• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Rafael Luciani
Solo el amor fraterno es capaz de restaurar la dolencia social creada por fuerzas que se han impuesto desde paradigmas tecnocráticos y visiones ideológicas que se rigen por la lógica del dominio y la explotación

(Rafael Luciani, teólogo, en revista SIC).- Uno de los factores más alarmantes de nuestro siglo es la crisis de humanidad que estamos padeciendo y que nos ha inhabilitado como sujetos, es decir, como personas libres y solidarias. Además, en esta época global, los poderes políticos y económicos prefieren alimentar la indolencia frente al agobio de las mayorías. El fomento de medidas públicas inspiradas en la solidaridad fraterna, que conduciría hacia una sociedad más equitativa, recibe los calificativos de ilusorio y no rentable, entra en la cápsula de lo utópico.

Se anteponen así visiones ideológicas al bien común. Es una tendencia que parece destinar a pueblos enteros a vivir como crucificados, pues les roban toda posibilidad de tener posibilidades. Los nuevos faraones, como en el antiguo Egipto, pretenden acostumbrar a la población a la escasez de bienes en la tierra, entregándolos a la suerte de la sobrevivencia.

Como creyentes, se impone un cambio de paradigma civilizatorio. Es urgente dar cabida a una nueva pascua. Aquella que los obispos reunidos en Medellín diseñaron y que luego de cincuenta años de ese evento fundacional para la Iglesia latinoamericana, sigue vigente: «Así como otrora Israel, el primer Pueblo, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto (...), así también nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas» (Medellín. Introducción 6).

La cuaresma es un tiempo propicio para reflexionar acerca de este paso salvífico de Dios hoy a fin de tomar conciencia sobre los procesos de despersonalización en los que hemos caído, así como del error de no haber colocado en el centro de nuestras prioridades el bienestar del pueblo. Aunque también, como gente de fe, sabemos que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). La gracia que se manifiesta en el día a día de quienes siguen consagrados a construir esfuerzos mancomunados de solidaridad fraterna y dan pasos hacia una auténtica liberación del yugo al que se nos ha sometido; la gracia que va al encuentro de los que participan, de cualquier manera, en los movimientos de cambio sociopolítico, pues saben que «nuestra humanidad se define principalmente por la responsabilidad hacia nuestros hermanos y ante la historia» (Gaudium et Spes 55).

¿Dónde está tu hermano?

La alternativa que puede conducir a superar la crisis actual será creíble si nos dejamos interpelar por la pregunta que Dios le hizo a Caín: «¿Dónde está tu hermano?». La respuesta a esta interrogante revelará las opciones fundamentales que orientan la vida de cada uno de nosotros. Algunos pueden contestar con la indolencia de Caín: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). Sin embargo, si redefinimos la existencia a partir de una praxis fraterna será posible divisar el camino hacia nuestra rehabilitación como sujetos y reencontrarnos como pueblo. Las comunidades cristianas que fueron perseguidas, lo atestiguaron: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3,14).

Solo el amor fraterno es capaz de restaurar la dolencia social creada por fuerzas que se han impuesto desde paradigmas tecnocráticos y visiones ideológicas que se rigen por la lógica del dominio y la explotación. Al renunciar a construir relaciones fraternas, damos espacio a una vida abatida, sin pertenencia ni arraigo, en la que consideramos al otro como a un extraño o enemigo al que podemos descartar o aprovechar según intereses mezquinos.

El clamor de los crucificados de hoy, el grito de las víctimas de los poderes políticos y económicos, es el que Dios escucha, como se lo hizo saber a Caín: «La sangre de tu hermano clama a mí desde el suelo» (Gn 4,10). Hoy, Dios escucha la lamentación de nuestros hermanos y hermanas crucificados por el hambre, por la carencia de insumos médicos y por la violencia, crímenes que violan los derechos fundamentales y reniegan de una voluntad divina que no quiere relaciones de sujeción ni estructuras de muerte sino de auténtica libertad y vida.

¿De qué nos salva Dios?

