia vaticana se ha ido transformando en una globalización de la misericordia. No debiera extrañar, entonces, las prioridades de su visita a Chile: los migrantes y pueblos originarios. Y esto ciertamente nos incomoda.

Resulta evidente que, al dirigirse al mundo, el Papa no persigue intereses religiosos o institucionales. Sólo hace como Jesús, que no vino a defender la religión y sus derechos. Él denunció como pecado la avidez por el dinero, el uso del poder que subyuga al indefenso, la insensibilidad ante la suerte del otro. Llamó a la compasión, al amor como servicio al prójimo, a la hermandad universal. Para algunos fue una Buena Noticia; para otros, una pesadilla.

Quizás lo que vuelve más problemática la visita del Papa Francisco, es la penosa realidad de la Iglesia chilena, a la que sólo uno de cada tres chilenos otorga credibilidad. Sin duda, su desprestigio radica en los abusos sexuales del clero, un escándalo tan inconmensurable y patente, que no merece aquí un mayor espacio. Pero tan grave como ello, es que la Iglesia chilena se haya hecho irrelevante para la sociedad, a la que debería anunciar el mensaje de Jesús.

Mientras el Papa sale al mundo movido por la urgencia de un amor universal, en Chile, la Iglesia permanece encerrada en sí misma. Fue la voz de los sin voz, pero sus prioridades cambiaron. Recién recuperada la democracia, y ante la enorme tarea de reconstrucción de una vida digna y fraternal para todos, se concentra en la oposición al divorcio, como más tarde al aborto terapéutico o al matrimonio homosexual. También levanta su voz contra una reforma educacional que cuestiona sus privilegios. Todo ello no puede sino alejarla de la gente. Puede suceder, entonces, que la Iglesia chilena sea la más temerosa por la palabra del Papa Francisco.

El Cardenal Bergoglio fue elegido Papa para reformar la Iglesia, una misión casi imposible para un humano, que lo obliga a una prudencia extrema y a una gradualidad inteligente. Ciertamente desearía realizar una visita como pastor y no como Jefe de Estado, con todas las consecuencias no deseadas por alguien cuyo referente es Jesús de Nazaret, y también para el Estado anfitrión y la sociedad que lo recibe. Pero esa es una realidad geopolítica y no cabe más que soportarla. Cuando hablamos de una Iglesia posible y deseable según la mente de Jesús, no la imaginamos como el Estado Vaticano.

Pero el Papa Francisco, como humano que es, además de argentino, directo, espontáneo y a veces deslenguado, también comete errores. Aunque no me agradó su asistencia al sepelio de Cardenal de Boston acusado de proteger una pedofilia en gran escala, no me atrevo a emitir un juicio drástico, en vista de las necesarias componendas que exige el camino tortuoso de la reforma vaticana. Pero lo que sí estimo como un error muy grave del Papa, es el nombramiento del obispo Barros en Osorno, y la descalificación que hizo de la protesta de la comunidad eclesial.

Si la nueva Iglesia por la que se empeña el propio Francisco, debería desterrar el clericalismo y promover la participación democrática de los fieles, no resulta comprensible que haga oídos sordos a una aspiración tan sentida por la iglesia de base. Este empecinamiento papal puede menguar el efecto beneficioso de su visita. La imposición jerárquica en el caso de Osorno, es contradictoria con lo que fue la práctica pastoral del obispo Bergoglio.

Con todo, creo que en la próxima visita papal terminará imponiéndose el buen sentido de los miles de fieles, conjugado con el carisma, la cercanía, sencillez y calidad humana del papa argentino, familiarizado, además, con la teología del pueblo que lo inspiró.