• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Barros y Osorno
Lo más rescatable que va quedando es el testimonio inclaudicable de ese movimiento laical que despertó no sólo a la Iglesia de Osorno, sino también a la Iglesia chilena

(Marco A. Velásquez).- Dentro de tres días el Papa Francisco llegará a Chile. Su llegada es precedida de un bullicio mediático inusitado. La imagen que sale por los medios pareciera describir un ambiente de descontento y de rechazo que no refleja debidamente la realidad. Claro, porque así como hay grupos diversos que expresan, con razón, su opinión crítica; hay también grupos muy minoritarios que aprovechan la visita del Papa para manifestar su anarquismo intrínseco y visibilizar sus causas contra el sistema.

Aun así, en medio del ruido ambiental, existe una gran cantidad de chilenos que esperan a Francisco para escuchar su mensaje con respeto y expectativas.

En este clima, desconcierta y enciende las alarmas la noticia de atentados a templos de la ciudad de Santiago. Son hechos desconectados de la realidad, que buscan llamar la atención a unas causas que no encuentran eco en la sociedad. Son la expresión de grupos inorgánicos y radicalizados que existen en todos los rincones del mundo.

Lo último es el intento de toma de la Nunciatura Apostólica. Aquello es la expresión de un grupo sin arraigo ciudadano, de bajo impacto y de porfiada visibilidad. Representan a deudores habitacionales que no han cumplido sus compromisos.

La irresponsabilidad social de estos grupos queda manifestada en el ejercicio de la violencia en sus modos de actuación, con lo que distraen la atención, obligan a extremar la seguridad de una visita pastoral y desvirtúan la justa expresión de otros movimientos.

Dignas de atención son otras causas, como la de quienes se han unido para luchar contra los abusos de algunos miembros del clero, así como contra esa red de protección, de complicidad y de impunidad que han tenido dentro de las estructuras jerárquicas. También es digna de especial atención la causa de los pueblos originarios, que desde los inicios de la evangelización del continente, hasta el presente, pasando por la mal llamada Pacificación de la Araucanía, han dejado profundas heridas históricas que deben ser atendidas.

También se expresan en esta visita quienes se unen en esas otras grandes causas universales, como son las de la justicia social y la de construir esa Iglesia pueblo de Dios; temas en los que Francisco representa una esperanza de cambio, aunque para sentar las bases de una Iglesia pueblo de Dios las rigideces institucionales son abismantes.

Lo nuevo que tensiona la visita de Francisco es la carta que él mismo habría enviado al Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile, donde explica las dificultades originadas con el nombramiento del obispo Barros en Osorno.

Dicha carta la escribe el Papa cuando han transcurrido sólo 15 días, desde que él mismo nombrara a Juan Barros para encargarle la diócesis de Osorno. En esto, sorprende el drástico cambio de opinión en tan poco tiempo.

En efecto, el 15 de enero se oficializa el nombramiento de Barros. Luego, el 23 de enero el Papa recibe un correo electrónico del Comité Permanente, donde esos obispos chilenos manifiestan, según el Papa, su "inquietud que en estos momentos, tienen respecto del nombramiento de Mons. Juan Barros Madrid". Finalmente, el 31 de enero el Papa envía la carta aludida.

Siendo así, es evidente que los consejeros de Francisco para el nombramiento de Barros fallaron gravemente. Habrá que ver si fallaron por negligencia o por dolo. Queda claro también que el circulo de influencia de Barros tiene una cuota de poder impensada, capaz de levantarse con una fuerza que inhibe la autoridad del Papa.

La carta hace referencia a la visita de los obispos del Comité Permanente a Roma, donde le habrían ofrecido al Papa "diversas propuestas", que a Francisco le "parecieron prudentes y constructivas". Queda así evidencia de cómo opera esa llamada "fábrica de obispos", donde el secretismo es máximo y donde priman los criterios del poder más que los del Evangelio.

El conocimiento público de la carta, después de tres años de emitida, justo cuando la visita del Papa está por comenzar, levanta un sin número de suspicacias que, lejos de aplacar los conflictos de la visita, abre un grave flanco que viene a ser como el corolario de un descrédito que será muy difícil de desterrar en la Iglesia chilena. Ahora incluso con el agravante de introducir serias desconfianzas internas al interior del episcopado.

A la gente honesta y sencilla no comprende toda esta seguidilla de hechos, que despiertan el más pudoroso escarnio público. Cuesta comprender que se refieran a una institución que tiene la grave responsabilidad moral de mantener viva la esperanza, con la mirada puesta en el Evangelio.

Con esta carta, surge un nuevo precedente en esta sombría historia, donde lo más rescatable que va quedando es el testimonio inclaudicable de ese movimiento laical que despertó no sólo a la Iglesia de Osorno, sino también a la Iglesia chilena. Un movimiento, que el tiempo ha validado como la mejor expresión de la profunda renovación pastoral que la Iglesia universal necesita, y que se ha mantenido firme pese a todas las amenazas e insultos recibidos.