La experiencia de un Dios que salva de la opresión y rechaza toda forma de sumisión se constituyó en el núcleo central de la fe de Israel, en su carta de identidad como pueblo. Así lo profesa uno de los credos más antiguos que se hallan en la Biblia: «Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron dura servidumbre. Nosotros clamamos a Yahvé, Dios de nuestros padres, y Yahvé escuchó nuestra voz; vio nuestra miseria, nuestras penalidades y nuestra opresión. Y Yahvé nos sacó de Egipto» (Dt 26,5-9). La compasión de Dios por su pueblo será el signo distintivo de su acción salvífica y el motivo que inspirará su primer mandamiento, mucho antes de que ocurra la Alianza en el Sinaí: «No maltratarás al forastero ni lo oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto. No dejarás a viuda alguna ni a huérfano; si los dejas y claman a mí yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira» (Ex 22,21-22). Era la manifestación visceral de un Dios que toma posición ante la historia a favor de los pobres, de las víctimas, un Dios que no quiere que haya victimarios.

Los forasteros, las viudas y los huérfanos representan a todos aquellos cuya sobrevivencia depende de la decisión de otros, pues no tienen voz ni derechos propios. Es a ellos a quienes Dios acoge en sus entrañas y se les revela como «Padre de los huérfanos y defensor de las viudas» (Sal 68,5). Fieles a la voluntad de Yahvé, los profetas elevarán sus voces en contra de los que rigen el destino de los pueblos en la firme convicción de que «sus gobernantes son rebeldes y compañeros de ladrones; cada uno ama el soborno y corre tras las dádivas. No defienden al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda» (Is 1,23). Jeremías reprochará a quienes «han engordado y se han puesto lustrosos, y sobrepasan en obras de maldad; no defienden la causa del huérfano, para que prospere, ni defienden los derechos del pobre» (Jer 5,28).

 

 

No es voluntad divina que un pueblo viva bajo el peso de un yugo, sin libertad, empobrecido, asfixiado por regímenes políticos totalitarios que convierten a las personas en objetos de dádivas, en instrumentos útiles para mantenerse en el poder. Dios pasa salvando en su llamado a construir una vida alternativa que supere las condiciones inhumanas y trascienda las poderosas cadenas de la servidumbre. De ahí que su misión salvífica se manifieste en nuestro propio «paso de condiciones menos humanas a otras más humanas» (Populorum Progressio 20-21).

¿De qué nos salva Dios? He allí la pregunta fundamental para entender la novedad de esta imagen divina. Como creyentes comprendemos que la salvación siempre es diáfana en el desasosiego de una realidad que debe ser superada para poder vivir como sujetos libres, y no como objetos esclavos de otros. Por ello, Dios «no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres» (Evangelii Gaudium 178). Su oferta salvífica no acontece fuera de la historia, sino en ella, entre nosotros, de cara a historias de vida y condiciones sociopolíticas y económicas concretas. La lectura del Éxodo es propicia para comprenderlo.

El clamor de los crucificados

En Egipto el pueblo de Israel estaba sometido a relaciones de servidumbre y había perdido toda expectativa de cambio. El libro del Éxodo lo recuerda: «Los egipcios esclavizaron brutalmente a los israelitas», «les amargaron la vida con dura servidumbre» (Ex 1,11-14), es decir, que no solo los explotaban físicamente, sino que abatían sus espíritus con el fin de opacar toda posibilidad de transformación. Pero precisamente en medio de esta situación de desesperanza ocurre algo sorprendente. Moisés sale del palacio donde vivía y «ve las duras tareas que padecían los hebreos», es testigo de «cómo un egipcio golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos» y, para mayor pesadumbre, observa «cómo un hebreo maltrataba a otro, su prójimo» (Ex 2,11-14). Violencia y humillación por todas partes. La deshumanización era ambiental, no solo había afectado las relaciones entre las víctimas y sus victimarios, hebreos y egipcios, sino que también estaba modificando el modo en que los mismos hebreos se trataban entre sí, cual verdugos de sus propios hermanos.

La reacción de Moisés es natural y por eso mismo inesperada. Hay que notar que no es el llamado de Dios lo que moviliza inicialmente sus pasos, sino su propia urgencia de constatar lo que sucedía en las periferias. Es ahí, al encontrarse con la realidad desnuda, sin la intermediación del faraón o de su corte, donde toma conciencia y reconoce que los otros no son esclavos sino sus hermanos. Las entrañas de Moisés entonces son atravesadas por el dolor al presenciar el brutal maltrato que se infligía a los israelitas. Así que movido por la dolencia que le causaba aquella inhumanidad que tenía ante sus ojos busca hacer justicia de la única manera que podía. Y su grito llegó a los oídos debidos: «El clamor de su servidumbre subió a Dios. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob» (Ex 2, 23-24). El lamento de los crucificados mueve a Dios, el grito de quienes solo esperan una muerte anticipada por la falta de alimentos o de medicinas, por el desvanecimiento físico del trabajo forzoso o por la postración espiritual.

La coincidencia de dos quereres, el de Dios y el de Moisés, permite que le sea encomendada una riesgosa tarea al hombre de fe: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores, conozco sus sufrimientos, he bajado para librarlo de la mano de los egipcios y para subirlos de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. El clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto la opresión con que los egipcios les afligen. Y ahora ve, te envío para que saques a los israelitas de Egipto» (Ex 3,7). El llamado de Dios es claro: Moisés debe liberar al pueblo de la esclavitud sociopolítica y económica egipcia.

La gracia de la conversión

El llamado de Dios promueve un profundo proceso de transformación en Moisés. La obra de conversión al hermano le hace descubrir que los otros no son esclavos ni desechos; la conversión al pueblo lo lleva a asumir la misión de liberarlo, y la conversión a Dios le revela el nombre del liberador que no es otro que el Dios de sus padres. Todo este trabajo estará incompleto si se pasa por alto que, en Moisés, el proceso de conversión ocurre al salir del palacio, de su vivienda confortable, para encontrarse con la realidad de quienes vivían en las periferias y reconocer que les había fallado a sus hermanos.

Es así como Moisés tomó conciencia de la estructura de pecado sobre la cual se sostenía el poderío del faraón y dio, entonces, un primer paso: sacar a Israel de la casa de servidumbre (Ex 13,2; 20,2; Dt 5,6), una liberación que es una acción política en contra de la miseria y la represión (Ex 1,10-11), en pos de la construcción de una sociedad justa, de relaciones horizontales y fraternas. El segundo paso, más difícil aún, será unir a los hebreos y constituirlos en un pueblo. De allí que el Éxodo, si bien revela la negatividad de la historia, también da fe de una experiencia de gracia por la que Israel como pueblo supera tentaciones y resistencias en el paso por el desierto, toma conciencia y decide su manera de organizarse, de construir una identidad y un destino común en la tierra prometida. Además, es un proceso en el que Dios no interviene como un faraón, como un dictador o un militar, sino que se hace presente como un Dios que camina con su pueblo, en medio de sus vicisitudes, para sacarlo de la esclavitud mientras le ofrece «una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,17).

Toda liberación política supone también el esfuerzo de reconstruir el tejido sociocultural deteriorado por los procesos de deshumanización vividos, que fragmentaron al pueblo en individualidades y extraviaron su identidad, su destino común. Pero es una obra que a veces encuentra resistencia. Cuando Israel pasa por el desierto, algunos quieren regresar a Egipto. El clamor que lo había movilizado se convirtió en nostalgia paralizante de los días en que «nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta hartarnos» (Ex 16,2-3). Los que se niegan a ser sujetos de su propio destino claman: «Más valía servir a los egipcios que morir en el desierto» (Ex 14,11-12); prefieren la falsa seguridad del sobreviviente, la condición del resignado o de quien se conforma con recibir lo mínimo vital para subsistir un día más. De allí que una verdadera liberación apele a la alianza de un solo pueblo unido, a renunciar a ser objetos de dádivas y a tomar conciencia de nuestra condición de sujetos de la historia. Esta es la gracia de la conversión que Dios pide hoy.

Estamos llamados a salir de la casa de servidumbre y a contribuir con el cambio de la situación de pecado estructural que vivimos. Llegó el momento de construir un proyecto de país que de verdad coloque al pueblo en el centro, porque mientras haya pobreza, siempre habrá la tentación de los falsos mesianismos que derivan en totalitarismos (Evangelii Gaudium 202). Convertirnos al pueblo significa asumir nuestra condición de hermanos y hermanas para descubrir que hay una mayoría que experimenta la fuerza en la debilidad, que es solidaria en la escasez y que ha salido al auxilio de los crucificados de hoy. La cuaresma es un tiempo propicio para el cambio, para recuperar nuestra dolencia social, para no dejarnos abatir física ni espiritualmente por quienes tienen el poder, y responder a la emergencia humanitaria que nos golpea en un solo clamor: "Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; fui forastero y me recibiste; estaba desnudo y me vestiste; enfermo y me visitaste; en la cárcel y viniste a ver" (Mt 25,35-40).